Si tratan de ver la causa por “asociación ilícita” enmarcada en la desaparición de Abel “Pochi” Ortiz con los ojos de una persona que sigue las reglas o, al menos, que trata de no involucrarse en problemas nunca la entenderán. Porque no sigue esa lógica, tiene otra, que pareciera hallar explicación en pura y mera maldad. La audiencia del lunes pasado, la que abrió la etapa probatoria en la que declaran los testigos, giró en torno al joven que lleva 11 años sin dar señales de vida. Su desaparición es, a entender de los fiscales Leandro Estrada y Néstor Lucero, una de las tantas obras de la asociación ilícita que conformaban la expareja de Abel, la peluquera Alejandra Espinosa, su amante el excomisario Marcelo Acevedo y la amiga de ella, María Vázquez. El martes, en cambio, los testimonios ya mencionaron a los miembros de ese grupo y el nexo que los conectaba: armas de fuego, amenazas de muerte, drogas, robos, quema de casas, entre otros delitos.
Una banda de delincuentes en la que su cabecilla, la peluquera, según afirmó un par de testigos, hasta abusó de un menor de edad al que ella le doblaba la edad y adentraba a los chicos del barrio en el mundo de la delincuencia. No les regalaba caramelos, les daba pastillas. Los drogaba y, bajo los efectos de esas sustancias, los mandaba a robar. Convertía así a los niños en sus pequeños soldaditos del crimen.
Parece increíble, sí. Ninguna serie de las tantas plataformas on demand se hubiera atrevido a tanto. Pero los dos primeros testigos que declararon, vecinos y víctimas de la mujer, la describieron así. No busquen un porqué. Solo la mente de una persona que delinque por diversión, casi por deporte, puede concebir llevar ese estilo de vida. Espinosa parecía contaminada y contaminaba a quien se le acercaba. Una de las mujeres que habló aseguró que una vez le dijo: “Te voy a armar una causa, que ninguno te va a salvar. Vos me ves fina, pero soy bien negra por dentro”. Se lo gritó en tono amenazante y bien altanero. De oscura lo tiene todo; de fina no tiene nada, ni por asomo.
Escuchar el relato de A.M. hacía que cualquiera que no conociera a Espinosa abriera la boca del asombro y que la abriera aún más con lo siguiente que contaba, porque cada vivencia que sufrió a manos de la peluquera, colorista, estilista y etcétera, etcétera, parecía ser más increíble que la anterior. Relató que apenas se mudó al barrio Eva Perón, con sus cuatro hijos, tuvo problemas con la ex de Abel. Corría el año 2012.
Dijo que un día que sus hijos jugaban en la calle, de la nada, la ex de Ortiz salió de su casa a los tiros. “Que se vayan esos pendejos”, gritó. Según afirmó, la presencia de sus chicos alteraba a los dos perros dogos que tenía la acusada, en su patio delantero.
Relató que una vez vio a Daiana, la hija de la peluquera (quien también está presa por intentar matar a tiros a uno de sus hijos) armada. “La tercera vez que la vi se acercó con un revólver, la vi por la ventana cuando salió”, indicó. Recordó que al día siguiente hubo un enfrentamiento entre los barrios Eva Perón y Las Rosas.
Lo peor que le pudo pasar a esa testigo en la vida es que dos de sus hijos, los dos del medio en edad, se acercaran a la acusada. Ella los atraía para darles pastillas, de las cuales después se hicieron dependientes. Ahora ya no son chicos, tienen cerca de 30 años. Pero hasta la actualidad esos dos jóvenes, que se involucraron con la mujer, son adictos y delinquen.
Uno de ellos, A., declaró luego de su madre. “¿Qué tipo de trato tenías con Espinosa?”, le preguntó Lucero. “Robo, de todo. Amenazas. Iba a casa a romper, a quemar”, respondió, como si nada fuese.
Relató que ella solía enviarlo junto a R., otro chico que vivía al frente de lo de la imputada. “Ella nos llevaba, nos marcaba, nos señalaba la casa y las personas a la que había que robarles––narró––No había problema porque esa zona estaba liberada por el comisario”. El policía al que se refería era el exjefe de la Comisaría 9°, Acevedo.
“(Espinosa) Siempre tenía un arma. Me las daba y me decía que estaban limpias porque las sacaba de la comisaría”, detalló el testigo.
