Pasaron décadas, pero no tantas: hasta los años 80, la radio era el hábitat natural para los actos políticos, los partidos de fútbol, las noticias y las voces de quienes protagonizaban la vida provincial. Casi nada quedó grabado. Las emisiones salían en vivo y se perdieron en el aire. La historia persiste en recuerdos dispersos y en la memoria de quienes estuvieron frente al micrófono.
Daniel Piñeda es uno de los custodios de esas memorias. Entró a LV13 Radio Granaderos Puntanos en 1969, a los 18 años, y durante 57 años trabajó como locutor, periodista, publicista y conductor. Su recorrido enlaza la época en que existía una sola emisora en la ciudad con el presente de las FM y el streaming. Una parte de esa historia personal y colectiva quedó reunida en su libro La radio es una pasión.
El viernes 4 de septiembre, Piñeda fue el protagonista de una nueva jornada del ciclo “La ciudad de San Luis en diálogo”, en el Centro Cultural José La Vía. Su relato atravesó un siglo de escenas mínimas y de enormes transformaciones técnicas y culturales.
A continuación, una versión editada de su exposición. Se corrigieron errores propios de la desgrabación y se eliminaron reiteraciones, sin alterar el sentido ni el tono del testimonio.
Los orígenes
Después del 27 de agosto de 1920, cuando cuatro jóvenes radioaficionados de Buenos Aires —Enrique Susini, Miguel Mujica, César Guerrico y Luis Romero Carranza— realizaron una transmisión desde la terraza del Teatro Coliseo, decenas de emisoras empezaron a surgir en todo el país. San Juan, Rosario y Córdoba fueron las pioneras. Pero en San Luis hubo una experiencia temprana, anterior a LV13.
Fue a fines de 1925. Su impulsor era un español que se había instalado en la ciudad y tenía una tienda cerca del Mercado Central, sobre la calle Rivadavia. En una de sus primeras emisiones colocaron en un fonógrafo un disco de Enrico Caruso. El sonido llegó a un número reducido de receptores, porque casi nadie tenía radio. Los propios responsables difundían en los diarios instrucciones para que las personas con alguna habilidad técnica pudieran armar un aparato a galena.
Uno de los pocos receptores de buena calidad estaba en el Club Social. Allí se reunía la gente para escuchar. Las emisiones siguieron durante 1926 y hay indicios de que llegaron hasta 1927. Aquella experiencia coloca a San Luis entre las primeras ciudades del interior que conocieron la radiodifusión, aunque ese antecedente casi no aparece en los relatos nacionales.
La magia de las voces
Pero la historia oficial de la radiodifusión en la provincia empieza el 15 de noviembre de 1942 con LV13 Radio San Luis. Era un proyecto de Ovidio Di Gennaro, un comerciante puntano que consiguió la licencia con apoyo de Jaime Yankelevich, uno de los grandes pioneros de la radio argentina.
La noche anterior, la emisora había realizado una transmisión desde la Casa de Gobierno durante la asunción de Reynaldo Pastor. Para la inauguración llegó desde Buenos Aires una delegación de artistas reconocidos, entre ellos Libertad Lamarque y Roberto Galán.
Arribaron en tren y una multitud los acompañó a pie desde la estación hasta los estudios de Bolívar 812, casi esquina Colón. Por los primeros micrófonos pasaron Rolo Sáez, Blanca Nelly Álvarez —la primera locutora de San Luis—, Alberto Alejandrino, Eduardo Saad, Nilda Sosa de Brovarone, Eduardo Baigorria Díaz y muchos otros.
También estuvo Fermín Toribio Lucero, docente universitario y vicerrector de la Universidad Nacional de San Luis, que en la radio usaba el seudónimo Américo Roldán. Nilda Sosa de Brovarone era Edith Lang.
LV13 fue durante muchos años la única emisora de la ciudad. En 1947 nació LV15 Radio Villa Mercedes.
