Otra vez creyeron haber hallado a Abel Ortiz, pero se equivocaron; y ya van…

Un gendarme confundió a uno de los hermanos del joven desaparecido con el hombre cuyo paradero es un misterio desde el 16 de septiembre de 2014. Antes había sucedido lo mismo con un cuñado. Ocurrió porque en el registro de personas buscadas Abel figura con los DNI de uno de sus hermanos y el de uno de sus cuñados.
14 de enero de 2026
El primer panfleto que la familia Ortiz le entregó a esta periodista apenas asentaron la búsqueda de paradero, hace más de 11 años.

“A esa familia la engañaron”, le dijo Pascual Celdrán, el abogado del excomisario Marcelo Acevedo, a esta periodista unos días después de que su cliente fuera absuelto junto a Alejandra Espinosa y María Vázquez por asociación ilícita. El mismo letrado que se autocalificó como “el mejor abogado penalista de la provincia, lejos” en un mensaje de WhatsApp antes de bloquear de esa aplicación de mensajería a esta cronista. Si pudiera convertir vasta autoestima (para adjetivarla suavemente) en una sustancia líquida con sabor a frutilla, embotellarla y comercializarla, Celdrán, además, podría acabar tal vez con la depresión y otros males en el planeta. Más de media población mundial lo tomaría como un elixir y adiós al costoso psiquiatra y las terapias en el diván del psicólogo.

La familia a la que se refería el hombre que está en el Everest de la autoestima eran los Ortiz, quienes hace más de 11 años buscan a su hermano Abel Roque Ortiz, a quien llamaban con cariño “Pochi”. “El mejor abogado de San Luis” quería decir que los parientes del joven desaparecido fueron engañados por los fiscales o vaya a saber por qué parte de la Justicia respecto a que los responsables de esa desaparición fueron su ex, la peluquera Espinosa, el examante de ella, Acevedo, y la amiga de la mujer, Vázquez. Obviamente, como defensor de uno de esos apuntados de siempre pateó la pelota para otro lado y, aunque no lo dejó en claro, lo más probable es que sostenga que un adolescente, de apellido Figueroa, con fama de delincuente haya tenido que ver en todo, porque “se la tenía jurada a Abel”. Esa era la teoría que siempre esbozó el anterior representante de Acevedo, Hernán Echevarría.

Pero hay algo en lo que Celdrán tiene una pizca de razón, aunque no en el sentido que él cree saber, sino en el hecho de que los Ortiz fueron engañados desde el inicio. Primero por algunos policías corruptos y segundo por una Justicia que se movió mal, con investigaciones tardías; en las que, para colmo, los auxiliares eran esos efectivos que intentaron desviar la búsqueda de la verdad hacia otro camino. Todo eso demostró cuán poco le importó Abel a la Justicia, tanto que al momento de dar el veredicto dos de los jueces no asomaron ni las narices a la sala de juicios. María Eugenia Zabala Chacur y José Luis Flores. Siguieron casi todo el debate oral, a excepción de las dos primeras audiencias, a través de videollamadas desde sus cómodos despachos de San Luis.

Y para aumentar más el desdén de parte de la comunidad hacia el Poder Judicial e incrementar la solidaridad hacia la familia, que fue de alguna forma burlada, argumentaron que no podían estar presentes en el recinto ni siquiera para la lectura del fallo, debido a que no contaban con los medios económicos para viajar desde San Luis a Villa Mercedes. Les resultaba imposible a dos jueces de cámara realizar semejante viaje de 90 kilómetros.

Ese caluroso jueves 20 de noviembre, los Ortiz, al igual que los amigos que los acompañaron, estuvieron desde las 11 hasta las 21 en los tribunales de Villa Mercedes. Escucharon durante horas larguísimos alegatos de parte de los fiscales, su abogado y, los más breves de todos, los de los defensores de los acusados.

Todo eso terminó cerca de las 16:30. A continuación, la jueza Sandra Ehrclich, la única presente en el debate porque es camarista en Villa Mercedes, les había anticipado que se reencontrarían allí, a las 19, para dar la sentencia.

