Hace medio año que A. deambula por los tribunales de Villa Mercedes en busca de una respuesta que nadie le da. Pide que por favor detengan a J., su padre, porque siente que el hombre, de alguna manera, le quitó a su hija de seis años. No se la arrebató de los brazos, como hace pensar la expresión, pero, según denunció, le hizo algo que seguramente la marcara de por vida y ya cambió por completo su personalidad. Abusó de ella, cuando miraban televisión, afirmó. Desde entonces la chiquita no es la misma. No duerme, no comparte con sus compañeros de la escuela, llora y se aísla. En definitiva, no vive bien. Su sonrisa se borró, al igual que su espíritu parlanchín que la llevaba a hablar sin freno.
La reacción que la denunciante espera y que la Justicia no le da es que, de una vez, envíen a la cárcel a su padre porque no deja de rondar su domicilio y atormentarlas. Esta semana una fiscal pidió su prisión preventiva y la jueza de turno rechazó esa solicitud.
En la audiencia, la fiscal instructora Nayla Cabrera Muñoz le formuló cargos por el delito de “abuso sexual simple agravado por el vínculo”. La jueza de Garantías 3, Natalia Pereyra Caardini, consideró que la evidencia reunida al momento es suficiente para imputarle tal delito, pero no para privarlo de la libertad y trasladarlo al penal. En su lugar, mantuvo la exclusión de hogar y la restricción que le prohíbe allegarse al domicilio donde está su nieta y los lugares que frecuenta. Esa es una medida que, de todas formas, J. nunca acató, se quejó la denunciante.
“Incumple la ley porque no obedece la restricción de acercamiento. Y en el juzgado se la pasan pidiendo papeles y papeles, mientras él sigue libre. ¿Por qué lo demoran tanto? ¿Qué esperan que pase?, ¿que suceda un abuso carnal?, ¿que viole a una criatura?”, reclamó.
La mujer relató que, además de la presunta víctima, tiene una hija de tres años y un bebé de seis meses. Como no tenían dónde vivir, en los primeros meses del año, se mudaron con J., al barrio Estación. Pero allí tampoco estaban del todo cómodos, pues refirió que su padre les permitió acomodarse en un sótano, un espacio “de dos por dos”.
Sostuvo que el ultraje sucedió el 7 de abril. Ese día su nena más grande se le acercó y le preguntó si podía ir con su abuelo a ver televisión. A. que, en ese momento, limpiaba no vio problema en que lo hiciera y le respondió que sí.
Cuando la pequeña volvió ya era otra persona. No paraba de llorar. Su mamá dejó todo lo que hacía y le consultó qué le pasaba. Al principio, la criatura no quería hablar, pero alcanzó a pedirle: “¿Puedo estar con vos?”. Luego, con suavidad y un tono más de amiga que de madre, la denunciante trató de averiguar si le había sucedido algo con su abuelo. “Mami…, me tocó acá y acá…”, le dijo la niña, indicando con una mano, primero, su entrepierna y, luego, la cola. Narró todo como pudo, en medio de un llanto sin consuelo.
Después de oír eso, A. se dirigió a la Comisaría de Atención a la Niñez, Adolescencia y Familia (CANAF) y, después, a la Comisaría 9°. Una vez que la denuncia estuvo judicializada, la fiscalía no tardó en solicitar una audiencia de Cámara Gesell, que excepcionalmente lograron fijar una semana más tarde.
Allí, ante los profesionales de la Cámara Gesell, la menor de edad contó todo lo que le habría hecho su abuelo de 54 años y hasta agregó que los tocamientos le produjeron dolor.
