Fueron dos horas de puro palabrerío. El excomisario Marcelo Cecilio Acevedo a veces hablaba tan apurado que una oración se tropezaba con la siguiente. Entre lo que declaró y las preguntas que le hicieron, ocupó una jornada completa de audiencia, en el juicio al que llegó acusado de “asociación ilícita”, junto a su ex presunta amante, Alejandra Espinosa y la amiga de ella, María Vázquez. En su extensa exposición no se acordó de mencionar a Abel “Pochi” Ortiz, el joven cuya desaparición catapultó la investigación por el que es juzgado desde hace semanas. Cometió un par de furcios. Dijo “cuando yo liberaba zonas..” y “cuando Vázquez participó (del robo a Albertengo), perdón trabajó en Albertengo”, ahí nomás trató de subsanar los yerros.
Eso sí, no perdió la oportunidad de demostrar que estaba preparado y afiladísimo y cuando pudo le lanzó un par de comentarios bien directos al fiscal Leandro Estrada. Más que comentarios, parecieron pequeños mísiles metafóricos. Primero recordó que “el juez, que ahora es fiscal ––le clavó la mirada y siguió–– nunca resolvió el caso de Belén Araujo”. Y después le tiró otro “proyectil” que ya sonaba a acusación. “Usted sabía desayunar conmigo en la comisaría y también comió asados con otros policías, que ahora tanto cuestionan, entonces, usted también fue cómplice”, le reprochó al representante del Ministerio Público Fiscal (MPF) que se quedó recalculando, tieso en su silla.
El juicio está en su etapa final. El próximo miércoles los fiscales, el abogado querellante y los tres defensores harán sus alegatos de clausura. Luego el Tribunal, compuesto por los jueces Sandra Ehrlich, María Eugenia Zabala Chacur y José Luis Flores, pasará a deliberar. Acto seguido, darán a conocer su veredicto, podrá ser ese día u otro.

Uno de los momentos más esperados por los Ortiz fue oír el testimonio de Acevedo. Pensaban, querían creer, que él o Espinosa “se quebrarían” o incurrirían en alguna equivocación y confesarían lo que pasó con Abel. Pero no. Además, ya saben que de la boca de María Vázquez, la otra acusada, quien antes era amiga de la peluquera, no saldrá ni una palabra, ya que desde un principio del debate anunció que no declararía.
El exjefe de la Comisaría 9° pasó hacia adelante y se sentó en la silla ubicada frente a la única jueza presente en la sala, Ehrlich (el resto seguía la audiencia por videollamadas) y el fiscal, el abogado de los Ortiz, Bautista Rivadera, el defensor de Espinosa, Valentín Rivadera, hermano del otro letrado, y la representante de Vázquez, a quien esta periodista no le dará el gusto ni de nombrarla.
Apenas se acomodó, con la carpeta a la que se aferró con sus manos durante todo el debate oral, el excomisario empezó a hablar sobre su trayectoria en la fuerza a la que una vez perteneció. No quiso dejar pasar ningún momento de lo que dio a entender fue una carrera intachable. Nombró todas las comisarías en las que fue jefe. En un momento, sin que nadie lo esperara, sacó una medalla, la levantó con una mano, para que sea visible para todos en el recinto y dijo: “Esta es la máxima distinción que le entrega el Poder Ejecutivo de la Provincia a un policía”. Quería dejar en claro que él recibió tamaño reconocimiento.
Contó que entre 2010 y 2013 trabajó en seccionales de San Luis. Luego regresó a Villa Mercedes. Estuvo en la Comisaría 11° y, los primeros días de julio de 2013, lo designaron como jefe de la Comisaría 9°. Por lo que explicó, por entonces, era la dependencia policial que más trabajo tenía. “Abarcaba el 40 por ciento de la ciudad. Un día normal recibíamos unas doce denuncias y uno más intenso unas veinte o veinticinco”, relató.

