Mucho ruido judicial y «el patrón» del Vulpiani que ahora no parece muy obligado a responder

El fiscal que había notificado al hombre de 45 años salió de vacaciones a las pocas horas de anoticiarlo sobre el inicio de las supuestas actuaciones. Y ninguna de las fiscalías de instrucción manejan la causa.
20 de enero de 2026

En el limbo o en la nada misma. Los supuestos movimientos de parte de la Justicia de la Provincia hacia el hombre que hace poco más de una semana intentó cobrar la entrada al Dique Vulpiani a unos ciclistas ya no están. De hecho, la fiscalía que estuvo de turno ese día y tampoco la siguiente ni la anterior tienen la causa, no les fue girada desde la Unidad de Abordaje Fiscal a ninguna. Es más, el llamado «patrón del Vulpiani» si cumplió su promesa de presentarse el pasado viernes en los tribunales de Villa Mercedes, cuando lo notificaron el jueves, seguramente descubrió que su presencia ya no era tan requerida, tan urgente. Pues el fiscal Adán Chavero había salido de vacaciones la noche anterior y, actualmente, en esa área del Ministerio Público Fiscal no hay nadie a cargo de la presunta «causa abierta» por la usurpación.

La causas recaen, valga la redundancia aclararlo, en la fiscalía  que esté de turno esa jornada. El domingo 11 estaba de guardia la Fiscalía de Instrucción 4, a cargo de Leandro Estrada. Pero el mismo fiscal le confirmó a este medio que a él no le remitieron el caso del hombre que cobraba «peaje» para ingresar a la represa. Cuando esta periodista consultó personalmente en la mesa de entrada de la Unidad de Abordaje Fiscal por Chavero, primero le confirmaron algo que ya había trascendido, que el letrado había entrado en feria y, segundo, que luego todo es enviado a la fiscalía instructora de turno. Algo que también era obvio. Pero ninguna de las fiscalías tiene mencionado caso y en Abordaje Fiscal nadie, excepto Chavero, sabía sobre el tema.

Tras las viralización de un video en el que claramente «el patrón» le explicaba a un grupo de ciclistas que no podían pasar por una de las entradas del dique, porque entonces cruzarían por su territorio y para eso debían pagarle, no solo lo escracharon en las redes sociales, se ganó el repudio de toda Villa Mercedes, fue denunciado en una comisaría, sino que le cayó personal de la Municipalidad y hasta se llevó a sus seis perros. En principio, los empleados del Refugio Municipal lo hizo solo para castrar a sus cuatro perras y sus dos machos. Luego les devolvería a los canes que, por lo que dijo Sol Martínez, la encargada de la llamada «canera», los animales viven mejor que su dueño, cobijados bajo un techo de madera más firme.

El hombre de 45 años ganó esta indeseable fama que lo preside la tarde del domingo de la semana pasada. Julio César Aguilar y sus tres amigos entrenaban con sus bicicletas en el norte de la ciudad. como tantas otras veces. Se trata ya de un camino que conocen de memoria, pues lo recorren desde que son niños. Pedalearon tomando como guía el canal de la Dársena hasta llegar al cruce de calle Chacabuco y la Ruta 2B. Cuando trataron de cruzar uno de los ingresos al Vulpiani se toparon con un individuo barbudo, con boina, alpargatas cubiertas de tierra y fumando. Estaba sentado en una reposera, a un costado del camino, con aires de «dueño del mundo», como el personaje de Marlon Brando en la primera de las tres películas de El Padrino. Lo acompañaba otro sujeto canoso, probablemente un amigo, que usaba un tacho de pintura de 20 litros como asiento.

Así, un tanto impresentable como estaba, el extraño de boina les cerró el paso y les explicó clarito que ahí no atravesarían si no ponían los billetes. Le salió el Donald Trump de las entrañas.

—Esto es la vía pública— le aclaró uno de los ciclistas al cobrador del «peaje» de cotillón.

—Sabes qué, no van a pasar— decidió ya enojado el de la reposera, como si fuera un juez.

—Listo— dijo indignado el vecino, mientras registraba todo en un video.

—Listo. Ciao. Nos vemos — dio por finalizada la discusión el autoproclamado dueño.

—Qué bárbaro. No puede ser que la vía pública la cobre —expresó el ciclista aún incrédulo de la escena.

—¿Cómo? No es la vía pública. La vía pública es la calle. De acá pa’llá es mi terreno —indicaba con el brazo derecho, mientras desprendía de la boca el humo de un cigarrillo y continuó —Usted, para pasar para el otro lado tiene que pasar por mi terreno.

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