El cielo siempre fue celeste y blanco. Siempre.

25 de noviembre de 2024

Por: Alejandro Magdaleno

El cielo siempre fue celeste y blanco. Siempre.

Pero nunca el cielo había lucido a rayas verticales celestes y blancas, como pasó como el sábado 23 de noviembre en Asunción, Paraguay.

Cuando despertamos con Mateo, lo primero que hice fue mirar para arriba. Y allá, donde andan las certezas, el partido tenía principio y nunca tendrá final.

Racing siempre es el principio. Es la raíz, es el orígen, es la familia, es el cielo y es la bandera Argentina. Racing es el Martín Fierro. Sí señores y señoras, Racing es la Biblia popular del los futboleros argentinos.

No podía el cielo ese día lucir diferente. Y no lo hizo. Se pintó de rayas verticales celestes y blancas. Juro que vi con ojos descansados, un cielo de camiseta.

A cinco horas de la final, con Mate no teníamos pase asegurado en las entradas para la final de la Copa Sudamericana. Viajamos a Paraguay sabiendo que estaríamos en el hervidero de la Nueva Olla, convencidos que estar cerca del lugar más fenomenal de los últimos 36 años, era todo. Aún sin entradas.

En 1987 supe que todo lo que uno desea, se consigue. Entendí que los sueños son de ojos abiertos y de hombres a pie. Que ganar no es sumar tres puntos, ni levantar una Copa… ganar es disfrutar.

En diciembre del ‘87 mi hermano Lalo charlaba en vestuario local con el “Coco” Basile. Los cracks que escuchaba en el pueblo, por la radio, estaban a centímetros de este niño de 14 años. Los miraba de reojo, como quien espía al amor de su vida.

Basile se paró, le guiñó el ojo a mi hermano, me agarró del hombro y caminó junto a la camilla de masajes, dónde estaba el “Pato” Fillol. Apenas dijo “el pibe vino a saludarlos”, y Gustavo se Costas se levantó se su sitio, ya enpilchado para la práctica, y me llevó uno por uno a conocer a mis ídolos.

Cuando vi a Rubén Paz y lo abracé, bajé la mirada hasta el pie y después subí hasta los ojos. Quería entrar e imaginar como era esa conexión, aún hoy insuperable, de fijar un objetivo en la mirada y hacerlo realidad en las caricias que su botín le daba a la pelota. Seis meses después La Academia ganó la Supercopa 1988.

Le pregunté a mi hermano desde cuándo era amigo del “Coco” Basile. Me dijo que lo había visto por primera vez. La vida es dejar que fluya. Unos días después vimos a la Selección Argentina en cancha de Vélez, ganarle 1-0 a Alemania con gol de Burruchaga en la llamada revancha de la final del Mundial ‘86. Supe que no teníamos entradas cuando estábamos adentro de la cancha, a metros del córner donde Maradona armó la jugada del gol.

Esa certeza tenía. Hay que dejar que las cosas vayan. Y pasan.

Los amigos de la profesión me abrieron la puerta, y los amigos del fútbol, y de la vida del fútbol, le abrieron la puerta a Mateo.

Los dos sabíamos que estaríamos en cuerpo y alma en la cancha. Privilegiados de ese momento histórico magistral.

Lo que siguió es Historia. Lo que pasó es memorable. Racing hace tres goles en el primer tiempo y gana apenas 2 a 0. Con Mate festejamos más el primer gol, que erróneamente anularon, que el segundo y el tercero. El segundo y el tercero fueron alegría. Pero el primero fue el desahogo.

Racing es el país: Nos pegan, nos maltratan, nos autoflagelamos, nos paramos, nos tumban, retomamos, nos castigan y seguimos andando. Cruzeiro descuenta en un suspiro del segundo tiempo y el partido se juega a lo Racing, como corresponde, sufriendo y disfrutando. Disfrutando y sufriendo.

Mate está tranquilo, al menos los nervios se los guarda. Nació en 2002, ya fue campeón después de 35 años cuando estaba en el vientre de la mamá. Y dio vueltas olímpicas firmes y parejas.

A mí lado hay un experto simpatizante, con más partidos que yo. Se altera cuando los cambios no llegan y el equipo no puede fluir en el juego.

Vio a Racing en el descenso y cuando nos quisieron poner, y nos pusieron, bandera de remate que la gente levantó. Se entiende que proyecte un sismo. Me pasa lo mismo.

Hacía 15 minutos que les pedía a mi papá, el Lelo, y a mi hermano mayor, el Lalo, que bajen para dar una mano.

También le pedí a Mirko, primo-hermano, que se de una vuelta por estos lados. Y besé 5 veces el escudo de Racing en mi casaca (porque somos cinco hermanos y cinco somos en la familia que formamos con María Noel, y también ellos suman 5 hermanos). Lo hice a cada rato.

Y le pregunté al experto simpatizante cuánto faltaba. Lo hice cada minuto de los últimos 15’. Yo preguntaba y él apenas me mostraba el cronómetro. No hablaba. No tenía que hablar.

MIentras, me tocaba abajo cuando salía jugando Cruzeiro. Siempre más apretado el de la izquierda que el de la derecha. (Disculpen la indiscreción).

Mate sufre y a la vez se alegra. Los ojos los tiene vidriosos. Disimulo mirando para el otro lado. Me pasa lo mismo. Pero no es momento de nada, el partido aún se juega.

Roger guapea y se perfila. El día desprende 41 grados de sensación térmica. Lo que emana es calor popular.

Es gol y final 3 a 1, en el arco que nos tiene con Mateo como habitantes de un balcón celestial.

Los cuerpos se llenan de gol y por la boca estalla un alarido que sabe a un cóctel de pasión-emoción-felicidad. Gustavo Costas canta con nosotros, la gente, a la que enaltece con su Don de Gente.

Me veo de la mano de Costas saludando en el vestuario a los campeones del ‘88. Veo a Lalo en el reflejo de la lágrima festiva, a mi hermano Javier y a mi sobrino Matías cantando por los aires.

Y me siento de la mano de Mateo, festejando este título internacional, sabiendo que cuando pase el tiempo él va a poder contar que fue con su papá a ver a Racing Campeón Internacional. Yo ya soy el papá más feliz del Mundo. De un Mundo Celeste y Blanco.

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