“ Entraron, saquearon el templo completamente; despedazaron el altar; y no dejaron una sola cosa útil; y esto mismo practicaron con todas las casas de los vecinos”, lamentaba el párroco Fray Hilarión Etura, en el testimonio que asentó en los libros parroquiales de la capilla de Renca, tras los malones de los indios ranqueles a esa población del 28 y el 29 de marzo de 1832.
Según el historiador Jesús Liberato Tobares, “este fue uno de los pueblos de San Luis que más sufrió el embate del malón ranquelino”. Probablemente que los originarios del sur la eligieran como blanco de sucesivos ataques sea un indicio de lo importante que era, entre fines de la época colonial y los primeros años del período de la emancipación, la localidad de Renca, que este lunes 14 de septiembre cumple 273 años.
Otra señal de la importancia de Renca en el concierto de las poblaciones puntanas en la historia de la provincia es que el primer teniente de gobernador de San Luis, José Lucas Ortiz (1812-1814), y el primer gobernador de la provincia autónoma, José Santos Ortiz (1820-1829) –primo de José Lucas– eran originarios de ese pueblo del departamento Chacabuco, en el noreste provincial. También eran de allí los gobernadores Pablo Lucero y Lindor Quiroga.
Renca ostenta otro diploma honorífico: es la tierra de origen de Basilio Bustos, Januario Luna y José Gregorio Fredes, tres soldados del Regimiento de Granaderos a Caballo que dieron su vida por la libertad de América en la única batalla que el libertador José de San Martín libró en tierras argentinas, el combate de San Lorenzo, del 3 de febrero de 1813.
No hay un acta que certifique la fundación de Renca el 14 de septiembre de 1753, pero es la fecha aceptada de su surgimiento. “El pueblo de Renca parece tener origen en la misión llevada a cabo en 1753 por el oidor de la Real Audiencia de Chile, don Gregorio Blanco de Laisequilla, quien fue comisionado para fundar un pueblo en el paraje del Santo Cristo de Renca”, afirma Tobares en “Noticias para la historia de los pueblos”.
Agrega que “por el nombre que se da al paraje se deduce que ya se practicaba en el lugar el culto al Señor de Renca. Hay evidencias –dice Narciso Sosa Morales– de que Renca existió al finalizar el primer cuarto del siglo XVIII”.
Renca nació a partir del culto al Señor del Espino, que llegó desde el otro lado de la Cordillera de los Andes. La tradición cuenta que un indio ciego hachaba un espinillo en un bosque de Renca, población cercana a Limache, Chile. De pronto sintió que algo salpicaba su rostro. Era la savia del árbol. Repentinamente, recuperó la vista. Empezó a buscar qué había causado el milagro y encontró un pequeño Cristo en un hueco del tronco del árbol.
La noticia se propagó por toda la región, de ambos lados de los Andes. Una réplica del Cristo original fue trasladada hacia lo que hoy es Argentina, con el propósito de que llegara a Córdoba. Pero en el camino, los animales que transportaban la imagen se frenaron en lo que hoy es la Renca sanluiseña. Y no hubo manera de hacerlos reanudar la marcha. Quienes los guiaban lo interpretaron como una señal de la voluntad de Cristo de quedarse allí.
“En 1735 ya estaba creada la capilla de Renca que fue declarada parroquia en 1764. El primer cura párroco fue el Presbítero Juan Francisco Regis Becerra”, señala Tobares.
En el noreste provincial, a 152 kilómetros de la capital, con el dique San Felipe a diez kilómetros, Renca es un pueblo apacible que todos los años, en torno al 3 de mayo, recibe un aluvión de feligreses que van a venerar al Señor del Espino, con epicentro en la parroquia que data de la época colonial.
La peregrinación anual de miles de fieles representa una inyección económica para la localidad. Además, el culto al Cristo de Renca se enlista entre las festividades que potencian el turismo religioso en la provincia.
Renca ya no está entre las principales poblaciones de la provincia en el aspecto económico. Pero su legado es parte fundamental de la historia de San Luis.