Un rato antes la madre de A. recordó que una vez la peluquera fue hasta su domicilio para pedirle a su hijo que le guardara, le escondiera un arma de fuego. “Ella me decía que tenía contactos con la Policía, que les facilitaba las armas”, afirmó que se jactaba la acusada.
La peluquera les pagaba a los chicos que enviaba a delinquir con “plata, drogas, comida”, dijo A. “Las cosas que robábamos, que sacábamos se las quedaba ella después”, agregó.
––¿Conociste a Abel? ––le preguntó Lucero.
––Sí ––respondió el testigo.
––¿Pudiste hablar con él? ––indagó el funcionario.
––No–– le contestó el hombre de 29 años.
Por lo que aseveró, era casi imposible dialogar con “Pochi”, porque estaba “dopado” constantemente. “Cuando yo llegaba al negocio, veía que lo drogaban a Abel. Después él cocinaba y se acostaba”, recordó. La mujer le colocaba pastillas en el jugo, que luego le daba para tomar.
Hechos tan inmundos como las degeneradas historias de orgias interminables que escribió alguna vez el Marqués de Sade, cuando estuvo preso, se asemejaba en algo a lo que habría sucedido puertas adentro en la vivienda de la peluquera, que parecía casi surreal escuchar hablar al testigo de todo aquello sin mostrar al menos un gesto de sorpresa en su rostro. A.M. dijo que su hijo le contó que él una noche se quedó en el domicilio de la imputada. A. durmió con Daiana, mientras Espinosa tenía sexo con R., su vecino al que mandaba a delinquir con el otro chico. Dieciséis años tenía R. y la mujer, unos 35. “Pochi” también estaba en la casa, pero era como un zombie. No sentía, ni oía nada. Otra vez lo habían sedado.
A. también confirmó que vio al excomisario acusado en lo de Espinosa. “Cuando llegaba él, nos hacían pasar a la cocina”, añadió. Eso mismo afirmó su madre un rato antes. “Acevedo iba a veces de noche o a la mañana temprano, con facturas de Las Camelias”, precisó. De hecho, le relató a su madre que lo que robaban con el otro menor se lo repartían entre la mujer y el exjefe policial.
Pero esa relación entre la peluquera y A. se rompió a principios de 2014 cuando el adolescente le robó un pendrive. El testigo, ahora de 29 años, dijo que se lo sustrajo porque no tenía para comprar pastillas, que le costaban 100 pesos. El dispositivo se lo vendió a E. otro vecino.
Cuando Espinosa descubrió que el chico le había sacado el pendrive empezó una persecución constante contra su familia. De alguna manera, a partir de ese instante, le declaró la guerra. “Ese pendrive lo quería porque tenía videos comprometedores y si eso se viralizaba me iba a ir muy mal”, le juró la ex de Ortiz a A.M.
Un día la acusada fue hasta lo de la mujer preguntando por uno de sus hijos. La testigo le informó que, en ese momento, jugaba al fútbol porque Racing lo había seleccionado. Entonces, le ordenó que cuando el chico regresara lo mandara a su casa urgente. “Dijo que mi hijo de once años había abusado de uno de sus hijos”, narró.
Y le lanzó una amenaza bien mafiosa. “Me aseguró que, si no le llevaba a mi hijo, los iba a encontrar con un tiro en la cabeza y así iba a pasar uno por uno con mis hijos”, contó casi con un hilo de voz, mientras se le caían las lágrimas.
“Mi hijo discutía con Espinosa y ella le ofrecía balas”, alcanzó a decir, mientras trataba de beber un vaso con agua, que le acercó un empleado judicial para que se tranquilizara.
Hasta las cenizas
El odio de la ex de Abel llegó a su punto máximo, unos seis meses antes de la desaparición del joven, cuando alrededor de una docena de personas, entre las que estaba por supuesto ella, su hija, una sobrina de las mujeres, Vázquez, entre otros, llegaron hasta lo de A.M.
Alcanzaron a ver a tres patrullas policiales, con efectivos que nada hicieron para detener la locura que se avecinaba. “¡Mamá, cerrá todo y trae a los chicos adentro porque esta loca va a hacer algo!”, le advirtió A. de un grito a la mujer.
