El 16 de septiembre de 2014 Abel “Pochi” Ortiz salió de la casa de Marcela, una de sus hermanas, en el barrio Ribera de Villa Mercedes. Antes de irse, cuando ya estaba debajo del umbral de la puerta, le dijo: «Voy al gimnasio y después paso por lo de la Ale (su ex)». Implícitamente le avisaba a la mujer que no se preocupara, porque se iría tan solo por un momento y, enseguida, volvería. Pasaron 12 largos años y el hombre, que hoy tendría 41 años, nunca regresó.
Durante poco más de un año lo buscaron como alguien desaparecido, que podrían incluso hallar todavía con vida. Pero cuando la causa pasó a manos del, por ese entonces, juez instructor Leandro Estrada los investigadores comenzaron ya a buscarlo como alguien sin vida, pues todo les indicaba que había sido asesinado.
La expareja de Abel, la peluquera Alejandra Espinosa, su amiga María Vásquez y el excomisario Marcelo Acevedo fueron los únicos de los sospechosos de siempre que enjuiciaron por ese homicidio. El tribunal, gran parte de él ausente en la sala de juicios, absolvió a los tres en su veredicto.
Eso fue el 19 de noviembre de 2025. Ese día murió en los Ortiz, de manera definitiva, la confianza en la justicia del hombre, esa que dirimen en los tribunales. Y, en contrapunto, alimentó más que nunca su fe en la justicia divina.
“Dios se va a encargar, porque es evidente que la justicia local, provincial y nacional, la mal llamada justicia, que en realidad es injusticia, está contaminada”, manifestó Ariel, uno de los hermanos de Abel. En sintonía se expresó Carolina, otra de las hermanas, que decidió dejar todo “en manos de Dios, porque sus tiempos son los justos”.
Carolina expresó también que estos 12 años, luego de tanta lucha en las calles, los tribunales, en los innumerables viajes que hicieron por todo el país buscando a “Pochi” y en el día a día, tratando de sobrellevar su ausencia, la encuentran a ella, en particular, de una manera diferente. La hallan con mucha paz porque, a pesar de que los jueces Eugenia Zabala Chacur y José Luis Flores hayan absuelto a todos los acusados, el debate oral sirvió para confirmar y dejar a la vista de la sociedad toda que Espinosa, Acevedo y Vásquez fueron, sin lugar a duda, quienes hicieron desaparecer al joven.
Ariel, al igual que el resto, destaca el incansable trabajo de los fiscales Néstor Lucero y Leandro Estrada, cuya ardua labor de 11 años fue echada por la borda el día que el tribunal dictó su fallo absolutorio. Pero, a la luz de todo lo que transcurrieron, no puede evitar tener hoy una postura un tanto pesimista. “Esto no se va a esclarecer, como no se esclareció lo de Araujo y lo de Giuliana Leal, porque los responsables de esos homicidios son los mismos autores que hicieron desaparecer a nuestro hermano. Son los mismos personajes”, remarcó con el convencimiento de siempre.
Marcela, en cambio, es la única de las hermanas que mantiene viva una pequeña luz de esperanza. Cree firmemente que el crimen perfecto no existe y que seguro hay un testigo, que todavía no se ha dado a conocer y que el día de mañana, no sabe decir cuándo, puede revelar algo que los conduzca a descubrir dónde está “Pochi” o, al menos, qué sucedió con él.
«No está todo dicho. Siento que puede haber alguna persona que vio algo y pueda decir que pasó”, dijo y la alienta pensar lo que ocurrió con otro joven que también estuvo desaparecido durante años. “Movieron una pared, encontraron sus huesitos y supieron que fue asesinado por el propio compañero”, relató sobre ese caso, que —piensa— podría repetirse con su hermano.
Valeria, por su lado, contó que lo recuerdan con mucha tristeza, pero a la vez con mucho amor y con un profundo agradecimiento hacia cada persona y medio de comunicación que los acompañó a lo largo de esta intensa pelea. “El ver que después de doce años alguien pone alguna nota, publica algo en sus redes o lo menciona nos alegra a todos porque no se olvidan de nuestro hermano”, expresó.
Eso les demuestra que, aunque quisieron borrarlo de la faz de la tierra, solo consiguieron hacerlo desaparecer en el aspecto físico, pues en todos los otros sentidos no pudieron. Abel está latente y más vivo que nunca. Está presente.
