San Luis despide a Alejo Sosa, el maestro que dejó una huella imborrable en el teatro provincial

Actor, director, dramaturgo, docente y gestor cultural, Alejo Sosa falleció a los 81 años dejando una huella imborrable en el teatro puntano. A través de dos de sus últimas entrevistas, este recorrido por su vida rescata las palabras con las que explicó su vocación, recordó la cárcel y la censura, defendió el teatro independiente y dejó un mensaje que resume su legado: "El teatro es el arte de la resistencia".
22 de julio de 2026

Cuando repasó su vida en una de sus últimas entrevistas televisivas, Alejo Sosa volvió una y otra vez sobre una misma idea, habló de los escenarios, de la cárcel, de la censura, del nacimiento del Teatro Estudio Arte y de la formación de actores; pero, por encima de todo, dejó una definición que sintetizó su manera de entender la cultura: «El teatro es el arte de la resistencia».

Este martes, a los 81 años, falleció uno de los grandes referentes de la cultura puntana. Actor, director, dramaturgo, docente y gestor cultural, dedicó más de cinco décadas a construir el teatro independiente en San Luis y a formar generaciones de artistas que hoy continúan su legado.

Para comprender quién fue Alejo Sosa, nos sirve recorrer sus propias palabras.

En dos de sus últimas entrevistas, una realizada por San Luis + y otra para el ciclo «Imprescindibles de la Escena Nacional», del Instituto Nacional del Teatro (INT), reconstruyó una vida atravesada por la pasión, el compromiso y la convicción de que el teatro podía transformar personas y comunidades.

El teatro, sin embargo, no fue su primer destino. Llegó a Córdoba para estudiar Ingeniería. También estudiaba piano, militaba políticamente y colaboraba elaborando apuntes para estudiantes universitarios. Imaginaba un futuro muy distinto al que finalmente tendría, pero todo cambió tras el Cordobazo.

Expulsado de la Facultad de Ingeniería por su militancia, encontró en la Escuela de Artes un camino que nunca abandonaría y que terminaría definiendo el resto de su vida.

Uno de los momentos decisivos llegó durante un festival en Villa Carlos Paz, donde conoció al legendario director polaco Jerzy Grotowski, considerado uno de los grandes renovadores del teatro contemporáneo.

Recordó ese encuentro con absoluta claridad. «Me entregué con una pasión grande… Él me preguntó qué hacía en Córdoba y le dije que era de San Luis y me respondió: Tiene que volver a su provincia e ir con esta visión a hacer teatro donde no hay». Ese consejo terminó marcando su destino.

Tras recibirse como Licenciado y Profesor de Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba regresó definitivamente a San Luis en 1979 decidido a desarrollar allí todo lo aprendido. Así nació el Teatro Estudio Arte (TEA).

Con el paso de los años, aquella sala se convirtió en un espacio de referencia para el teatro independiente puntano y en una escuela donde se formaron actores, directores y dramaturgos de distintas generaciones.

Al recordar aquellos comienzos sonreía al explicar el origen del nombre. TEA significaba Teatro Estudio Arte, pero también hacía referencia a las teas, aquellas antorchas o lámparas de kerosén con las que iluminaban las primeras funciones cuando todavía no había recursos. Una imagen que resumía buena parte de su filosofía: hacer teatro con lo que hubiera y no esperar las condiciones ideales para empezar.

Su vida también quedó atravesada por uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. El 24 de marzo de 1976 fue secuestrado y permaneció tres años y medio detenido. Luego recuperó la libertad, aunque continuó bajo vigilancia.

Ni siquiera el encierro logró apartarlo del teatro. En prisión escribió sobre pequeños trozos de papel higiénico las primeras escenas de «Los gritos del amanecer», una obra inspirada en personajes populares puntanos que más tarde sería premiada y representada en distintos escenarios del país.

Cada vez que evocaba ese período volvía al mismo lugar. No hablaba de los premios, prefería destacar la enseñanza. «En dramaturgia tuve un éxito muy grande, pero sobre todo la pasión de enseñar a formar actores, directores y dramaturgos.»

Cuando regresó a San Luis tampoco encontró un escenario sencillo. Recordó que, durante una de las primeras funciones del TEA, efectivos policiales irrumpieron en la sala preguntando, con tono provocador, si aquellas siglas significaban «Teatro Especial de Agitación». Era una muestra de que la censura todavía seguía presente.

Nunca se detuvo, siempre trabajó con continuidad. Fue uno de los impulsores de la Ley Nacional del Teatro y de la creación del Instituto Nacional del Teatro, recorriendo el país junto a otros referentes para organizar al teatro independiente y reclamar políticas públicas para el sector.

También dejó una profunda huella desde la gestión cultural, promoviendo elencos oficiales, proyectos educativos, talleres y llevando espectáculos a barrios donde muchas veces el teatro llegaba por primera vez.

Siempre tuvo una idea que atravesaba toda su manera de entender el teatro. Alejo decía que el teatro no debía esperar al público, debía salir a buscarlo. «Al público hay que ir a buscarlo. No es solamente con los medios de difusión. Hay que ir puerta por puerta, hacer una función para una sola silla, ponerse en una esquina, hacer teatro en los patios…»

Y enseguida completaba esa reflexión con una frase que probablemente explique mejor que ninguna otra quién fue Alejo Sosa. «Cuando veo que un chico en un barrio, abajo de un árbol, sonríe, me digo: esa es la finalidad del teatro, hacer feliz a la gente.»

Durante toda su vida resumió su pensamiento en apenas seis palabras. «El teatro es el arte de la resistencia.» No era una consigna, era la conclusión de alguien que había sobrevivido a la cárcel, a la censura, a las dificultades económicas y al enorme desafío de sostener durante décadas un espacio cultural independiente en el interior del país.

Hacia el final de otra de sus entrevistas dejó un mensaje especialmente dirigido a las nuevas generaciones. «Hay que volver a la juventud; que no pierda la militancia. La militancia abarca todos los días, con la idea, el compromiso con lo social y con el arte.» Para Alejo Sosa, la militancia era mucho más que una definición política, era el compromiso cotidiano con el otro, con el barrio, con la educación y con la cultura. Esa convicción atravesó toda su trayectoria.

Alejo Sosa no se reflejó únicamente en las obras que escribió, en las salas que ayudó a crear o en las leyes que impulsó, sino también en cada actor, director o dramaturgo que formó a lo largo de más de cinco décadas. Ese es, probablemente, el legado más importante que le deja a la cultura de San Luis.

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