Muchos artistas componen canciones para su tiempo y hay otros, mucho más escasos, que logran rozar la fibra de lo eterno. Ricardo Soulé pertenecía, sin lugar a dudas, a esta última estirpe.
Murió este viernes 2 de octubre, en su Quilmes natal, a los 76 años, rodeado por el afecto de su familia y tras haber decidido alejarse temporalmente de los escenarios semanas atrás para afrontar un delicado cuadro de salud. Con su partida se apaga una de las voces más líricas, profundas y poéticas que moldearon la identidad de nuestra cultura popular desde sus primeros pasos a fines de los años sesenta.
Soulé no fue solo un músico de rock: fue un trovador urbano, un buscador incansable y un poeta que se atrevió a soñar en grande cuando todo estaba por hacerse.
De las calles de Quilmes al nacimiento de un mito
Nacido el 15 de marzo de 1950, Soulé creció en un ambiente donde la música y los libros eran el pan de cada día. A los 17 años, impulsado por el dolor de una ruptura amorosa adolescente con Graciela –quien tiempo después se convertiría en su esposa, compañera de vida y madre de sus cinco hijos-, escribió una melodía simple para desahogarse: «Presente (El momento en que estás)».
En aquel gesto juvenil no solo nació una canción inolvidable, sino también una de las frases más cantadas y reconocibles de la cultura argentina: «Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina». Un verso que trascendió al rock, a las generaciones y a las épocas para transformarse en una suerte de filosofía popular sobre lo fugaz y lo valioso de la vida.
Poco después, en 1967, junto a Willy Quiroga, Rubén Basoalto y Juan Carlos “Yodi” Godoy, dio vida a Vox Dei. La banda no tardó en convertirse en uno de los pilares fundacionales de la escena nacional junto a Los Gatos y Almendra. Pero si aquellos grupos aportaban el pop psicodélico o la lírica urbana, Vox Dei traía consigo un sonido con peso terrenal, guitarras potentes y una profunda sensibilidad poética.
En 1971 firmó su obra cumbre: La Biblia. Primer álbum doble y conceptual del rock argentino concebido en gran medida desde la pluma y la visión de Soulé, el álbum se atrevió a cruzar los textos sagrados con el lenguaje del rock, pasajes sinfónicos y reflexiones filosóficas. Fue un gesto de audacia inédito para la época, demostrando que la música joven también podía abordar los grandes dilemas del espíritu humano con respeto y maestría.
Un espíritu libre que nunca dejó de buscar
Tras la etapa dorada con Vox Dei, Soulé demostró que su inquietud artística no cabía en un solo molde. Inició una extensa carrera solista que lo llevó a residir en Europa, explorar la música clásica, volcarse al violín con destreza virtuosa y reinventarse de manera constante sin traicionar jamás su esencia.
A diferencia del arquetipo del rockstar, Soulé fue siempre un hombre de barrio, un creyente ferviente y un ser humano profundamente conectado con la vida familiar. En sus propias palabras, la famosa frase «sexo, drogas y rock and roll» de la música que desarrollaba, nunca encajó con su propuesta: «Nosotros hablábamos de eternidad, de verdad, de amor, de Dios. Proponíamos la vida».
Para el público y para sus pares, Soulé representaba una nobleza singular. Su figura combinaba la humildad de quien viajaba en transporte público con la estatura intelectual de un literato. En 2024, la Biblioteca del Congreso de la Nación le rindió un emotivo homenaje en vida, reconociendo su obra no solo como referente musical, sino como un aporte fundamental a la poesía argentina contemporánea.
A lo largo de casi seis décadas de trayectoria, compartió escenarios y diálogos artísticos con distintas generaciones. Músicos y colegas como Guillermo Vadalá, Carca y Fabián «Zorrito» Quintiero expresaron públicamente su afecto en sus últimos días, mientras que jóvenes continuadores del blues y el rock local siempre vieron en él a un maestro generoso y cercano.

Un legado que trasciende el tiempo
Hay algo profundamente conmovedor en despedir a Ricardo Soulé sabiendo que hasta sus últimos días mantuvo una relación viva y sagrada con la creación. Jamás habitó su historia desde la complacencia ni desde el bronce; para él, el instrumento y la palabra eran herramientas de búsqueda cotidiana.
Su familia lo despidió con palabras que resumen la paz de sus últimos momentos: «Su espíritu es libre, su música es de todos, su alma está en paz y su obra es eterna. Se fue en paz, amado, rodeado y acompañado todo el tiempo por su familia».
Soulé entendió mejor que nadie la paradoja que escribió cuando apenas era un muchacho de 17 años: que todo termina, pero que hay emociones y canciones que logran permanecer para siempre.
Queda para la historia el eco de su guitarra, el lamento bellísimo de su violín, la impronta conceptual de La Biblia, el fuego de Vox Dei y la contundencia de una obra solista que merece ser escuchada con la pausa de los clásicos.
Quilmes despide a su hijo ilustre. La música argentina pierde a uno de sus arquitectos principales. Y el público despide a un artista que hizo de la honestidad su bandera y de la canción, una forma de fe.
Ricardo Soulé fue poeta, músico y leyenda. Y hoy, cuando nos toca decirle adiós, nos queda el consuelo de saber que su voz seguirá resonando, imborrable, en el momento preciso en que estamos.