Dijo que solo contaban con una patrulla, dos efectivos que se ocupaban de la parte judicial y otros dos para los procedimientos. Pero se las arreglaba con la ayuda que le daban sus camaradas de la excomisaría del Menor y hasta del grupo táctico COE, actualmente llamado COAR.
Pero hubo algunos delincuentes que no pudo controlar, admitió. “A fines de 2013 había un grupo, Soria, Agustín Figueroa, Racedo y Rodríguez”, detalló y agregó: “Nunca pudimos establecer por qué se disputaban la zona”. Ese sector de la ciudad era la del noreste de Villa Mercedes, desde el barrio Eva Perón, parte del Villa Celestina y el llamado barrio “Las Latas”. Esas supuestas peleas territoriales entre esas personas hacían que siempre tuvieran “hechos con armas de fuego”.
A principios de 2024, el jefe del Programa Seguridad y Planeamiento, Diego Pagella, lo llamó y lo puso en contacto con Espinosa. La peluquera había ido hasta Terrazas del Portezuelo con decenas de firmas de vecinos del Eva Perón, que se quejaban de que ya no podían vivir en el barrio por los constantes robos y otros delitos que cometían, por ejemplo, Figueroa y Racedo.

Explicó que, a través del Programa “Conociendo a quien me cuida”, que implicaba intercambiar números de teléfonos entre vecinos y policías, para que tuvieran un contacto y una respuesta más directa y veloz ante una urgencia y no sobrecargar la línea del 911. Así, narró que conoció a Espinosa.
“Se allanó varias veces lo de Figueroa Y Racedo. Nos volvieron locos hasta que los detuvimos y secuestramos un auto”, relató. Al respecto y a la pregunta de su abogado sobre si era normal que los policías utilizaran autos incautados para moverse, Acevedo respondió que sí, que todos los efectivos lo hacían y estaba permitido emplear esos vehículos que habían sido secuestrados porque fueron usados, en la mayoría de los casos, en robos. Aclaró que era normal utilizarlos para moverse, visto que las patrullas no eran suficientes.
Aseguró que así lograron reducir un 30% los delitos. “Siempre he sido muy honesto y trabajador”, alcanzó a decir y, en el fondo de la sala de juicios, más de uno no pudo contener la risa.
Siguió y, como si su relato estuviera ordenado en ítem, dijo: “vamos al día de la famosa ‘pueblada’”. Se refería al día que alrededor de una doce de personas, entre las que estaban Espinosa, su hija, con un arma de fuego, y Vázquez, quemaron la vivienda de los Figueroa y le pegaron un tiro en el glúteo izquierdo a Agustín Figueroa, por ese entonces, de 16 años.
“Yo ese día ni siquiera estaba en la ciudad. Una vez al mes viajaba a La Paz, Mendoza, para ver a mis padres y ese fin de semana me había ido para allá”, afirmó. A cargo de la comisaría había quedado el subjefe Martín Estrada. Dijo desconocer las medidas que tomó ese policía, que ahora también está retirado de la fuerza. Solo dijo que, cuando llegó el lunes, en la seccional estaba Daiana Villegas, la hija de Espinosa, y le habían hecho un dermotest, para determinar si había disparado recientemente un arma de fuego. “Había denuncias cruzadas, todos querían denunciar a todos, así que se le tomó denuncia a todo el mundo”, dijo.
De un segundo a otro, cambió de tema, siguiendo el punteo mental de temas que había preparado y habló de la “causa Ceppi”, uno de los robos que los fiscales sostienen que la asociación ilícita cometió. Se trató de un hecho que no trascendió en los medios de comunicación y cuyo sumario “durmió” en la Comisaría 9° porque, según explicó Acevedo, antes la elevación de los expedientes al Poder Judicial tardaba meses y hasta años.
“A Ceppi le hicieron un boquete en un galpón y le sustrajeron una caja fuerte”, resumió. Seguidamente, habló sobre Gustavo Granero involucrado en un hecho que implicó abuso de arma de fuego, atentado y resistencia a la autoridad. Relató que supo que hubo un tiroteo, pero aclaró que tampoco intervino en esa investigación.
