A nada de tocar el cielo: viajó de Villa Mercedes al campo base del Everest

13 de enero de 2025

Marcos Gieco llegó hasta la base ubicada a casi 5800 metros del Himalaya. «Arrancás como en un bosque y después puentes colgantes, monasterios budistas, gente de todo el mundo, nieve, valle, la cascada de hielo. Fue una locura fabulosa», expresó.

 

Marcos Gieco es de Villa Mercedes y la aventura corre por sus venas. Eso lo había llevado a recorrer y hacer trekking en algunos lugares de San Luis y Catamarca, pero hace un par de años él y su primo planificaron ir más allá. Se propusieron llegar lo más cerca posible del techo del mundo: el campamento base del Monte Everest, en el Himalaya. Y lo lograron. «Fue una locura. Parece que la tenés ahí a la cima del Everest. Es estar en un lugar que es espectacular, se ve todo lo que uno sabe o conoce del lugar», le comentó a Todo Un País todavía con la adrenalina de haber completado semejante hazaña.

 

 

La idea nació casi de la nada, en una charla casual con su primo Javier Casas, que vive en Buenos Aires. «Él había subido el volcán Lanín, en el sur, había estado en Perú y en Nepal, pero no había hecho esto. Y así, un día charlando me dijo : ‘¿querés que vamos?'», recordó.

 

Así empezó la organización de un viaje, que les llevó un año y medio. Y, a cinco meses de iniciar su aventura, se sumó Mariano Apilanez, otro villamercedino que vive en el norte de España y es muy amigo del hermano de Marcos. En octubre pasado, con todo el itinerario listo, Marcos y Javier, desde Argentina, y Mariano, desde España, partieron en avión hacia Nepal.

 

Una vez que aterrizaron en Katmandú, la capital del país asiático, comenzó quizás la parte más temeraria de la travesía: llegar al aeropuerto del pueblo de Lukla, el más extremo y peligroso del mundo, situado a unos 2800 sobre el nivel del mar y con una pista de 450 metros, constituye el punto cero de la mayoría de los aventureros que inician el ascenso hacia el Campo Base del Everest.  «No hay manera de llegar ahí por vía terrestre. Desde la capital de Nepal hay que tomar un avioncito hasta el núcleo, que vendría a ser el aeropuerto de Lukla, en la montaña», explicó.

 

Ese vuelo, de apenas 30 minutos, hacia el aeropuerto más vertiginoso del planeta no es para cualquiera. «Es bastante complicado coincidir que el avión llegue a veces, todo depende del clima», dijo.

 

Pero, una vez allí, todo está supeditado a las piernas. «El campo base está a casi 5400 metros sobre el nivel del mar. De ahí (de Lukla) se hace una caminata de unos diez o doce días, más o menos, hasta llegar al campamento», contó. «La travesía en sí está muy buena, porque son días que vas subiendo. No hay camino, todo se maneja por senderos. Caminás quince o veinte kilómetros por día, vas llegando y durmiendo en los refugios, donde conocés y te ponés a charlar con gente de todo el mundo», recordó. Así se hicieron amigos de Eva, otra aventurera de Irlanda.

 

En el trayecto todo muta, detalló. «Cuando subís va cambiando la geografía, el clima. Al principio arrancás en un lugar, como si fuera un bosque. Son varios días que vas atravesando puentes colgantes, ves monasterios budistas y ves la cultura del lugar, que es hermosa. Y,  a medida que vas subiendo, empieza a ponerse más árido», aclaró.

 

 

En el ascenso la altura hace mella en el cuerpo, pero basta con hacer pasos cortos, realizar tramos breves para aclimatarse y evitar dolores de cabeza y vómitos. «Vos no podés arrancar de cero y pasar derecho a cinco mil metros porque te podés descomponer. Y, por más que estuviéramos preparados, los tres estábamos un poco preocupados al principio por la altura», admitió Marcos. No obstante todo resultó más que bien. «De noche por ahí te cuesta dormirte hasta que te acomodás y si haces movimientos bruscos te cansás más rápido, pero si lo haces paulatinamente te vas acostumbrando», aconsejó.

 

Contó que antes de llegar al campo base pasaron por dos días de intensa lluvia y, cuando eso pasó, vivieron otro más de pura nieve. «Eso complicó un poco, pero al final terminó siendo lindo porque es parte del lugar», rescató. Recordó que los primeros ocho días por más que levantara la cabeza y la buscara con la mirada, jamás vio la cima del Everest, porque cuando no eran las nubes siempre un cerro la tapaba. Recién al noveno día, en el último tramo del  trayecto, consiguió divisar la cumbre de la montaña más alta del mundo.

 

El 12 de octubre, después de diez días de caminata, llegaron al campamento base. «Las  vistas son espectaculares. Vas por un valle, hasta que llegas a una pared, que es la base, ahí hay  como un glaciar y tenés el Everest arriba», recordó como si fuera ayer. Luego subió a un cerro, que tiene una vista panorámica del lugar, allí Marcos dejó una cinta en nombre de su madre y otra que le había dado una amiga.

 

 

«Fue fabuloso. A lo máximo que llegamos fue a casi 5800 metros, el Everest tiene unos  8800, pero parece que lo tenés ahí. Es estar en un lugar que es espectacular. Se ve todo lo que uno sabe o conoce del lugar, la cascada de hielo, que es donde comienza a hacerse la subida, todo», comentó.

 

Sin embargo el villamercedino reconoce que eso de «tener al Everest» a un paso es solo una sensación, porque subir y hacer cumbre es «un mundo aparte» y para personas que tienen otra preparación. Hay cuatro campamentos bases más antes de llegar al pico. Cumplida su meta, Marcos, Javier y Mariano empezaron el descenso, algo que solo les tomó cuatro días.

Aunque la experiencia fue fantástica y no se cansan de contarla, en un futuro y si las condiciones y la vida lo permiten, a Marcos y a su primo les gustaría volver a hacer algo similar en Kilimanjaro, la montaña más alta de África. «Es una idea, pero todavía hay muchos lugares que recorrer en Argentina y en distintos niveles», comentó.

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