El veredicto lo dictaron alrededor de las 20:30. Lo único que se oía en la sala era la voz del secretario del tribunal, Héctor Lazzari, leer la resolución que absolvía al trío por el beneficio de la duda. La única magistrada que no había estado de acuerdo con tal absolución fue Ehrlich, los otros dos votaron a favor de Espinosa, Acevedo y Vázquez. Ni siquiera es posible saber si Chacur y Flores seguían la lectura del fallo porque en la pantalla donde proyectaban sus rostros, a través del llamado sistema Zoom, los cuadritos donde debían verse sus caras estaban en negro. Tampoco se oyeron sus voces. Quién sabe si estaban, en verdad, conectados.

Aunque lo hubieran estado en esa videollamada grupal, no tenían ni idea del caos que habían desatado en el recinto. El fiscal Néstor Lucero no podía parpadear del asombro. Fue el único que se acercó a saludar a algunos de los Ortiz. El fiscal instructor Leandro Estrada directamente se retiró sin decir una palabra. Frustrado. Rocío Mediavilla, la defensora oficial de Vázquez, se fue detrás de él, eclipsada por el funcionario público. Y sonriendo por el veredicto, como si fuera a recibir una comisión aparte, un bonus de fin de año, por ese triunfo.

La lectura de la no sentencia había terminado. La sala quedó en silencio unos segundos y comenzó a sentirse el llanto de algunos. Cuando se levantaron los recientemente absueltos y se dirigieron hacia una puerta trasera para salir, ahí estalló la locura. “Al menos que nos digan dónde está el cuerpo”, le dijo con la voz en alto una de las hermanas de “Pochi”. Le siguió un derrotero de gritos, de profundo desahogo. “Ya que Abel no tuvo justicia, nos van a escuchar”, habrán pensado.

“¡Ojalá te pudras en la cárcel, Vázquez!”, le lanzó otro. “¡Asesina!, ¡asesina!”, le dijeron a Espinosa cuando era retirada, custodiaba por el personal del Servicio Penitenciario, que la llevaría de nuevo a la cárcel, donde está hace unos años por intentar matar a tiros a un vecino de 16 años. Los otros dos ex acusados se fueron de los tribunales de la misma manera que entraron, libres, porque llegaron sin prisión preventiva a cuestas.

“¡Once años!, ¡once años!”, gritaba sin poder creer lo que acababa de pasar Ariel. El hombre, el más alto de sus nueve hermanos, de musculoso cuerpo, estaba en un rincón de la sala, retenido por sus parientes y amigos, que le pedían que se controlara. Ya no era esa persona equilibrada y de espíritu positivo capaz de sacarle una sonrisa al gélido Vladímir Putin. Era un increíble Hulk enjaulado, preso de la impotencia. Tenía sus infaltables anteojos de sol negros, estilo aviador, pero detrás de esos cristales no había lágrimas, sino dos ojos enrojecidos de una persona que sentía que la Justicia otra vez les dijo que no y pareció echar 11 años de lucha a la basura.

Los llantos se acrecentaron en el recinto. Y mientras los Ortiz empezaron a retirarse, Ariel no se fue sin decirle algo que el fallo de esa noche le había confirmado. “¡¡Muchos nos enojamos con la Policía, pero la culpa no es de ellos; si ellos los atrapan y después ustedes, los jueces, los sueltan!!”, le gritó furioso estirando su brazo derecho y apuntando al estrado del tribunal. Pero allí no había nadie. Ehrlich fue la primera en marcharse, en salir por una trasera, al igual que los acusados. Tampoco escuchó eso la camarista.

¿Ineptitud o adrede?

Uno de los primeros y tan burdos engaños que cometió el personal policial sucedió cuando Ariel Ortiz y su cuñado Gustavo “Pitu” González fueron hasta la Comisaría 29°, a comunicar sobre la desaparición de Abel y asentar una solicitud de búsqueda de paradero, porque hacía unos días que no sabían nada de él. En ese momento, el hombre de 29 años vivía con su hermana Marcela, esposa de “Pitu”, en La Ribera.

