Perros y gatos en geriátricos: una propuesta busca que envejecer no signifique despedirse de las mascotas

La iniciativa fue presentada en el Congreso Argentino de Gerontología y Geriatría y propone que los adultos mayores puedan ingresar a residencias junto a sus animales de compañía. Sus impulsores buscan extender el modelo a distintas provincias.
10 de septiembre de 2026

Hay cambios de vida que no deberían significar perderlo todo de un día para otro. Para muchos adultos mayores, el ingreso a una residencia geriátrica implica dejar atrás su casa, sus rutinas y parte de su vida cotidiana. Una nueva iniciativa plantea sumar una pregunta a ese momento: ¿por qué también deberían separarse de sus perros o gatos?

El proyecto busca que las personas mayores puedan continuar viviendo con sus animales de compañía al ingresar a una residencia y que la institucionalización no implique romper un vínculo afectivo construido durante años.

La propuesta fue presentada durante el Congreso Argentino de Gerontología y Geriatría e impulsada por el Sindicato de Trabajadores Caninos. Su secretario general, Matías Tomsich, fue uno de los encargados de exponer la iniciativa, que toma como referencia experiencias desarrolladas en la Ciudad de Buenos Aires desde 2013 y avances registrados en Tucumán.

Una mascota como parte de la familia

El proyecto parte de una idea cada vez más presente en las discusiones sobre bienestar animal y envejecimiento: los perros y gatos no son solamente animales de compañía, sino integrantes de las denominadas familias multiespecie.

Desde esa perspectiva, la separación forzada entre una persona mayor y su mascota puede representar mucho más que dejar de convivir con un animal. Puede significar la pérdida de una rutina, de compañía cotidiana y de uno de los vínculos afectivos más importantes de su vida.

“Separar a un adulto mayor de su mascota es separarlo de su familia”, sostuvo Tomsich durante una entrevista con el programa En la Misma Vereda, de FM del Sol 100.7.

La propuesta busca, precisamente, que el acceso a los cuidados residenciales no obligue a renunciar a esa relación.

El cambio de domicilio ya supone un proceso de adaptación importante. El adulto mayor debe acostumbrarse a un espacio desconocido y, en algunos casos, afrontar una menor autonomía, el alejamiento de su vivienda y una modificación profunda de sus vínculos cotidianos.

En ese escenario, la presencia de un perro o un gato puede aportar familiaridad y contención. Sus impulsores señalan que la convivencia con animales puede contribuir a reducir el estrés, favorecer la socialización y, bajo evaluación profesional, incluso disminuir la necesidad de determinados medicamentos.

Más que compañía: rutinas, movimiento y vínculos

La relación con una mascota también puede incorporar pequeñas responsabilidades a la vida cotidiana: alimentar al animal, jugar, caminar o participar de sus cuidados.

Son actividades sencillas que pueden estimular el movimiento, la atención y la sensación de autonomía, además de generar rutinas en un contexto donde muchas veces la vida diaria cambia por completo.

El proyecto contempla además una alternativa: que las residencias puedan incorporar perros y gatos provenientes de refugios para su adopción. La posibilidad dependería de las condiciones del establecimiento y de las características de cada residente.

Así, la iniciativa plantea un posible beneficio en dos sentidos: acompañar a las personas mayores y, al mismo tiempo, ofrecer una oportunidad de adopción a animales que esperan un hogar.

El desafío de llevar la propuesta a los geriátricos

La convivencia entre personas mayores y animales requeriría reglas claras. Vacunación, desparasitación, higiene, alimentación y controles veterinarios serían algunos de los aspectos a contemplar.

También deberían evaluarse las características particulares de cada residente. No todas las personas tienen la misma relación con los animales y existen situaciones de alergias, miedo o condiciones de salud que podrían hacer necesario establecer límites o alternativas.

El proyecto también propone contemplar la participación de profesionales vinculados al cuidado animal, como paseadores y adiestradores, además de veterinarios y otros especialistas que puedan acompañar el proceso.

Uno de los argumentos planteados por sus impulsores es que estos servicios no deberían convertirse en un costo adicional para las instituciones. Por eso, proponen que la iniciativa pueda desarrollarse como una política de Estado, con participación y financiamiento de los distintos niveles de gobierno.

El respaldo de quienes trabajan en las residencias

La propuesta también encontró respaldo entre trabajadores del sector. Según un informe presentado durante el congreso, el 88% de los trabajadores de la salud y asistencia consultados manifestó estar de acuerdo con la presencia de animales en las residencias y consideró que puede contribuir a reducir tensiones y mejorar el clima laboral.

El proyecto todavía debe avanzar en las distintas jurisdicciones para definir cómo podría aplicarse en cada establecimiento. El desafío será encontrar un equilibrio entre el bienestar de los residentes, el cuidado de los animales y las condiciones necesarias para garantizar una convivencia segura.

En definitiva, la iniciativa pone sobre la mesa una discusión que excede la presencia de perros y gatos dentro de un geriátrico: cómo garantizar que el ingreso a una residencia no implique una ruptura innecesaria con la historia, los afectos y las pequeñas rutinas que cada persona construyó a lo largo de su vida.

Para sus impulsores, permitir que una mascota pueda acompañar ese proceso es también una forma de pensar un envejecimiento más acompañado, digno y respetuoso de los vínculos que forman parte de la vida de cada adulto mayor.

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