Hace años, recibir una carta significaba una experiencia sensorial que involucraba a las manos, a los ojos, al olfato: la textura del papel, la letra manuscrita, los aromas, un sobre que había viajado en el tiempo y el espacio. En ese sobre, una estampilla certificaba el viaje.
Buena parte de ese ritual comunicativo desapareció. Las palabras ahora llegan en segundos. Nada de papel, nada de sobres. Las estampillas dejaron de ser objetos cotidianos y pasaron, cada vez más, al campo del coleccionismo.
“¿Qué podemos ver en una estampilla? Parece una cosa chiquitita, con dientitos, un dibujo o una foto. Pero ahí encontramos un mundo”, resumió Alejandro Godoy La Vía durante una nueva charla del ciclo “La Ciudad de San Luis en diálogo”.
Godoy La Vía comenzó a coleccionar a los nueve años y la filatelia lo acompañó desde entonces. En su exposición, Entre cartas y estampillas. La historia de San Luis que viajaba por correo, recorrió los orígenes del sello postal y recuperó personajes, lugares y recuerdos de la actividad filatélica puntana.
Orígenes
Godoy La Vía abrió su charla con los orígenes de la estampilla. Recordó la aparición del Penny Black en Gran Bretaña, en 1840, y explicó que ese sistema permitió organizar el pago del servicio postal mediante un sello adherido a la correspondencia.
Según sus palabras, la experiencia comenzó luego a replicarse en distintos países.
En el caso argentino, ubicó un punto de inicio en Corrientes y en la figura del gobernador Juan Pujol, a mediados del siglo 19.
A partir del desarrollo del correo, explicó, apareció también otra práctica: algunas personas comenzaron a guardar esas pequeñas piezas de papel, las estampillas, en las que buscaban características singulares. Así se fue conformando el mundo de la filatelia.
Godoy La Vía mostró piezas dedicadas al deporte, las artes, la literatura, los acontecimientos históricos y a distintos países. Esa amplitud, explicó, permite que cada coleccionista encuentre su propio campo de interés.
“Yo colecciono mapas. Toda estampilla que tenga un mapa”, reveló.
Otros integrantes del grupo puntano se especializan en países determinados, como Argentina, España o Paraguay; algunos buscan temas vinculados con el arte y otros eligen simplemente aquellas piezas que les resultan atractivas.
Golpear puertas
La historia de Godoy La Vía con la filatelia arrancó durante su infancia. Su padre viajaba mucho a Buenos Aires y una vez volvió a San Luis con un kit poco común: un álbum, una lupa, una pinza y un odontómetro, que es el instrumento usado para medir el dentado de las estampillas.
“No había internet ni libros como para buscar. El álbum venía dividido por países. Decía Alemania y yo pegaba ahí la estampilla de Alemania. Así empecé”, recordó.
Después salió a buscar material por su cuenta. “Empecé a ir casa por casa. Golpeaba y preguntaba: ‘¿Tiene estampillas?’. Me daban. A veces me decían: ‘Volvé la semana que viene que te voy a tener más’”.
En ese recorrido, Godoy La Vía recordó a un filatelista que vivía en un hotel de la ciudad y al que conoció cuando tenía alrededor de diez o doce años.
Se reunían más que nada en el invierno porque, creían, la humedad del verano podía afectar las estampillas. Sobre una gran mesa desplegaban álbumes, planchas, clasificadores y catálogos.
Así aprendió a reconocer piezas, conservarlas, ordenarlas y utilizar las herramientas propias de la actividad.
Aquel filatelista solo una vez le regaló una estampilla. “Me decía: ‘Si vos querés tenerlas y valorarlas, conseguílas vos’”. Para Godoy La Vía, fue una gran enseñanza.
La filatelia en San Luis
Godoy La Vía recordó también que aquel coleccionista, junto con el ingeniero Alberto Emer, impulsó una de las primeras experiencias de organización filatélica de la provincia.
Según relató, Emer era un inmigrante italiano que vivía en El Durazno y había reunido una colección importante.
Ambos participaron también de la realización de una exposición nacional de filatelia en San Luis. La muestra reunió a alrededor de un centenar de expositores y tuvo la presencia de representantes de la Asociación Filatélica Argentina.
“Ver una exposición es muy lindo porque te abre un montón de cosas que por ahí no tenés idea de qué son”, señaló.
En su charla apareció también el padre Rezano, párroco de la iglesia San Roque, que tenía en su oficina bolsas repletas. “Te decía: ‘Muchacho, sacá lo que quieras’. Había bolsas llenas de estampillas. Uno era chico y hasta te daba cosa sacar”.
En aquellos años, según explicó Godoy La Vía, la relación entre el correo y los filatelistas era mucho más directa. Los coleccionistas recibían boletines con información sobre nuevas emisiones.
Colecciones perdidas
Pero ¿qué pasó con algunas de aquellas grandes colecciones puntanas?
Godoy La Vía trató de seguir el rastro del material. No tuvo mucha suerte. “Lamentablemente, las colecciones de toda esta gente se perdieron. Era un material muy, muy grande”, explicó.
La pérdida no es solo económica; también es simbólica: una estampilla puede indicar una época, un acontecimiento, una institución o un personaje. Un sobre conserva además nombres, direcciones, fechas, matasellos y recorridos. Vista de esa manera, la filatelia también funciona como una forma de archivo.
Otras épocas
Otro de los puntos de la charla fue la transformación del correo tradicional y la disminución del uso cotidiano de estampillas.
En Argentina, las emisiones filatélicas continúan, pero con mucho menos volumen. Para los coleccionistas, ese cambio significó también la desaparición progresiva de determinadas prácticas.
“Ahora mucha gente no sabe lo que es un sobre. No sabe lo que es escribir una carta”, se lamentó.
De vuelta
Sin embargo, pese a un largo período con poca actividad colectiva, la filatelia todavía reúne a un grupo de coleccionistas puntanos.
Godoy La Vía contó que el impulso surgió a partir de una publicación de Jorge Giménez Roca en las redes sociales. La pregunta era simple: quién coleccionaba estampillas en San Luis.
Los contactos comenzaron a aparecer y, a partir de allí, se conformó el actual Centro Filatélico de San Luis.
Sus integrantes se juntan en Atípica Cultural para conversar, intercambiar material, revisar colecciones y compartir conocimientos.
También hacen exposiciones y tienen entre sus proyectos acercar la actividad a las escuelas.
La propuesta es mostrarles a los chicos qué es una estampilla, explicarles cómo funcionaba, permitirles colocar una en un sobre y recuperar, al menos por un momento, la experiencia de enviar una carta.
Una experiencia acaso extravagante entre la hegemonía de los algoritmos, los datos y la mensajería instantánea.