Radioteatros
Los radioteatros ocupaban un lugar central. Se hacían en vivo porque casi no había medios para grabarlos. Había actores, libretistas, relatores y operadores. Los discos de pasta ofrecían algunos efectos. Cuando no alcanzaban, todo se resolvía con ingenio.
Un relato permitía cambiar de escena: alguien subía a un caballo, atravesaba un campo o llegaba a otro pueblo a través de la voz del narrador. Los pasos, los golpes y los sonidos de los objetos se producían dentro del estudio. En Noches de serenatas, el programa que Julio Luis Gatto creó en 1965, el tintinear de un llavero representaba los herrajes y cascabeles de un coche de plaza.
La radio tenía esa capacidad: proponía sonidos y el público completaba las imágenes. La gente conocía una voz y se imaginaba a la persona que estaba detrás. Pensaba si era joven o mayor, si era alta o baja, si era linda o fea. Más tarde, cuando nos encontraba en la calle, muchas veces nos decía: “Yo lo imaginaba distinto”.
Los radioteatros despertaban una pasión enorme. Recuerdo haber escuchado con mi abuela Una rosa de sangre sobre la arena. También eran muy populares las novelas gauchescas de Orlando De Luca, en las que alguna vez hice los relatos.
Cuando una obra terminaba en la radio, el elenco salía a representarla en teatros de la capital y del interior. En el Cine Rex, que tenía unas 1.200 butacas, la gente llenaba los pasillos, agregaba sillas y muchas veces obligaba a ofrecer una segunda función.
Noticias, música y fútbol
La información también se producía de una manera artesanal. Los diarios de Buenos Aires llegaban con demora, pero se utilizaban para preparar los boletines. Después apareció el teletipo, una especie de máquina de escribir automática que recibía impulsos eléctricos de las agencias y volcaba las noticias sobre una larga tira de papel.
Otra posibilidad era escuchar las radios porteñas mediante un gran receptor de onda corta. El locutor copiaba la noticia a máquina y la leía poco después. Ese era el modo de acercarse a la inmediatez.
Quienes hacíamos programas buscábamos material en diarios, revistas y libros. Las compañías discográficas mandaban paquetes completos con las novedades. Llegaban discos de CBS, Music Hall y otros sellos. Todavía conservo un ropero lleno de vinilos, discos de pasta y acetatos.
La radio también salía a la calle. Transmitía festivales, actos políticos, desfiles del 25 de Mayo y del 9 de Julio, peregrinaciones y acontecimientos deportivos. El fútbol exigía una pequeña proeza técnica. Si había que transmitir desde una cancha, se pedía una línea telefónica a algún vecino.
Una noche extraña
La radio acompañó la vida cotidiana, pero también quedó en el centro de episodios políticos muy duros. En junio de 1960, un levantamiento militar con epicentro en la guarnición de San Luis declaró a la ciudad capital provisional de la República Argentina. Los militares esperaban que otras unidades se sumaran. Mientras tanto, tomaron LV13 y comenzaron a emitir sus proclamas.
Irrumpieron cuando Rubens Lavandeira conducía un programa deportivo y Carlos Emilio Bassi leía una noticia. Sacaron de sus casas a locutores, operadores y directivos y los llevaron a la emisora.
Américo Roldán quedó como locutor oficial. Debía leer los bandos con dos soldados que le apuntaban por la espalda. La fórmula comenzaba así: “Transmite LRA Radio Nacional desde San Luis, capital de la República Argentina”.
Julio Luis Gatto permaneció durante toda la noche en la mesa de sonido. Tenía que accionar el enorme grabador del control para registrar la palabra del supuesto presidente de facto. Los nervios no le permitían acertar con los botones hasta que un oficial le advirtió que, si el aparato no funcionaba, le pegaría un tiro. Finalmente funcionó.
