El Jurado de Enjuiciamiento declaró, casi por unanimidad, “no culpable” al juez Santiago Ortiz

Ocho de los nueve miembros del jurado consideraron que el magistrado no incurrió en desconocimiento grave del derecho, excusaciones poco fundadas o improcedentes y graves irregularidades que desprestigiaron al Poder Judicial. El letrado podrá volver a su rol en el Juzgado de Garantías 4 y deberán retribuirle la mitad de los haberes que le retuvieron desde su suspensión.
20 de diciembre de 2025
El juez Santiago Andrés Ortiz (izquierda) y su abogado Roberto Pereira, escuchando el fallo de ayer (viernes).

“Una conjetura”. Eso respondió Carlos Desiderio Díaz, el abogado civil y laboral, cuando esta periodista lo cruzó, de manera casual, por los pasillos de los tribunales de la Segunda Circunscripción Judicial y le consultó algo que todavía es un enigma: ¿por qué, con qué pruebas y/o evidencia denunció al juez de Garantías 4 de Villa Mercedes, Santiago Ortiz, por una batería de delitos? El lunes cuando el magistrado comenzó a ser juzgado por el Jurado de Enjuiciamiento de San Luis, al terminar su declaración, el procurador general de la Provincia, Sebastián Cadelago Filippi, le planteó algo similar al denunciante: “¿qué cree que motivó al doctor Ortiz a intentar apartarse de la causa Molino Fénix?”. Díaz elevó sus ojos todavía más hacia arriba, sin mirar al jurado ni a nadie, solo con la vista anclada en el techo y contestó con liviandad: “Una devolución de favores”.

Fueron sus últimas palabras y con eso cerró su participación en el juicio que su denuncia motorizó. Nadie le insistió con el interrogatorio sobre a qué se refería con esa grave afirmación. Entonces se puso de pie y desapareció de esa audiencia, también de la siguiente y de la de ayer (viernes).

Por fortuna, ocho de los nueve miembros que compusieron el Jurado de Enjuiciamiento de San Luis entendieron que una conjetura, una presunción, casi una sensación, como diría Aníbal Fernández (alguien con un aceitado speech y que juega en otras ligas respecto a la oratoria), no bastan para culpar a un juez del siguiente hilo de cargos: “desconocimiento inexcusable y grave del derecho”, “excusaciones insuficientemente fundadas o manifiestamente improcedentes” y “graves irregularidades en el procedimiento, que hayan motivado el desprestigio del Poder Judicial”. Por eso lo declararon “no culpable” y ordenaron el cese de la suspensión de su puesto de trabajo y la devolución de los haberes que le retuvieron desde el 25 de septiembre cuando lo suspendieron.

El fallo fue por casi nada unánime. El presidente Jorge Alberto Levingston, los abogados Daniel César Calderón, María Claudia Uccello, Carlos Leonardo García y Fernando Aníbal Suárez y los diputados Carlos Roberto Pereira, Christian Ariel Gurruchaga y Lino Walter Aguilar coincidieron en que la conducta del magistrado villamercedino no constituyó un mal desempeño y echaron por tierra la acusación de Cadelago Filippi. El único miembro que no votó en sintonía y estuvo de acuerdo con el procurador fue el diputado Mauricio Secundino Daract.

El martes, al final de su alegato, el representante de todos los fiscales de la provincia había solicitado que el juez, a quien aseguró tenerle mucho aprecio, fuera “declarado culpable, removido del cargo que desempeña, con inhabilitación de ejercer la función pública por el término de cuatro años”.

Antes, para formular tal requerimiento, no dejó de repetir que el letrado juzgado “mintió, mintió y mintió” porque nunca comunicó que era amigo del diputado provincial Joaquín Beltrán, uno de los imputados por la megacausa Molino Fénix; en la que también están acusados otros cuatro exfuncionarios del Gobierno de Alberto Rodríguez Saá por “robo”, “incumplimiento de funcionario público” y otra muralla china de delitos.

Lo cierto es que ninguno de los testigos que hablaron entre el lunes y el martes, incluidos los presentados por Cadelago Filippi, aseveró ni por asomo que Ortiz era amigo de Beltrán.

Cuanto mucho, existió una relación de comerciante-cliente cuando la familia del diputado provincial compraba en el negocio que aún tienen los Ortiz. En el país que inventó una fecha tan inútil como el «Día del Amigo» no es para nada difícil distinguir lo que es una amistad de un vínculo comercial o de un “hola y ciao” por la calle, cuando viven en el mismo barrio.

A su turno Roberto Pereira, el abogado del magistrado, no ocultó para nada su indignación, ya que la persona que catapultó todo ese escenario circense, que llevó al borde de la destitución a un juez e hizo sufrir a una familia entera, ocupando el tiempo del Jurado de Enjuiciamiento y la Procuración en ese debate se «borró» del mapa. “Estamos acá mirándonos las caras, él (Díaz) lanzó la piedra y se fue”, resumió.

Como juez, Cuello es pésimo escritor

Pero el primer responsable de que el denunciante “recogiera el guante” para cargar una «acusación vacía» contra el magistrado fue su colega, el juez de Garantías 1, Alfredo Cuello, con su polémica resolución, en la que rechazó el apartamiento que Ortiz planteó para no continuar presidiendo la causa Molino Fénix. La forma con la que escribió el documento ocasionó revuelo en la opinión pública, no el pedido de apartamiento hecho por Ortiz en sí.