La mujer lo había visto por última vez el 16 de septiembre de 2014, cuando caía la noche. “Pochi” le había avisado que iría hasta el gimnasio, vería a su ex, Espinosa, y luego regresaría. “Ya vuelvo”, le dijo. Pero jamás lo hizo.

Los familiares fueron hasta lo de la peluquera, pero ella les respondió que allí no estaba su ex y que no sabía nada de él. Y Abel no era así, no era de marcharse sin decir a dónde iría o simplemente desaparecer. Así que los Ortiz decidieron reportar el hecho en la comisaría que tiene jurisdicción en La Ribera. Pero en lugar de consignar el número de documento de la persona extraviada, el personal policial, con toda la intención o por simple ineptitud, mezcló los DNI de los denunciantes; es decir los de Ariel y Gustavo con el de Abel. Por eso más de una vez “Pitu” fue demorado por fuerzas de seguridad cuando ha viajado de una provincia a otra, pues su DNI figura en un registro nacional de desaparecidos.

A mitad de diciembre, ya más cerca de las fiestas de Fin de Año que otra cosa, cuando parecía que los Ortiz, al menos a los ojos de la comunidad, habían bajado los brazos, visto que la Justicia les había quitado lo último que debe perderse y el motor de cualquier vida sana: la esperanza, Abel se volvió a comunicar con ellos, de una manera más mística que agnóstica, y les avisó: “acá estoy”.

Le pasó a Ariel, el 16 de diciembre, en uno de sus tantos viajes de trabajo hacia Río Cuarto. Regresaba a Villa Mercedes en la camioneta de la empresa de servicios funerarios para la que trabaja desdw hace 10 años, cuando en el puesto que Gendarmería Nacional Argentina (GNA) tiene en el peaje de Sampacho le ordenaron que detuviera la marcha.

Un simple control de rutina. Cientos de veces el más grandote de los Ortiz pasó por allí con el vehículo de su trabajo y jamás lo habían frenado. Esa vez le tocó y fue al azar. “Me preguntaron qué hacía, qué transportaba y me pidieron mi documento de identidad. Yo se los di. Obviamente, yo podría ser cualquiera, un asesino, un narco, alguien que escapaba de la Justicia”, le relató a esta periodista el hombre que comprende a la perfección la razón de esos controles aleatorios.

Luego de revisar el número de documento y cotejarlo con una base de datos, cuando el hermano de Abel pensaba que le devolverían la tarjeta de su DNI y le permitirían seguir su camino, uno de los gendarmes le preguntó: “¿Usted tiene algún problema con la Justicia?”. Y, con toda la tranquilidad del mundo, él le respondió al uniformado que no. “Que yo sepa, no”, le afirmó.

Pero esas solas palabras no convencieron al oficial, quien le pidió al conductor que orillara la camioneta. Ortiz hizo lo que le ordenaron y, seguidamente, cinco gendarmes se ubicaron delante del rodado. Estaban fuertemente armados.

En el desconcierto del porqué de esa demora, el agente que todavía retenía su DNI lo puso al tanto. “Pesa sobre su persona una búsqueda de paradero”, le informó. “Cuando me dijo así, le expliqué: ‘discúlpeme, yo soy hermano de quien figura en una búsqueda de paradero. Yo soy Ariel y tengo un hermano desaparecido hace once años que se llama Abel Ortiz’”, le aclaró.

Ese argumento no ablandó al gendarme, que estaba convencido de que quien tenía adelante era un hombre desaparecido y no su hermano. Ariel siempre viaja con datos móviles en su teléfono y aprovechó para mostrarle que lo que decía no era más que la verdad. “Entonces, entro a la página de Abel y le muestro al oficial a cargo los videos, todas las marchas y las notas de los medios de comunicación que han salido. Se le hizo un enredo en la cabeza, no entendía nada”, contó.

