Día del Trabajador: la “mayoría silenciosa” que espera derechos

1 de mayo de 2024

Ese apelativo usó el presidente ayer para saludar a la clase trabajadora. Mientras tanto, la CGT marchó y confirmó que dispuso un paro general para el 9 de mayo.

“Esa mayoría silenciosa”, la llamó el presidente Javier Milei en el spot que el gobierno difundió ayer para saludarla. En Argentina, que el primer trimestre del año sumó 3,2 millones de nuevos pobres, la celebración del Día del Trabajador encontró a la clase asalariada expuesta a una nueva crisis económica; a un intento del gobierno, de corte liberal, de modificar las reglas de juego entre Estado, trabajadores y empleadores; y a las centrales obreras en estado de asamblea, anunciando un paro general para el próximo 9 de mayo, pero a la vez tratando de negociar acuerdos con el gobierno. Poco, o nada, para festejar. Ocho horas diarias de trabajo. No dieciocho ni dieciséis, ocho. Eso era todo lo que pedían los obreros de Chicago, Estados Unidos, aquel 1° de mayo de 1886, jornada a partir de la cual, por la brutal represión que sufrieron, se universalizó la fecha homenaje para los trabajadores.

“Mártires de Chicago”. Con ese nombre pasaron a la historia los ocho hombres juzgados por aquella protesta: siete fueron condenados a muerte, y el otro, a quince años de prisión. Pero no fueron las únicas víctimas, porque en los días de manifestaciones y represión, decenas de trabajores murieron y otros resultaron heridos.

El movimiento había empezado a fines de abril de 1886, motorizado por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (“Noble Order of the Knights of Labor”). El 1o de mayo hubo una manifestación multitudinaria, estimada en doscientas mil personas, que fue reprimida de forma brutal por la policía, lo que agitó nuevas protestas el 2 y el 3 mayo, y nuevos actos de represión por parte de la fuerza de seguridad. Hubo decenas de muertos y heridos.

El 4 de mayo los obreros se concentraron cerca de la Plaza del Mercado del Heno para protestar por la violencia estatal. La manifestación estaba autorizada y era pacífica. Pero al final la caballería arremetió contra los que permanecían concentrados y alguien arrojó una bomba que causó la muerte de unos cuantos policías. No hizo falta más: los agentes del orden desataron una represión sin miramientos que causó decenas de víctimas.

A la horca

Las autoridades impusieron el estado de sitio y las redadas terminaron con el arresto de centenares de personas, unos cuantos líderes anarquistas entre ellas.

Finalmente acusaron a ocho: Adolph Fischer, Augusto Spies, Albert Parsons, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y Oscar Neebe.

En un juicio plagado de irregularidades, en el que no lograron identificar a quien había arrojado el explosivo, condenaron a muerte a Parsons, Spies, Fielden, Schwab, Fischer, Lingg y Engel; Neebe recibió quince años de prisión.

Fielden y Schwab solicitaron el perdón al gobernador de Illinois, que les conmutó la pena por prisión perpetua. El 11 de noviembre de 1887, Parsons, Spies, Fischer y Engel fueron ahorcados. Lingg se había suicidado el día anterior.

Gracias a aquella lucha, y a otras que se fueron dando en otros países, en 1919 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hizo ley el tope de ocho horas diarias de labor. Pero “la necesidad tiene cara de hereje”, dice la sentencia popular, derivación de la original “la necesidad carece de ley”. Y aunque la norma está, de algún modo para muchos es letra muerta. Porque con un sueldo no alcanza, de modo que hay que buscar otro ingreso. Ergo, hay que trabajar más horas.

“La mayoría silenciosa se compone de los que trabajan, de los que producen, de los peones rurales que se levantan a las cuatro de la mañana, del que atiende un negocio, del cuentapropista, del trabajador informal, del joven que no encuentra trabajo y de las amas de casa”, dice en off la voz del presidente, en el spot del gobierno. Trabajadores que esperan se cumplan derechos que, como dijo Milei ayer, se declaman pero no existen.

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