Daniel Melingo, el hombre que hizo del tango un universo propio

Fue una figura clave del rock argentino, pero encontró su obra más trascendente cuando reinventó el tango con una voz, una estética y una forma de interpretar absolutamente propias. La muerte de Daniel Melingo deja un vacío imposible de reemplazar en la música nacional.
30 de junio de 2026

Había algo hipnótico en Daniel Melingo. Bastaban unos segundos sobre el escenario para que el cantor, el actor, el poeta y el músico se fundieran en un solo personaje. Nadie sonaba como él. Nadie caminaba el tango como él. Cada recital era una puesta en escena donde convivían el arrabal, el grotesco, el humor, la literatura y el rock. Por eso su muerte, a los 68 años, deja la sensación de que la música argentina perdió a uno de sus últimos artistas verdaderamente inclasificables.

La noticia se conoció este martes. Melingo falleció en su casa del barrio porteño de Chacarita, donde atravesaba un tratamiento por una enfermedad respiratoria. Hasta sus últimos días siguió creando: trabajaba en Tangos Bajos (Rework), una nueva versión del disco que marcó el inicio de la etapa más personal de su carrera y que tenía previsto presentar en septiembre.

Aunque la historia lo ubicó para siempre entre los protagonistas del rock argentino de los años ’80, Daniel Melingo terminó escribiendo su obra más trascendente lejos de ese lugar. Fue cuando decidió abrazar el tango sin copiar a nadie, sin rendirle pleitesía a la nostalgia y sin aceptar moldes. Lo tomó, lo desarmó y volvió a construirlo desde una mirada profundamente personal

 

Daniel Melingo (a la izquierda, con el saxofón) integró la formación histórica de Los Abuelos de la Nada encabezada por Miguel Abuelo durante el resurgimiento de la banda a comienzos de los años ’80. Compartió escenario con músicos como Andrés Calamaro, Cachorro López y Gustavo Bazterrica, en una etapa decisiva para el rock nacional que marcó el inicio de una carrera artística tan inquieta como inclasificable.

 

Mucho más que un ex Abuelos de la Nada

Nacido en Buenos Aires en 1957, integró la formación más recordada de Los Abuelos de la Nada junto a Miguel Abuelo, Andrés Calamaro, Cachorro López y Gustavo Bazterrica. Poco después fundó Los Twist con Pipo Cipolatti y también formó parte de la banda de Charly García.

Con cualquiera de esos antecedentes podría haberse conformado con vivir de un pasado ilustre. Eligió exactamente lo contrario.

Cuando el rock ya lo había convertido en un nombre reconocido, comenzó una búsqueda artística que lo llevó hacia el tango. No fue un cambio de género. Fue una transformación completa.

Su voz quebrada, el lunfardo, los personajes del suburbio, la poesía, el teatro y una estética cuidadosamente construida terminaron dando forma a un universo que no se parecía al de ningún otro cantor.

Melingo no interpretaba canciones: las habitaba.

Cada silencio, cada mirada y cada gesto parecían formar parte de una obra teatral donde el tango dialogaba con el cabaret europeo, el cine negro, el rock y la literatura. Fue mucho más que un músico. Fue un performer extraordinario que convirtió cada concierto en una experiencia irrepetible.

Discos como Tangos Bajos, Santa Milonga, Maldito Tango y Linyera terminaron por consagrarlo como uno de los grandes renovadores del tango contemporáneo. Sin estridencias, abrió un camino que luego recorrerían muchos artistas de las nuevas generaciones.

 

Daniel Melingo (centro, de rojo) junto a los integrantes de Los Twist durante los primeros años de la banda, hacia 1983. Fundado junto a Pipo Cipolatti en plena explosión del nuevo rock argentino, el grupo revolucionó la escena con su mezcla de rockabilly, ska, humor e ironía y dejó clásicos como Pensé que se trataba de cieguitos y Cleopatra, la reina del twist. Melingo fue uno de los motores creativos del proyecto antes de iniciar el camino que lo llevaría a reinventar el tango.

