Joaquín, un accidente y un milagro que le cambió la vida

26 de diciembre de 2024

En 2023, el mercedino de 22 años cayó alcoholizado de su moto y estuvo cerca del peor desenlace. Salió adelante con tratamientos, esfuerzo y la fe de su madre.

La Navidad que acaba de celebrar Joaquín Amaya es muy diferente a la del año pasado. El joven villamercedino de 22 años pasó la Nochebuena de 2023 internado en un centro de rehabilitación de Buenos Aires, cuidado por su madre, pero totalmente inconsciente. Esta vez, a poco más de un año del accidente de tránsito que podría haberlo dejado postrado en una cama para siempre, festejó con sus familiares, con pleno conocimiento de que recibió de Dios una segunda oportunidad para vivir.

Su historia es muy parecida a la de muchos otros chicos y no tan chicos que se suben a manejar un vehículo después de haber consumido alcohol en exceso y que, en apenas un abrir y cerrar de ojos, le dan un giro de 360 grados no solo a su vida, sino a la de todos sus seres queridos. Sin embargo, el desenlace de su caso fue diferente y hoy puede reflexionar para contar su testimonio y contagiar a otros: “Cuando uno es joven cree que se lo sabe todo, pero hay que parar la mano y escuchar a quienes te aconsejan por tu bien”, expresó.

En noviembre de 2023, Joaquín tenía todas las energías, las ganas y las posibilidades de quien apenas carga con 21 años en su espalda. Como hincha de River, integraba la agrupación de fanáticos que el “Millonario” tiene en Villa Mercedes y cada tanto viajaba al Monumental a alentar a su equipo; era alumno del Profesorado de Historia; tenía una militancia estudiantil y social muy activa que en oportunidades lo llevaba a realizar tareas solidarias en los barrios; y, sobre todo, tenía una avalancha de amigos que había cosechado en el camino.

Sus bromas, payasadas y simpatía se apagaron de golpe el 26 de noviembre de 2023, después de una noche de fiesta de egresados. Aquella madrugada, en vez de risas despertó preocupación y angustia en todos los que lo conocen. Lo encontraron tirado en la calle, inconsciente, después de haber caído de la moto que conducía.

“No tengo ningún recuerdo del accidente, ni siquiera de esa noche. Tampoco hubo testigos, entonces tengo un vacío que no puedo reconstruir. Hay muchas partes del 2023 que se me borraron y el psicólogo me explicó que el cerebro borra cosas que le hacen daño para poder construir nuevo conocimiento y no estar atado al pasado”, analizó.

Los pronósticos que brindaban los médicos del Policlínico Regional “Juan Domingo Perón” no eran nada alentadores. “Decían que, si sobrevivía, iba a quedar en estado vegetativo”, contó.

Pronto, su nombre empezó a repetirse en los mensajes de Whatsapp, en las redes sociales y algunos medios de comunicación. No solo por la conmoción del suceso, sino también para pedir cadenas de oración por su salud y, luego, para solicitar apoyo económico para solventar los tratamientos que debería enfrentar.

Fue trasladado a Escobar, al Centro de Rehabilitación Fleni, uno de los más prestigiosos del país. “Me desperté en enero y no me acordaba de nada, no sabía porque estaba internado. Creía que yo estaba cuidándola a mi vieja. Había estado inconsciente un mes y medio”, afirmó.

Amaya comenzó allí una rutina con terapias y tratamientos que lo ayudaron primero a respirar por sus propios medios, a poder prescindir de la traqueotomía y el botón gástrico, a poder comer y deglutir normalmente y luego a recuperar el habla y, de a poco, la movilidad del cuerpo.

Su evolución fue tan grande y rápida que hasta los propios especialistas se sorprendieron.

“Cuando entendí por qué estaba ahí, yo le hacía caso a los profesionales en todo lo que me decían. Nunca les puse trabas porque me quería volver. Estaba a 800 kilómetros de mi casa y mis hermanos estaban lejos de mi mamá, que estaba conmigo. Yo decía: Acá no vine a vacacionar y atrás mío hay un esfuerzo muy grande”, recordó.

Tres meses después, el joven regresó a Villa Mercedes caminando por sus propios medios, saludando y bromeando con todos lo que lo esperaron con pancartas y abrazos en su casa, para continuar con tratamientos y terapias en su ciudad.

“Para mí esta es una segunda oportunidad en la vida y me sirve para parar con actitudes que estaba teniendo y que estaban viciadas. Es una forma de pasar en limpio lo que estaba haciendo bien y lo que estaba haciendo mal y abrir los ojos”, repasó.

Una de esos cambios tuvo que ver con el consumo desordenado de bebidas alcohólicas, pero también decidió barajar de nuevo en otros aspectos de su vida.

“Antes, por ejemplo, había descuidado mucho el vínculo con mi viejo y ahora lo estamos reconstruyendo”, reveló.

Incluso, contó que pudo experimentar la presencia de los que se suelen llamar como “los amigos del campeón”: “Esa gente estaba solo para divertirse, pero cuando los necesité se alearon todos. He aprendido a darle más valor a los vínculos y a construirlos más sanos”.

Un año después del accidente que lo transformó para siempre, Joaquín sigue adelante con terapias ocupacionales, cognitivas y sesiones de psicología para mejorar algunas dificultades que le quedaron en el andar, en la motricidad fina y esas otras que no se ven, las que están adentro, bien profundo en las emociones, los pensamientos, los deseos y hasta los sueños. Su idea es retomar la carrera de profesorado de Historia en ese nuevo año que se aproxima.

“Mi vieja es una guerrera de la vida, porque a ella le daban el peor parte médico del mundo y ella decía que me iba a sacar hablando y caminando. Tuvo la fe bien en alto y ahora me sigue dando fuerzas para que no afloje y no flaquee con mis tratamientos”, resaltó.

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