Continuó con otro delito que la fiscalía también le adjudica a la asociación de “Acevedo & company”: el robo a “Albertengo”. En ese pasaje de su relato se le escapó una frase que inculpaba a Vázquez. “Cuando Vázquez participó (en el robo); perdón, cuando trabajaba en el local, quise decir”, se corrigió. En el comercio habían sustraído una caja fuerte. Según el acusado, las sospechas apuntaban a Granero, que era como una especie de “profesional en apertura de cajas fuertes”.
Contó que ese tipo de hechos no son obra de delincuentes de la ciudad, ni siquiera de San Luis. Son robos de otro calibre de ladrones, que juegan en grandes ligas. Señaló que la clase de malvivientes de Villa Mercedes y de la provincia, en general, son de una calaña inferior, rateros, casi incapaces de abrir una puerta, mucho menos una caja de seguridad,
Dijo que las averiguaciones lo llevaron a comparar las huellas de un auto en el caso Ceppi con otras halladas en lo de Albertengo; pero desconoce qué sucedió con la causa después. Remarcó que él resolvió todos los casos en los que intervino, pero él único que quedó en la nada fue del femicidio “de Belén Araujo, que estuvo a cargo de quien ahora es fiscal”, dijo y lo miró a Estrada, que estuvo al frente de las averiguaciones de ese crimen. Primer “dardo” al funcionario, quien no contaba a su lado con su colega, el fiscal Néstor Lucero.

Seguidamente, Celdrán fue al hueso y le preguntó si había tratado de entrometerse o desviar la investigación por la desaparición de Abel. Contestó que no. Aseguró que apenas llegó a sus manos un audio en el que dos mujeres, entre ellas Vázquez, hablaban de que Ortiz había sido asesinado por dos sicarios contratados del norte del país, se puso en contacto con el policía de la Brigada de Investigaciones en quien más confiaba, Pablo Colautti, y le entregó la grabación. Dijo eso, pero más adelante, remarcó que todos los de la Brigada de Investigaciones son unos delincuentes, por eso están presos con sentencias de 10 y 11 años por quedarse con drogas secuestradas en allanamientos. Uno de esos condenados es justamente Colautti.
Luego su abogado le preguntó si tenía o cuál era la hipótesis más fuerte que manejaban para explicar la desaparición de Ortiz. “Yo no digo que la familia Figueroa lo hizo desaparecer, pero tenían toda la actitud para estar en su casa porque (Abel) le quemó la casa”, argumentó. Y después apuntó contra los testigos claves que presentó la fiscalía: “no son ningunas Carmelitas descalzas”. Entre los testigos estaban Figueroa, Racedo, Colautti y otros delincuentes, que conocen lo que es la cárcel.
“Nunca investigaron otra línea. La noche que despareció, a Ortiz lo dejaron a dos cuadras donde vivían los Figueroa”, remarcó y después señaló que, además de la asociación ilícita, la otra teoría que tomó en serio el exjuez Estrada fue la que apuntaba “al relato de una parapsicóloga de un pueblo”.
También cuestionó que si lo del joven desaparecido era para el exjuez un homicidio por qué no le dejó esa tarea a la división de Homicidios. Algo que hubiera resultado más pertinente, que encomendársela a la Brigada de Investigaciones, criticó. Dijo que él y otros policías comenzaron a sentirse perseguidos por sus colegas de Investigaciones y por eso dejaron de reunirse para comer asados.
Ese último comentario le dejó servido el segundo “dardo” dirigido al representante del MPF. Redireccionó su cabeza hacia Estrada y, sin miedo a nada, lo señaló: “Usted iba a desayunar a la comisaría conmigo y también comió asados conmigo y los otros policías. Entonces, usted también fue cómplice”.