El grupo fue con bidones llenos de un combustible azul, relató el testigo. Lo rociaron afuera y adentro de su vivienda. “Cerré todas las puertas. Encerré a J.P. (uno de sus hijos) y su nuera en el baño. Y con mi hijo mayor empezamos a clavar las puertas, porque empezamos a sentir que todo se rompía. Daiana en un ventiluz sacó un arma y le apuntaba donde estaba mi nuera”, contó.
“Los vecinos llamaron a la Policía, pero tardaron una hora en venir”, señaló. Mientras las primeras llamas comenzaban a tomar vida, volaron los disparos y los piedrazos. Los de afuera atacaron con lo que hallaron a su alcance. En medio de ese cruce de proyectiles de todo tipo, A. sintió un balazo en un glúteo, el derecho. Se dio vuelta y vio que quién le había pegado: era Daiana. Tras el disparo, la joven hizo un paso hacia atrás.
A lo largo de estos 11 años, la defensa, principalmente quien representó a Acevedo durante casi todo el proceso penal, Hernán Echevarría y también Emmanuel Correa Otazú, en su fugaz paso como abogado de Espinosa, trataron de instalar la idea de que fue Abel quien le dio ese tiro al adolescente y que, tras esa agresión, el chico herido “se la juró” a Ortiz.
Por eso, en un momento de su declaración, uno de los fiscales fue puntual y les preguntó a A. y a su madre si en ese tumulto de atacantes estaba “Pochi”. Ambos fueron clarísimos al responder que Abel no estaba allí. Los ex abogados de la peluquera y el excomisario llegaron a afirmar que el muchacho desaparecido estaba sobre un techo, con un brazo en lo alto, a los tiros.
A.M. narró que “los bomberos llegaron, pero al ratito se fueron”. Esa especie de pueblada fue a la medianoche y, sin mucha ayuda, recién a las tres de la madrugada, la testigo consiguió llevar a su hijo herido al hospital. En el centro médico sucedió algo que hasta hoy ella no puede creer. “El médico le sacó la bala y la tiró a un tacho de basura”, reveló. El plomo jamás fue entregado, para que luego los peritos balísticos analizaran el calibre y el tipo de arma del que salió disparado.
La mujer todavía recuerda, como si fuera ayer, el consejo que le dio un policía, de apellido Pereyra, cuando fue hasta la Comisaría 9° a denunciar el ataque: “Como padre le digo que esto recién empieza. Por el bien de sus hijos, vayase ahora mismo”. Le sugería que partiera cuanto antes del barrio. Y lo intentó.
“Ese mismo día empecé a buscar lugares donde dejar lo que me había quedado y un vecino con un taller mecánico, me iba a ayudar a llevar todo en su camión”, relató. Cuando arribó a su domicilio su vivienda estaba tomada por Espinosa. A. estaba adentro maniatado, mientras la casa se quemaba por segunda vez.
“El fletero se asustó y se fue. Había una patrulla y también desapareció”, recordó.
Los vecinos le contaron a la mujer que la peluquera había llegado con dos hombres. Le había pegado con una culata a su hijo. “A. tenía golpes. Fue internado. Lo encontramos desmayado”, narró. La peluquera, totalmente sacada, le aseguraba a los gritos que esa casa o lo que quedaba de su estructura le pertenecía y que “le iba a pasar la topadora”.
A la pregunta de la Fiscalía sobre cuáles fueron las actuaciones policiales tras tremendos ataques, la testigo respondió: “la Policía no cuidaba de nosotros, sino de Espinosa, hasta le llevaban de comer”. Dijo que, en lugar de investigar a algunas de esas 12 personas que incendiaron el lugar y a la acusada y a su hija, los efectivos le allanaron su domicilio y hasta el de sus parientes. Es decir, requisaron una morada carbonizada, con peligro de derrumbe latente y también revisaron las viviendas de sus hermanos y su pareja. “A mi hermana le allanaron y le secuestraron muchas compus, unas cinco, y nunca se las devolvieron, también memorias de cámaras”, señaló, todos esos procedimientos eran en busca de ese famoso pendrive.
