Fabricio Rotte mató con rabia a Marta Bossa de Rotte, su madre, con quien vivía porque él no podía estar solo. Él es esquizofrénico paranoico. Ve personajes, cosas, escenas y oye voces que no están en la realidad, porque su cerebro le hace ver y oír eso que no existe. Necesitaba cuidado, por eso la mujer que lo trajo al mundo no se despegaba de su lado. Sufrían juntos seguramente ese trastorno mental; él como paciente y ella como la persona que más lo amaba, quería verlo bien y que volviera a ser la persona que fue hasta antes de los 18 años, cuando esa maldita enfermedad se desarrolló en él. La noche del miércoles atacó a Marta. Fue con un arma muy similar a un machete, pero sin filo. Se la clavó con tanta potencia que le hundió el cráneo, además de haberla apuñalado en otras zonas del cuerpo.
Después, al ver lo que había hecho, otra idea u otra figura se le presentó en la mente e intentó suicidarse. Tomó otra arma blanca. Esa sí tenía filo. Apuntó contra su propio abdomen y se asestó toda la hoja del cuchillo cerca del ombligo. Estuvo al borde de la muerte, pero hace un par de días superó la terapia intensiva y evoluciona en una sala común del policlínico regional de Villa Mercedes. Cuando se recupere y los médicos le den el alta médica, no volverá a su casa del barrio Belgrano, sino que lo esposarán y terminará en el calabozo de alguna comisaría de la ciudad.
El fiscal instructor 1, Maximiliano Bazla Cassina, tiene en vista acusarlo por el matricidio. Hasta ahora no tiene dudas sobre eso. Lo único que hace tambalear esa decisión, junto con la idea de solicitar su traslado al Servicio Penitenciario de San Luis, es su estado mental. La última palabra que lo ayudará a disuadir esa duda es lo que le informe un psiquiatra que analizará al hombre de 45 años, para establecer si su esquizofrenia le impidió comprender lo que hizo y si es, en verdad, alguien imputable y está más allá del bien o el mal de la justicia penal.
Al funcionario público tampoco le cabe dudas sobre que la puñalada que lo colocó en la delgada línea que separa la vida de la muerte fue autoinfligida. Tenía unos seis centímetros de extensión y fue tan profunda que le perforó los intestinos. Cuando el personal de una ambulancia del Sempro llegó a Ivanowsky 120, el domicilio y la escena del crimen, se topó con el cadáver de la mujer de 69 años y el hombre de 45 años fuera de sí y peleando por sobrevivir.

“Fue una lesión autoinfligida”, le confirmó una alta fuente a Todo Un País. La médica encargada de la ambulancia dispuso que fuera llevado lo más rápido posible al hospital “Juan Domingo Perón”. Tenía que ser operado con suma urgencia, de otra manera su suicidio se consumaría.
Los profesionales del policlínico lo intervinieron apenas lo ingresaron a la sala de cirugía. Sobrevivió a la operación y continuó su recuperación en cuidados intensivos, donde monitorearon su evolución. Otro informante indicó que ya está totalmente fuera de peligro, aunque aún los médicos no pueden estimar con certeza y exactitud cuándo estará en condiciones de abandonar el policlínico.
Bazla Cassina ya tiene en mente formularle cargos por “homicidio calificado por el vínculo”. Uno de los peores delitos del Código Penal Argentina que, por supuesto, también supone como único castigo posible el más severo de todos: la prisión perpetua. Pero de todas formas ya hizo un par de consultas a un psiquiatra de la ciudad. El profesional le aclaró que un esquizofrénico “no necesariamente es alguien inimputable”. Hay casos y casos.
Los familiares que hablaron con los investigadores comentaron que Rotte es un esquizofrénico paranoico, desde los 18 años aproximadamente. También trascendió que ya había atacado antes a su madre, pero jamás lo denunciaron. Sabían que no era él cuando se tornaba agresivo, sino el trastorno mental que tomaba posesión de él.
Algunos en el barrio sabían que Fabricio tiene este padecimiento, sin embargo, nunca imaginaron lo que sucedió el miércoles, entre las 21:30 y 22. “Yo la conocía a Martita. Y me quedé helado cuando nos enteramos de lo que pasó”, le comentó un vecino a esta cronista, todavía incrédulo del asesinato que conmocionó a Villa Mercedes.
El arma que empleó para el matricidio era de grandes dimensiones, casi las de un machete, pero carecía de filo.
Una de las fuentes precisó que con esa arma blanca, que calificó como puñal, atacó a su madre en la espalda, la cintura, el pecho y la cabeza. Al no contar con filo técnicamente las lesiones no lograron convertirse en puñaladas, sino en “golpes dados no con la parte superior del cuchillo, sino con el lomo del arma”. En esa acción de arremeter rápido, con fuerza y de manera sucesiva sobre el cuerpo sí produjo cortes en la fina piel de la víctima, pero el elemento no traspasó la superficie ni llegó a su interior. La violencia de esos golpes fue la que la mató, los cuatro o cinco que recibió en la cabeza.