Claves para actuar ante la crisis hídrica en la cuenca de El Morro

El avance de napas, la aparición de nuevos ríos y la salinización de suelos exponen el impacto combinado del cambio climático y del uso del suelo en una de las cuencas más sensibles de San Luis.
28 de marzo de 2026
La cuenca de El Morro refleja cómo las decisiones productivas y los cambios climáticos pueden alterar profundamente los sistemas naturales.

En el noreste de Villa Mercedes, una extensa región de aproximadamente 260.000 hectáreas se ha convertido en un laboratorio a cielo abierto de los efectos combinados del cambio climático y las transformaciones productivas. La cuenca de El Morro, históricamente estable desde el punto de vista hidrológico, atraviesa desde hace décadas un proceso profundo de reconfiguración que hoy plantea riesgos concretos para la producción, la infraestructura y las comunidades.

Un reciente trabajo técnico elaborado por especialistas pone el foco en los puntos críticos de esta cuenca, donde el avance del agua, muchas veces invisible bajo la superficie, terminó por alterar el paisaje, crear nuevos cursos y poner en jaque rutas, ciudades y sistemas productivos enteros. Sus autores son Claudio Alejandro Sáenz y Juan Cruz Colazo del INTA San Luis, y Esteban Jobbágy, del Conicet.

Aunque los problemas hídricos en la región tienen antecedentes desde mediados de los años 80, el proceso actual es mucho más complejo. En 1985, intensas lluvias provocaron anegamientos severos, afectando campos y cortando las rutas nacionales 7 y 8, dos de los corredores más importantes del país. Aquella situación derivó incluso en la declaración de emergencia y desastre agropecuario.

“Sin embargo, lo que en ese entonces fue interpretado como un evento extremo aislado, hoy se entiende como parte de una tendencia más profunda”, advirtió Saenz al recordar que, desde fines de los años 90, el ascenso de la napa freática comenzó a acelerarse, generando anegamientos persistentes y la reactivación de antiguos cauces.

El punto de inflexión llegó en 2008, cuando tras lluvias intensas emergió el denominado “Río Nuevo”, un curso que avanzó hasta interceptar la Ruta Nacional 8, provocando daños millonarios, cárcavas de gran magnitud y la necesidad de obras de emergencia.

Las causas

Los estudios coinciden en que el fenómeno responde a una combinación de factores climáticos y antrópicos. Por un lado, se registra un aumento sostenido de las precipitaciones en la región, que pasaron de promedios históricos de 500 mm anuales a valores cercanos a los 700 mm.

Por otro, el cambio en el uso del suelo modificó drásticamente el equilibrio hídrico. La sustitución del bosque xerófilo por cultivos anuales redujo la capacidad del sistema para consumir agua en profundidad. Esto generó un exceso hídrico que terminó recargando las napas y elevando su nivel de manera constante.

En términos concretos, el nivel freático en la cuenca viene aumentando a razón de unos 15 centímetros por año en las últimas décadas.

Este proceso altera la dinámica natural del agua. Lo que antes se infiltraba y era absorbido por la vegetación, hoy se acumula, se desplaza y finalmente emerge en superficie, generando nuevos cursos, humedales y procesos de erosión.

Uno de los aspectos más llamativos del fenómeno es su dinámica subterránea. El agua que se infiltra arrastra sales acumuladas durante siglos en el perfil del suelo. Luego, al ascender por capilaridad, esas sales quedan depositadas en superficie, generando procesos de salinización.

Este mecanismo no solo degrada los suelos, sino que también impacta directamente en la producción agropecuaria. En sistemas ganaderos, por ejemplo, el exceso de sulfatos en el agua de bebida provoca deficiencias minerales en los animales, con pérdidas estimadas del 15% en la producción de carne.

A la par, la erosión hídrica da lugar a cárcavas de gran tamaño y a la aparición repentina de cauces, muchos de ellos permanentes, en zonas donde históricamente no existían.

El impacto más visible, y también el más urgente, se da sobre la infraestructura. La cuenca es atravesada por las rutas nacionales 7 y 8, que conforman uno de los principales corredores bioceánicos del país. A esto se suman rutas provinciales, caminos rurales, líneas férreas, gasoductos y poliductos.

La aparición de nuevos cursos de agua, el transporte de sedimentos y los desbordes ponen en riesgo permanente estas estructuras. En algunos casos, los cauces colmatan canales existentes; en otros, desbordan alcantarillas diseñadas para caudales mucho menores.

Entre los puntos críticos identificados se destacan el trasvase del arroyo La Guardia, que hoy arrastra sedimentos y amenaza con colapsar la Ruta 8; la canalización del Río Nuevo, cuya baja pendiente favorece la acumulación de sedimentos y aumenta el riesgo de desbordes; el arroyo El Quebrachal, cuya capacidad de drenaje resulta insuficiente ante eventos extremos, y el sistema del Zanjón del Cerro Negro, que presenta desbordes recurrentes por limitaciones en su infraestructura.

Además, la expansión urbana hacia zonas vulnerables agrava el problema, especialmente en sectores periféricos de Villa Mercedes donde el ascenso freático afecta la estabilidad del suelo.

El desafío del cambio climático

Las proyecciones climáticas no son alentadoras. Modelos internacionales anticipan un incremento de las precipitaciones y una mayor frecuencia de eventos extremos en la región central del país.

Esto implica que la dinámica observada en las últimas décadas no solo continuará, sino que podría intensificarse. A su vez, la alternancia entre períodos húmedos y sequías, como la registrada en los últimos años bajo el fenómeno La Niña, tiende a ocultar temporalmente el problema, dificultando la planificación a largo plazo.

Frente a este escenario, las soluciones propuestas combinan intervenciones estructurales con cambios en el modelo productivo.

En el plano agropecuario, se promueve el uso de pasturas perennes, especialmente alfalfa, por su alta capacidad de consumo de agua en profundidad. Iniciativas como el desarrollo del polo alfalfalero buscan, además, generar un impacto económico positivo en la región.

También se impulsa la forestación parcial de los establecimientos y la implementación de planes de manejo predial orientados a mejorar el balance hídrico. En paralelo, se plantea la necesidad de obras de infraestructura que permitan reordenar los cauces naturales, facilitar el drenaje hacia el río Quinto, incrementar la capacidad de evacuación de agua y sedimentos y reducir el impacto sobre rutas y áreas urbanas.

Sin embargo, el informe advierte que los avances en este sentido han sido limitados, en parte por la complejidad técnica y en parte por la falta de coordinación interinstitucional.

La cuenca de El Morro refleja con claridad cómo las decisiones productivas y los cambios climáticos pueden alterar profundamente los sistemas naturales. Lo que alguna vez fue una llanura estable hoy es un territorio dinámico, donde el agua redefine constantemente sus propios límites.

El desafío hacia adelante no es menor, anticiparse a los eventos extremos, rediseñar la infraestructura y adaptar los sistemas productivos a una nueva realidad hídrica.

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