Revivió que cuando los uniformados fueron hasta lo de su pareja, al hombre lo arrojaron al suelo y lo llevaron hacia la cocina. Ahí estaban Espinosa, Acevedo y otros dos policías de menor rango, que ya declararon en el debate oral, Mora y Urtubia. “Me sacan el teléfono y lo apoyan (en una mesa). Ahí empiezan a hablarme de muchos casos y que les entregara un arma nueve milímetros y un pendrive”, afirmó.
Contó que una vez, solo para causarle más problemas, de un momento a otro, la peluquera salió de su vivienda, con una actitud que a esa altura la vecina veía como natural en la otra mujer, empuñando un arma de fuego. “Le pegó unos tiros al paredón de su propia casa y después llamó a la Policía para decirle que habían sido mis hijos”, añadió.

Todavía no sabe cómo, pero logró convencer al hombre que había llevado primero para realizar el flete nuevamente y A.M. y su familia pudieron mudarse.
En un principio, estuvieron en el barrio El Criollo y, luego, en el Ate II. Aún, cuando no volvieron a poner un pie en el barrio, supo que la peluquera había vuelto con un grupo de personas a su antiguo hogar, si así puede llamársele a un lugar donde solo vivió desgracias, para prenderle fuego por tercera vez. Era quemar lo que ya estaba carbonizado, para convertir de una vez por todas en cenizas, en polvo, lo que alguna vez fue una casa.
“Ella (Espinosa) llevaba gente, le daba armas y pastillas porque, según ella, mi hermano había abusado de su hijo”, contó A. Pero esa no era la verdad, coincidieron ambos testigos, el odio de la acusada contra ellos nació el día que el adolescente le robó su bendito pendrive.
––¿Qué hiciste con el pendrive?–– le preguntó Bautista Rivadera, el abogado de los Ortiz.
––Lo vendí, pero tuve que ir a recuperarlo y lo devolví a los tres o cuatro días— respondió.
Pero, para ese entonces, ya era muy tarde. Según sus declaraciones, la ex de Abel ya los había introducido en el mundo de la delincuencia a A. y a su hermano y convertido en unos totales dependientes de las drogas que les hizo probar. La próxima vez que A. cometió un robo ya no contaba con la protección y la zona liberada que le garantizaba antes la imputada.
“Después de un robo que estaba cometiendo, en un momento me detengo, me reducen y me pegan (un tiro) en la cintura”, narró. La bala salió por otro extremo. Según recordó, quien le disparó fue el tal Urtubia, quien conducía una patrulla y andaba con su pareja en el móvil policial.
“Treinta y cinco días estuve internado por el balazo. Primero estuve en el policlínico (de Villa Mercedes) y después me llevaron a San Luis, porque me dio una peritonitis”, narró el joven. La afección que implica la inflamación e infección del peritoneo fue producto del disparo que recibió, confirmó cuando Lucero le preguntó si la peritonitis devino por ser baleado.
La noche que vieron que arrastraban un cadáver, que nadie investigó
En medio de su declaración, A.M. mencionó, por supuesto, una de las más fuertes versiones que circuló todo este largo tiempo, sobre todo los primeros años. Cuando ya no vivía en el Eva Perón, ni pensaba volver a esa zona, y la desaparición de Abel Ortiz ya estaba en boca de todos en Villa Mercedes, la mujer le preguntó a R., su exvecino adolescente, si había visto algo, dado que residía al frente del domicilio de la peluquera.
––Vos sabés algo. Tenés que hablar–– recordó que le dijo.
El chico efectivamente le contó que una noche “vio movimientos” después de las 12 de la noche. Aunque eso era normal, aclaró, porque durante el día en la casa de Espinosa no veían a nadie. Todas las noches se escuchaba la ida y vuelta del portón del garaje. “R. comentó como que había visto arrastrar a una persona, que había visto un auto que parecía un Fox y que algunos de ellos andaban con calzados de policías”, reveló.
––Por qué no nos explicás ¿Dónde vivía R.?–– pidió precisión Lucero.
––Al frente de la casa de Espinosa, bien al frente. Aún vive la madre ahí–– le respondió A.M.
––¿Te aclaró quién era o el nombre de la persona (que arrastraban)?–– preguntó el fiscal.
––No, él dijo que vio arrastrar a alguien. Yo le pregunté: ¿era ‘El Pochi’? y me dijo que no se podía ver bien eso. Pero él casi como que me aseguró que había sido–– contestó casi convencida la mujer.