“Yo quería llamar a alguien que le hiciera entender de que yo no era Abel, porque él seguía con que Abel era yo y dale con eso. Llamé a nuestro abogado, pero no me atendió. Quise llamar a mi trabajo y hasta hablar con algún periodista, que conoce toda nuestra historia, para que le explicara al gendarme que yo no era el desaparecido”, relató Ortiz. Pero el efectivo de GNA le dijo tajantemente que no, que él como miembro de la fuerza no podía dialogar con alguien al teléfono para despejar dudas.

Asimismo, los agentes se convencieron de algún modo de que él no era alguien extraviado. Por eso los cinco uniformados situados frente de la camioneta, se movieron y se fueron hasta la cabina de control. Una hora había pasado.

El gendarme con quien más habló y lo interrogó, se dirigió a su puesto de control y volvió tras un rato para enseñarle y explicarle algo. “Me mostró una página (web), donde están todas las personas con búsqueda de paradero y al final de esa página salen los denunciantes, yo y el ‘Pitu’”, precisó Ariel y siguió: “Ahí están los datos del hermano con los números de nuestros documentos, el mío y el de mi cuñado. Para ellos nosotros somos los desaparecidos. Claro… ¿Cómo van a encontrar a alguien con la información mal?”.

Semejante error le trajo a la cabeza la elocuente idea de que aunque Abel haya pasado mil veces por ese control o por cualquier otro jamás lo hubieran hallado porque su real número de DNI no consta en ese registro nacional de desaparecidos.

Otro insólito que le ocurrió y lo dejó rascándose la cabeza, fue el hecho de que uno de los efectivos de GNA le pasó un número de teléfono. “Cuando tengan un problema comuníquense con ella, es una jueza federal”, le confió el agente. “Arroyo… Arroyo Salgado era”, recordó Ariel. Él no supo al momento quién era esa jueza de la Justicia Federal que le refirieron, pero tomó la tarjeta de contacto y siguió su camino de regreso a Villa Mercedes.

Una vez en la ciudad se enteró quién era esa magistrada que, según el gendarme, podía ayudarlos en lo de Abel. “Mi gringa después me dice que esa jueza era la pareja del fiscal federal Nisman”, indicó. Era Sandra Arroyo Salgado. La duda que quedó dando vueltas en la cabeza a él y a toda su familia es cómo una jueza federal con competencia en la localidad bonaerense de San Isidro podría darles una mano en esa incansable búsqueda de más de 11 años.

Tras el veredicto que absolvió a los acusados, la familia Ortiz se tomó un tiempo para pensar y mostrarse lo más fuertes y sólidos posible frente a su madre Herminia. La mujer hace más de 11 años no sabe dónde está su hijo y, en el camino ya perdió a su compañero de vida, a Roque, el papá de Abel. El hombre murió en el 2018 con la misma dolorosa angustia e incertidumbre de no saber dónde estaba su hijo.

Los hermanos saben que el fallo es apelable, sobre todo porque no fue unánime, sino que una de las juezas coincidió con ellos en que existió el delito y Espinosa, Acevedo y Vázquez son sus culpables. Esa era una tarea pendiente, hablar con Herminia para ver si seguían la lucha y cómo.

Esta nueva confusión en el puesto de control de Sampacho fue el envión que necesitaron para recargarse nuevamente con esa energía inagotable y la esperanza de que la guerra no está perdida y que el fallo de primera instancia de un tribunal, que ni se molestó en estar presente en carne y hueso en la sala, no los va a frenar en la búsqueda de la verdad, de la verdadera justicia y, lo principal de todo, saber dónde está Abel.

Los Ortiz son muy creyentes. Para ellos no cabe la menor duda de que lo que sucedió el mes pasado fue una señal de su hermano. “Es como que él sigue dándonos señales de que continuemos”, expresó Ariel, en sintonía con Carolina, otra de las hermanas. “Uno a veces es como que lo quiere soltar al ‘Pochi’ y pasan estas cosas, como que de algún lado él nos está diciendo ‘acá estoy, acá estoy’”, casi llorando de alegría y con una notable sensación de reavivada esperanza.

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