El lunes, cuando declaró, Cuello se sinceró y admitió que, visto toda la cuasi tragedia que generó su manera de expresarse con sus desconcertantes palabras, estaba arrepentido. “Jamás me imaginé que llegaríamos a esto. Es más, pensé que el tribunal me iba a llamar la atención por cómo la había escrito. Hasta mi señora me retó”, manifestó.

El juez de Garantías 1 de Villa Mercedes, Alfredo Cuello, jurando decir la verdad. Canchero, con las manos en los bolsillos.

Luego reconoció que fue un fallo que redactó con bronca, porque era domingo y sinceramente “no tenía ganas de escribir”. Pero sí que le dio duro y parejo al teclado de su computadora. Escribió sin respiro, ni piedad. Siempre en un tono sarcástico, algo en lo que debe pensar que tiene talento. Él mismo admitió que redacta sus fallos de una «manera muy particular». No está de más aclarar que, para ser sarcástico y/o irónico, primero, hay que ser inteligente.

En su resolución, pintó de cobarde, mentiroso y casi inútil a su colega, con quien –aclaró– que no mantenía una amistad, pero sí un trato muy cordial siempre. Ortiz, seguramente con su humilde saludo y Cuello con su sonrisa de medio pelo.

Ventiló lo que él le había aconsejado en una charla casual, pero privada entre ellos. Cuello escribió que le sugirió que “se pusiera los pantalones largos” para encarar lo del Molino Fénix, pero no “él prefirió los cortos”. También refirió que su par «agigantaba» sus emociones, mentía, exageraba y quería sacarse de encima esa causa “para que se joda otro”. Y en el mismo párrafo de tan florida redacción mencionó a José Luis Borges. Años luz, si los hay.

Lanzar palabras de esa forma hacia otro juez movió un mundo en Villa Mercedes. Todos los medios de comunicación pusieron los ojos en tremendo fallo y la forma con la que Cuello descalificó a su par, desacreditándolo por completo y con un lenguaje antojadizo y alejadísimo de la técnica jurídica de escritura.

Esa redacción llegó a oídos de Díaz, que nadie tiene que ver con la causa Molino Fénix y ni siquiera litiga en el fuero penal, sino en el civil y laboral. Pero, igualmente, decidió denunciar a Ortiz. Así, como al pasar, como un ciudadano común y corriente y “desinteresado”.

El juez de Garantías 4 de Villa Mercedes planteó su apartamiento de la causa, según expuso y se ocupó de recordar su defensor, porque Beltrán y su pareja Anabela Lucero, ambos imputados por lo del Molino Fénix, intentaron alquilar un departamento de su familia.

Es más, ya le habían transferido 100 mil pesos por dos días de alojamiento a la cuenta de una billetera virtual de un sobrino del letrado. Cuando el juez se enteró de ese negocio le pidió a su hermano que diera de baja a ese alquiler y le devolviera, de inmediato, el dinero a Beltrán dado que él, como magistrado, presidía una causa en la que están acusados el diputado provincial y su pareja.

El fiscal instructor José Olguín, quien investiga a los cinco exfuncionarios albertistas, fue clarísimo cuando le preguntaron si consideró correcto el accionar de Ortiz. “Sí, absolutamente. Él deshizo el negocio y nos puso en conocimiento”, respondió.

“Imagínense si el doctor no lo hubiera informado. La bomba mediática que hubiera desatado. ‘Un funcionario albertista imputado le transfirió plata a un sobrino del juez’, hubieran dicho los titulares”, graficó Pereira, en su elocuente alegato sobre la casi tragedia que encendió la denuncia de Díaz, a quien calificó de “justiciero”, “recogedor de guantes” en  causas ajenas, en las que curiosamente “no pincha ni corta”. El casi «Batman» de Villa Mercedes.

El denunciate Carlos Desiderio Díaz, quien denunció al juez Ortiz. Declaró en la primera audiencia y luego desapareció.

“Si el doctor Ortiz informa sobre ese negocio, palo para él. Si el doctor Ortiz no hubiera informado sobre eso, palo también”, argumentó el abogado, para ilustrar que su cliente así obrara correcta o incorrectamente, lo iban a hacer pagar de todas formas por algo que todavía desconocen, se mantiene en las sombras, por una denuncia sin sentido; pero que logró mover todo el andamiaje judicial cuando, en verdad, hay causas mucho más importantes que nunca fueron resueltas y a las que la Justicia debería apuntar toda su energía, recursos y tiempo.

Ortiz lloró cuando escuchó el fallo del Jurado de Enjuiciamiento. Se secó las lágrimas que recorrían sus mejillas con una servilleta varias veces. Su abogado lo tomó de su brazo izquierdo al oír la primera parte del fallo, donde ya anunciaban que lo declaraban «no culpable».

Detrás, en primera fila, a la derecha del magistrado absuelto estaba su madre. La mujer sufrió mucho el martes, cuando oyó decir de parte de un desconocido que su hijo «mentía, mentía y mentía». Una señora sencilla, sin atuendos ni carteras costosas, una comerciante que atiende una librería.

Pese a todo y como siempre, Ortiz fue el último en irse de la sala de juicios. Saludó a todos, hasta al último empleado. Hasta esperó un buen rato parado para despedir con un abrazo a Cadelago Filippi.

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