Exempleada del geriátrico dijo que le ordenaban pegarle a los ancianos

26 de enero de 2025

Se trata de Sheila Cuello, quien trabajó un mes en la residencia de Justo Daract. Ayer, a la tarde, la dueña del asilo y su hija fueron liberadas, pero la investigación sigue.

Después de 24 horas en un calabozo de la Comisaría 18°, las dueñas del geriátrico de Justo Daract, del que fueron rescatados ocho ancianos en condiciones infrahumanas, recuperaron la libertad. No obstante, la investigación en su contra por los maltratos a los que sometieron a esa gente durante años continúa. Mientras tanto no dejan de salir a la luz escalofriantes relatos sobre lo que esas personas, de más de 80 años, sufrieron a manos de las propietarias del asilo.

Una de las pocas que se animó a contar lo que sucedía ahí fue Sheila Dennis Cuello, una exempleada del lugar, su denuncia fue la que justamente destapó el horror que padecían las víctimas puertas adentro. La mujer dijo que trabajó allí apenas un mes y que durante ese corto lapso la propietaria del geriátrico y su hija le ordenaban golpear y hasta atar a las camas a los abuelos, mandatos a los que jamás hizo caso, sostuvo.

Sheila llegó a Justo Daract, con su hija de dos años, desde la provincia de Río Negro. No tenía trabajo ni dónde dormir y las ahora investigadas la contrataron para trabajar en la residencia de la tercera edad. La mujer se desempeñó solo un mes en el asilo ubicado en Hipólito Yrigoyen, entre calles San Martín y Rivadavia. “Mientras yo viví ahí adentro traté de que ellos (los ancianos) fueran felices y que pasaran buenos momentos”, explicó la denunciante en sus redes sociales, para responderle a un par de personas que le echaron en cara, de alguna manera, el no haber denunciado antes los maltratos.

Contó que trabajó ahí “24/7” y cubrió casi todos los turnos. “No quería irme por los abuelitos”, aseguró y reveló que sus patronas la obligaban “a hacer muchas cosas”, a golpear a los damnificados, pero que ella jamás les hizo caso. “No todos los empleados fuimos malos con ellos. Yo, en mi lugar, les dedicaba mi tiempo. Si yo les hubiera pegado ni hubiera denunciado y hubiera sido una más que los maltrató”, explicó.

A raíz de la denuncia, asentada el jueves en la Comisaría 18ª, y del allanamiento al geriátrico que sacudió la calma de Justo Daract, otra exempleada que trabajó antes que Sheila se comunicó con ella. Primero la felicitó por tener la valentía de denunciar a sus antiguas empleadoras y después le confesó que ella no tuvo el valor de hacer lo mismo porque las propietarias del asilo también la habían amenazado.

El relato de esa segunda mujer confirmó el calvario que vivieron los ancianos en la residencia. “Ese día que me echó, le pegó a uno de los abuelitos en la cabeza. Me metí a defender y ahí a ella no le gustó”, narró sobre lo que hacía una de las sospechosas.

Detalló que a una abuela “le mezclaban los medicamentos” y hasta habló de la muerte dudosa de otra anciana. “(…) Y la pobre abuela que falleció ahí estaba lo más bien antes de irme y al otro día me entero que había muerto”, reveló. Mencionó también el caso de otro hombre que, de la nada, apareció con moretones. “El señor nuevo que llevaron caminaba y todo y al otro día amaneció golpeado en la cara”, relató la joven y agregó que la dueña del asilo justificó la aparición de la lesión diciendo que el anciano “se había caído” solo.

Sheila, por su parte, al igual que los adultos mayores, dijo que padeció constantes agresiones de parte de las denunciadas. “Sufrí maltratos psicológicamente de parte de esa señora y su hija. Tuve que soportar muchas cosas. Yo no estaba enterada de que el lugar no estaba habilitado y que esta señora era así me di cuenta cuando despreciaron a mi hija. Aguanté gritos y muchas cosas”, afirmó.

“Siento que Dios me metió ahí por algo. No sé los problemas que se vengan, pero estoy contenta de haber podido ayudar a que esos abuelitos sean libres. Yo pude salir de ahí y ellos también. Espero que se haga justicia y esos abuelitos vivan el resto de sus vidas felices y cómo se debe”, enfatizó aliviada.

Desde que Sheila dejó de trabajar en el geriátrico del horror ella y su hija están en situación de calle y sin un peso, porque sus ex patronas ni siquiera le pagaron por el tiempo que estuvo en el asilo.

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