Por Carolina de la Roza

Como canicas lanzadas al piso, como hojas sopladas por el viento que se dispersan y se vuelven a agrupan, como células que se mueven bajo la lente de un microscopio. El patio del recreo establece movimientos de los que Leo no puede escapar. Se mueven según el orden de algún algoritmo, o más bien, según el antojo de una jerarquía.

Desde una esquina debajo del naranjo, Leo observa los grupos de chicos y chicas mientras intenta mimetizarse con el árbol. A lo mejor, en el gris de las paredes hubiera pasado más desapercibido. ¿Pero qué MÁS desapercibido podría pasar? Nada es solamente un juego en esos encuentros de risas y gritos.En una frecuencia diferente, o según percibe Leo, en una inferior, se siente el silencio. Él es un fantasma en ese patio enorme y solo ser elegido para participar, es la premisa para existir. Existen los rulos negros que rebotan contra la frente de León y su risa que ruge: soy el rey del fútbol y de la manada. Existe el movimiento espontáneo y coordinado de Máxima y su baile de Tik Tok. Existe el magnetismo de Lucía que tiene algo para anunciar a su pequeña comunidad de devotas que la miran con ojos y oídos expectantes.

Si fuera más alto, si jugara mejor al fútbol, si mi teléfono viniera de otro país, si fuera más gracioso, o más inteligente, si fuera como ellos ¡Pero si por fin tengo las zapatillas que tiene León y que mamá me compró para mi cumpleaños! Leo se engaña pensando que las cosas no son más que cosas. Que son una simple aglomeración de telas, plásticos, cables, cordones y cuántos cachivaches más. Intenta comprender cuáles son las otras capas de sentido que se esconden en esa materialidad. Y qué palabras, acciones o piezas lo harían encajar.

El tiempo pasa lento en esos diez minutos de inmovilidad y respiración contenida. El viento le pega en la cara y le trae de a ráfagas los sonidos de la infancia. ¡Yo también quiero jugar! Quiere pararse arriba de un banco para que lo escuchen.

Que él sabe un chiste que hace reír a su hermano; que ayer a la tarde, a la luz del televisor, dibujó un auto con los detalles que solo un experto podría; que a la noche antes de dormirse, mientras la noche le entra de a pedazos por la ventana, piensa en canciones para rapear, que si las oyen, se quedan helados. Será tan difícil poder decir lo que pasa por mi cabeza, lo que queda trabado, haciendo cola desde el fondo de mi garganta hasta la punta de la lengua, cuando a la vuelta del cole mi papá me pregunta en automático ¿Cómo te fue?

Un “hola” aparece de la nada. Esa brisa cálida que lo envuelve como un abrazo, es la prueba de que no ha perdido contra la soledad.

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