Atletismo: “Uniendo Diques” resaltó la fuerza de los equipos

Desde el puente de Río Grande, trepando por el dique Antonio Esteba Agüero hasta el dique de Nogolí: 52 kilómetros, con el techo de 2.150 metros sobre el nivel del mar. Un desafío majestuoso, tanto como las Sierras Centrales de San Luis.
2 de diciembre de 2025
Una postal que habla el idioma de la prueba: pasión por el deporte, disfrute en cada paso y belleza que acapara todos los sentidos. Foto: 3AF.

Ahí van… son casi trescientos atletas, entre hombres y mujeres, conformando 51 equipos de 5 integrantes cada uno y 11 duplas, que recorrieron 52 kilómetros, desde el puente de Río Grande hasta Nogolí.

Sí, subiendo desde el dique Antonio Esteban Agüero hasta el dique de Nogolí. Las postas de 5 integrantes recorrieron 10K cada uno; y las duplas se repartieron exactos 26K.

Es la 3ª edición de “Uniendo Diques”, una creación de Nicolás Duarte. El joven bonaerense se radicó en San Luis desde niño, junto a su familia, y se sumó de adolescente al atletismo en la legendaria Agrupación La Tropa. Hoy, después de formarse profesionalmente en la educación física, lleva adelante un grupo de un centenar de atletas.

El domingo amaneció apacible e impiadoso.

Una niebla orográfica, la que se forma cuando el aire húmedo se eleva sobre una montaña, recibió a los trepadores.

Al ascender, el aire se enfría y alcanza su punto de rocío, formando de niebla la ladera del viento.

Luis Molina, atleta olímpico en Río de Janeiro 2016, comanda la hilera de deportistas, por un camino serpenteante de una bella inmensidad natural, al que la Inteligencia Artificial nunca podría ni siquiera hacerle sombra.

Tomás hace señas con la cabeza de no poder más. Jorge, que corre a la par pero representa a otro equipo, le dice que cambie el “no” por el “sí”. Y Tomás se acomoda y doscientos metros después es quien tira a Jorge, ahora agotado, hasta la siguiente posta.

Mateo recibe de Tomás el paso a la etapa más empinada. Del kilómetro 10 al 20, se alcanzan los 2.150 metros sobre el nivel del mar, donde está el “Parador Motero” y los cóndores espían de cerca. Esta vez, ellos, símbolos de libertad y majestuosidad, se esconden en la niebla y le dan todo el protagonismo a los trepadores.

Mateo corre con la suave brisa acariciando su rostro… sus ojos no pueden ver, por la cortina gris de pequeñas gotas de agua que condensan el aire, más allá de los 20 metros que tiene adelante. Es ahí cuando se observa por la respiración, se siente por los latidos del corazón y lo que se mueven no son las piernas, es el sentimiento.

Diego apoya las palmas de sus manos con Mateo, y sale en la tercera posta.

El cielo se abrió hace instantes. El reloj marca las 8:36 de una prueba que arrancó a las 7. Toca trepar, para después tener el placer de bajar.

Las sierras centrales de San Luis escuchan respirar… sienten golpear las zapatillas sobre el asfalto… y hay que cambiar el aire con la desesperación de quien sustituye neumáticos en la Fórmula 1.

El atleta debe sublevarse. Se resiste a que la cabeza le diga ‘no podés más’… Diego se niega a esa orden lógica y saca a relucir lo que es ignorado hasta ese instante: el amor propio.

Diego le pasa el testimonio del esfuerzo a Paulo. Y lo que viene es un tobogán. El reloj se estremece. Corre apenas por encima de los 3 minutos por kilómetro, como si fuese un keniata en las calles de Berlín.

Se desliza. Las plantas de los pies parecen despellejarse por debajo de la suela del calzado. Dobla en curvas empinadas; debe hacerlo con freno de rodillas, giro de tobillos y espejo retrovisor. De atrás vienen en malón, y adelante siempre hay horizonte para contemplar.

Paulo le da el último ‘siga, siga’ a Manuel. Bajada hasta el dique de Nogolí, con llanos que acomodan el paso, falsos-llanos que desacomodan el andar y subidas que merecen ser tratadas de ‘mentirosas’, para entender que el final será feliz.

Manuel llega 10 segundos antes que su inmediato perseguidor.

Más tarde, el equipo comandado por Aníbal y con la asistencia de Lucas en el móvil de traslado, subirá al tercer lugar del podio de la categoría de 171 a 220 años (obtenida por la suma de las edades de sus 5 participantes -36+23+47+48+50= 204-).

Ahí se tomará real valoración del aporte de cada uno. Por 10 segundos de diferencia, 3º en la categoría y 6º en la general.

Siempre un equipo será más importante que un esfuerzo individual.

Diez segundos de diferencia… y sonrisas, emociones y lágrimas abrazadoras, que valen más que cualquier tiempo de carrera en cualquier cronómetro.

Al fin de cuentas y al final de la línea de meta, la diferencia nunca estará en el reloj. Siempre estará en la calidad del disfrute.

Un camino majestuoso, al que los deportistas debieron enfrentar con mucha templanza. Foto: 3AF.

En lo más alto del podio

En la posta general masculina es impuso el equipo compuesto por Mateo Rosales, Luis Báez, Francisco Ledesma, Darío Sombra y Horacio Rodríguez.

En la general femenina, ganó el equipo integrado por Brenda Sosa, Nanys Silva, Lucía Requelme, Myriam Pereyra y Florencia Camiolo.

En la general mixta, se impusieron Carlos Martínez, Verónica Filippa, Jesús Orozco, Celeste Domínguez y Paula Dasso.

En duplas de caballeros, ganaron Luis Molina y Sebastián Balmaceda; en el dúo femenino las primeras fueron Jésica Ledesma y Vanesa Torre; y en el dúo mixto festejaron Romina Paganini y Santiago Quevedo.

Luis Molina (azul) y Sebastián Balmaceda hicieron la posta en dupla, de 26K cada uno, y fueron los primeros en cruzar la meta. Foto: 3AF.
Hay equipo. Todos los que trabajaron en la organización de la 3ª edición de «Uniendo Diques». Foto: 3AF.

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