«Sepan disculpar», le faltó decir al hombre que el domingo se las dio de amo y señor de uno de los ingresos al Dique Vulpiani e intentó cobrarle la entrada a cuatro ciclistas. El sujeto más popular de las últimas horas en Villa Mercedes, gracias a la viralización de un video en el que se lo ve claramente asegurar ser el propietario de uno de los accesos de la represa, se bajó de su pedestal este martes cuando recibió la visita indeseable de un grupo de policías.
No era para menos, los vecinos lo habían denunciado en la Comisaría 12°, la causa ya es tramitada en la fiscalía de turno, las autoridades municipales se contactaron con las de la Provincia y no hay un villamercedino que no lo insulte en las redes sociales, donde lo más ligero que le dedican es «currero» o «busca».
Pero ante los uniformados su actitud fue completamente opuesta a la del domingo. Se mostró colaborativo y dio sus explicaciones, un tanto contradictorias. Primero dijo que él solo pedía «una contribución monetaria» para mantener limpia esa zona, pero que jamás le negó el paso a nadie al río. Y para rematar y justificar sus aires de gran señor de hace un par de días, sentado en una reposera barata al lado de un amigo que usaba un tacho de 20 litros de pintura como asiento, aclaró que ese día justo lo «engancharon» en un muy mal momento, un tanto alterado por los efectos del alcohol.
Precisamente porque estaba ebrio, les prometió a los policías que inconvenientes como el que tuvo con los ciclistas no volverán a repetirse. El asunto es que, según denunciaron otras personas, no es la primera vez que el hombre de 45 años les prohíbe el paso al dique si no le pagan «la entrada».

De acuerdo a lo que aportaron los vecinos, el «casi Trump de Villa Mercedes» (porque se adueña de lo que no le pertenece así, de palabra y sin medias tintas) vive también de manera ilegítima en un sector en el que improvisó una especie de choza o, cuanto mucho, un rancho, a escasos metros del río. Habita ahí junto a sus perros.
—Esto es la vía pública— le aclaró uno de los ciclistas que se toparon con el cobrador del «peaje» de cotillón.
—Sabes qué, no van a pasar— le respondió ya enojado el de la reposera.
—Listo— dijo indignado el vecino mientras grababa el video.
—Listo. Ciao. Nos vemos —cerró la discusión el autoproclamado dueño.
—Qué bárbaro. No puede ser que la vía pública la cobre —expresó el ciclista todavía incrédulo de la escena.
—¿Cómo? No es la vía pública. La vía pública es la calle. De acá pa’llá es mi terreno —indicaba con el brazo derecho, mientras desprendía el humo del cigarrillo que fumaba y seguió —Usted, para pasar para el otro lado tiene que pasar por mi terreno.
Y terminó esa explicación sin lógica con una analogía, una ocurrencia del momento. «Es como si yo fuera amigo de tu vecino. ¿Me entendés? Y tengo que pasar por tu casa para ir al vecino. Es lo mismo. Te va a molestar. Es así», finalizó, creyéndose dueño de la razón así como del lugar.