 

El «Muñeco» que todos despiden

En el ambiente artístico casi nadie necesitaba decir «Daniel Melingo». Bastaba nombrar al «Muñeco». Así lo llamaban desde hacía décadas músicos, técnicos, productores y amigos. Ese apodo aparece una y otra vez en las despedidas que inundaron las redes sociales y habla del afecto que supo construir mucho más allá de los escenarios.

El histórico ingeniero de sonido Mario Breuer fue uno de los primeros en despedirlo. «Salute, Meli. Brindo por cada sesión, cada gira y cada minuto que compartimos juntos. Seguirás siendo el que prende y apaga la luz, como te dijo Charly. Siempre vas a estar vivo en mi corazón», escribió, recordando años de grabaciones, viajes y amistad.

 

 

El guitarrista y cantante Richard Coleman eligió hablarle directamente al «Muñeco». Recordó hoteles, micros, ensayos, cervezas, complicidades y una amistad construida durante décadas. «Me acompañaste cuando yo no sabía en la que me estaba metiendo, me hiciste reír cuando yo sólo veía drama. Gracias, Turco», escribió. Luego resumió la evolución artística de Melingo con una frase que parece definir toda su carrera: «Te hiciste grande… mientras tu eclecticismo se fue solidificando y acumulando en la obra enorme de un, ante todo, verdadero artista». Antes de despedirse dejó otra reflexión cargada de tristeza: «En este mundo artístico de egos sobrevalorados y autorreferenciales, la tuya es una tremenda pérdida».

Pero quizá una de las definiciones más profundas llegó de Isabel de Sebastián, quien compartió escenarios con él y entendió como pocos la magnitud de su transformación artística. «Fue un tipo que se animó a salir de lo que se esperaba de él para poder dar aún más», escribió. Para la cantante, Melingo «tomó el tango y lo llevó al siglo XXI de una manera simple y sofisticada, originalísima y lúdica». También confesó que sus canciones «abrían mundos» y la hacían mejor artista. Su despedida terminó con una frase tan sencilla como definitiva: «No habrá jamás otro igual».

Las palabras de Fito Páez terminaron de completar ese retrato colectivo. Lo definió como «un artista total» y «un artista de artistas». Recordó su curiosidad inagotable, su humor, su inteligencia y esa capacidad para moverse con la misma naturalidad entre Heidegger, Cadícamo, Charly García, Troilo o Elvis Presley. «Te voy a extrañar, turquito querido… Referente total de mi vida», escribió sobre quien consideró uno de los grandes creadores de la música argentina.

 

 

El artista que nunca dejó de buscar

Hay músicos que perfeccionan un estilo durante toda su vida. Daniel Melingo eligió un camino mucho más difícil: reinventarse cuando ya había alcanzado el reconocimiento.

Por eso quienes mejor lo conocieron no lo recuerdan solamente como un saxofonista brillante, un cantante o un compositor. Lo recuerdan como un artista en el sentido más amplio de la palabra. Un creador capaz de convertir el tango en una experiencia escénica donde convivían la música, la actuación, la poesía, el humor y la melancolía.

También Los Twist despidieron a uno de sus fundadores con una fotografía acompañada por una frase tomada de la canción «Viéndolo»: «Ahora sé que soy inmortal».

Quizá sin proponérselo encontraron la mejor manera de definir su legado.

Los grandes artistas no desaparecen cuando dejan de respirar. Permanecen en la forma en que cambiaron para siempre aquello que amaban. Daniel Melingo hizo eso con el tango. Lo desarmó, lo mezcló con el rock, con la poesía, con el teatro y con la noche porteña hasta convertirlo en un lenguaje nuevo.

Por eso hoy no sólo se despide a un músico.

Se despide a una manera irrepetible de entender el arte.

«Ahora sé que soy inmortal».

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