El apoyo prometido desde otros regimientos nunca llegó. La asonada se desarmó antes de las veinticuatro horas y varios de sus responsables huyeron o quedaron detenidos. En un cajón de la radio apareció un revólver que nadie reclamó. También encontraron una carpeta con nombres de personas dispuestas a integrar el nuevo gobierno.
El episodio puede parecer absurdo visto a la distancia, pero provocó miedo e incertidumbre. La radio era uno de los primeros lugares que tomaban los militares porque constituía el medio más directo para dirigirse a la población.
Las voces y lo cotidiano
También había lugar para el humor y las bromas. Una anécdota muy conocida tiene como protagonista a Eduardo Baigorria Díaz. Estaba leyendo una noticia desde un diario cuando alguien se acercó y le prendió fuego el papel con un encendedor. Tuvo que arrojarlo y quedó con la noticia a la mitad. Los oyentes no entendían nada.
Patricia Funes recibía todos los días un sobre lleno de cartas para su Galería de Sociales. Saludaba cumpleaños, casamientos y otros acontecimientos con una gracia muy particular. Algunas personas mandaban mensajes falsos y la metían en problemas: anunciaban el casamiento de alguien que ya estaba casado o inventaban parentescos. Patricia tenía la capacidad de salir de esas situaciones y seguir adelante.
Trabajé con ella durante muchos años en La Radiorevista del Hogar y otros ciclos de la mañana. Llegamos a conocernos tanto que una mirada alcanzaba para sostener una conversación o improvisar una publicidad. Hablábamos de la vida diaria, nos reíamos y construimos un estilo más coloquial y familiar.
Tengo el orgullo de haber entretenido e informado a los puntanos durante muchos años. Por aquellos programas pasaron cientos de personas vinculadas con la vida social, cultural y política de la provincia. El gran dolor es que casi nada quedó grabado. Si hubiéramos tenido la posibilidad de conservarlo, hoy contaríamos con uno de los archivos sonoros más ricos de la historia de San Luis.
Borges sin micrófono
Una vez me tocó recibir a Jorge Luis Borges en el aeropuerto de San Luis. Le hice un reportaje a su llegada y por la tarde tuve que presentarlo en una conferencia en el Aula Magna del Colegio Nacional Juan Crisóstomo Lafinur.
Fue un acontecimiento y un orgullo registrar la palabra de uno de los mayores escritores argentinos. Sin embargo, los organizadores olvidaron colocar micrófonos. El aula tiene una acústica extraordinaria, pero Borges ya era anciano, estaba ciego y hablaba con una voz muy baja. La mayor parte del público no pudo escucharlo con claridad.
También conocí al poeta Polo Godoy Rojo. Cada vez que regresaba a San Luis me visitaba en la radio o me enviaba, por medio de sus hermanos, poemas inéditos, dedicados y autografiados.
Una pasión que sigue
Con el tiempo aparecieron las FM. La mejora del sonido abrió nuevas posibilidades y permitió que mucha gente ingresara al medio. Antes, para trabajar como locutor, había que rendir un examen teórico y práctico en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica de Buenos Aires y obtener un carnet nacional. Después surgieron institutos y carreras universitarias de comunicación que ampliaron la formación.
Hoy existen decenas de radios en la ciudad de San Luis, El Chorrillo, Juana Koslay y La Punta. Algunas tienen grandes audiencias; otras hacen un enorme esfuerzo para sostenerse. Mantener una emisora con sus trabajadores, salarios y obligaciones nunca fue fácil.
Sin embargo, la radio sobrevivió a la televisión, a internet y a cada nueva tecnología. También se escucha a través de una computadora o un teléfono y puede llegar por streaming a cualquier lugar del mundo. Cambiaron los aparatos, los estudios y las formas de producir, pero el vínculo esencial permanece.
Quiero rendir homenaje a quienes hicieron radio durante tantos años y a quienes la hacen ahora con oficio, alegría y pasión. Nosotros sabemos que hay alguien del otro lado. Ustedes siempre tienen un amigo de este lado del micrófono.