Cuando tuvo la oportunidad de indagarlo Estrada le preguntó por qué lo apartaron de la fuerza. El excomisario contestó que la resolución que había tomado la fuerza era por la gran repercusión que había tenido su posible romance con Espinosa. Un fundamento bastante insólito. Pues los medios de comunicación solo reproducían lo que Estrada y sus investigaciones habían logrado establecer que, según él, Acevedo fue amante de la peluquera. Hasta el jefe de la Unidad Regional 2, Sergio Bertoli, se lo dijo hace unos años a esta cronista, con las textuales palabras que reprodujo en este juicio cuando declaró. El comisario general retirado contó que una vez, en una de sus reuniones de los lunes, Acevedo se le acercó y la confesó “me la estoy haciendo cag… a la Espinosa”.
Fue, entonces, cuando Estrada le preguntó si era verdad que en los mensajes de texto que intercambiaba con la ex de Abel ella lo llamaba “Osito”. El acusado reconoció que sí, primero porque formaba parte de un código que tenía entre sus informantes y hasta con sus mismos camaradas, con los que usaba frases como “se escapó la paloma” para indicar que un sospechoso ya no estaba en su domicilio y situaciones por el estilo
Pero, a los pocos minutos, ahondó en su justificación con otro argumento. Uno muy poco convincente, que no cabe en la cabeza de nadie y que cualquier estudioso de las teorías de la comunicación haría polvo. Básicamente dijo que él cambiaba su manera de hablar, según la persona con la que dialogaba. Algo así como tener muchas máscaras a la hora de expresarse oralmente de acuerdo a la «portación d cara» de la persona con la que tenía que comunicarse. Una forma, más que discriminatoria, segregadora.
Y lo ejemplificó. Dijo que si dialogaba con un profesional se ponía a su altura. Con esa misma lógica oratoria, mencionó que si hablaba con un delincuente, «un guachín», esa fue la palabra que usó para referirlos, él se “rebajaba” a su pobreza léxica. Por eso cuando Espinosa lo llamaba “osito”, él nunca la corregía sino que le seguía la corriente. Ah, pero si un hombre le decía “osito”, dejó bien en claro que eso no lo permitiría. «Porque sino van a pesar que soy…», no completó la frase y sonrío, casi orgulloso de no ser gay, como si ser homosexual fuera algo vergonzoso.
En los mensajes la otra acusada le decía “osito”, “osito, te extraño” o “te quiero llenar de besos”. Y todo eso era aceptable dentro de la particular manera dialéctica que tenía el excomisario para comunicarse con uno u otro. Recalco eso porque la mujer no era alguien que, según su propia declaración, conocía de hacía años, sino que había tomado contacto con ella hacía apenas meses por los hechos de inseguridad en el barrio. Remarcó que era su datera, aunque no la veía mucho.
Todo eso dio a entender que si una mujer que apenas conocía le decía “mi amor” él le contestaría en línea a tan cariñosa manera de tratarse. Sinceramente y ésta es una opinión, no creo que él le responda con la misma dulzura si la mujer que se lo dice no es de su agrado, es decir, si no le resulta atractiva, agradable a los ojos, a nivel estético.
Eso sí, Acevedo siempre negó ser amante de Espinosa. Aunque utilizó estos, un tanto desconcertantes, fundamentos. Fue, entonces, cuando Estrada le apuntó con la artillería de preguntas más pesadas que tenía guardadas para un juicio que, muy posiblemente no vuelvan a repetir y en el que dirimen delitos de la talla de robos, incendios, robo de armas y hasta la desaparición de una persona, que hace más de 11 años nadie sabe dónde está.
––¿Es verdad que Espinosa lo llamaba ‘Osito’? –– le consultó.
––Sí, yo le seguía la corriente porque era mi datera –– respondió el acusado.
––¿Y a usted eso le parece normal? Que le diga “osito, te extraño”, “vení” y “te quiero llenar de besos”, ¿le parece normal en el trato con una informante? –– repreguntó el fiscal.
–-Sí, porque era su manera de expresarse, su código –– aseguró el expolicía.
––¿Y si le hubiera enviado un mensaje que decía “osito, vení, que te quiero hacer el amor”? ¿usted hubiera ido? –– insistió con la voz un tanto incrédula, como si de antemano ya no confiara de su siguiente respuesta.
––No–– contestó el excomisario.