J.E.C. está preso, condenado a 12 años de prisión, desde septiembre del año pasado. Está confinado al Complejo Penitenciario de Pampa de las Salinas por haber violado a una de sus hijas, quien tiene una discapacidad que le impide oír. Como si ese hecho no hubiese marcado ya a la familia y, principalmente, a su víctima de 12 años, ahora también fue imputado por abusar de su otra nena. El ultraje de esa otra niña, incluso más chica que la anterior, ocurrió en el momento que la madre de las menores había viajado de Justo Daract a Villa Mercedes, justamente para hacer el seguimiento en tribunales de la causa penal por el ataque sexual que sufrió la primera de las chiquitas.
Esta semana, en una audiencia presidida por el juez de Garantías 1 de Villa Mercedes, Alfredo Cuello, la fiscal instructora Nayla Cabrera Muñoz le formuló cargos por «abuso sexual con acceso carnal agravado por el vínculo» y el magistrado aceptó la imputación.
Las pruebas que dejaron otra vez en una complicada posición al hombre de 36 años no son pocas. Entre la evidencia que reunió la fiscalía constan testimonios, además de una pericia psicológica que los abogados de la familia denunciante, Ángel Alí Gay y Germán Anabitarte, incorporarán próximamente y que contará con la explicación de la profesional que lo elabore.
Pero el elemento probatorio más relevante y que marca la diferencia, además del rumbo de la causa, es quizás lo que la criatura de nueve años relató en Cámara Gesell. El ultraje fue, según el relato con lujo de detalles que dio la criatura, en la primera mitad de 2024, cuando J.E.C. tenía una restricción que le impedía acercarse a sus hijas por haber violado a una de ellas.
Por suerte, ni el paso del tiempo y tampoco el subconsciente afectaron la memoria de la presunta segunda víctima, quien detalló con mucha nitidez el día, el momento, el lugar y hasta cómo vestía ella y su padre cuando la atacó.
Contó que ese día su madre había viajado a Villa Mercedes por un trámite. Cuando la mujer tenía que salir, ya sea por trabajo o por el motivo que fuera, y no podía llevar a sus nenas siempre las dejaba bajo el cuidado de una niñera. Pero esa vez el hombre consiguió entrar a su casa y manosear a la chiquita antes de que llegara la niñera.
Ingresó por una ventana que estaba rota. La madre había ubicado allí un ropero para impedir que entrase cualquier persona, pero especialmente J.E.C., quien nunca acató la restricción impuesta por la Justicia. Sin embargo, el mueble no constituyó ninguna traba para quien ahora está en el penal. Hizo a un lado el armario, se acostó al lado de su hija, que dormía en su cama, y tocó sus partes íntimas.
El infierno de la primera víctima
La violación de la menor con discapacidad ocurrió la segunda quincena de diciembre de 2020. Ella le había revelado a su abuela, con las limitaciones lingüísticas que tiene a la hora de pronunciar y de oír: «Papá me tocó». Para que no quedaran dudas, acompañó esa afirmación con un dibujo de la escena.
Narró que su padre la tocó con una mano en su entrepierna, le introdujo algo, no pudo decir qué, y le pegó en la boca, para que no emitiera sonido. El examen médico que le hicieron, por entonces, confirmó que tenía el himen destruido por un elemento de una contextura que fácilmente lastimaría la zona íntima de una criatura de su edad.
