La audiencia a la que Atilio Rodrigo Canciani, el detenido por el homicidio de Ángel Miguel Quiroga, fue llevado para que le informaran los cargos en su contra tuvo una confesión que casi nadie en la sala vio venir. El hombre que hasta hace unos días vendía pan por las calles de Villa Mercedes reconoció haber matado al policía federal retirado. No redundó en detalles, ni siquiera deslizó uno, pero admitió el crimen y reveló el supuesto porqué. En una declaración que no duró ni cuatro minutos, contó que el sábado 11, el mismo día que la investigación de los fiscales instructores Maximiliano Bazla Cassina y Cecilia Framini estableció que ocurrió el asesinato, estuvo en la casa del exmiembro de la fuerza. Aseguró que Quiroga lo manoseó y “se le tiró encima”, en un intento por continuar el abuso sexual. El panadero dijo que él solo buscó protegerse. Se trenzó en lucha y, en eso, apuñaló al hombre de 66 años.
Canciani ingresó a la sala de audiencia del Juzgado de Garantías 3 como si nada fuese. Relajado, sin esposas, con un efectivo detrás y junto a Noelia Páez, una de las defensoras oficiales que lo asiste. No parecía que pesara sobre él una acusación tan gravosa como la de quitarle la vida a otra persona y de la forma que lo hizo: con una andanada de puñaladas. A la espera de la jueza Natalia Pereyra Cardini y de Cecilia Mithiaux, la otra defensora, el ahora imputado charló distendido con una de sus representantes.
Con calma, con su brazo izquierdo posado sobre al apoyabrazos de la silla de la letrada, le relató sobre el tiempo que lleva dedicado a la panificación. Tenía los cabellos de la zona superior de la cabeza y trasera, arriba de la nuca, rígidos y parados, como si hubiera dormido en una misma posición durante un rosario de horas o arrastrara varios días en cama. En lo que hablaba de su vida, en un momento intentó peinarse con una mano, como si eso lograra el efecto mágico de dejarlo más presentable.
—¿Su nombre completo? —le preguntó la jueza de Garantías apenas iniciada la audiencia.
—Atilio Rodrigo Canciani —contestó luego de alterar el orden del primer nombre con el segundo, por no mencionarlo como figura en su documento.
—¿Usted recibe algún apodo, alguna forma que le digan en lo cotidiano? —consultó la letrada.
—Qué sé yo… “John Wayne”, “Bilardo” —respondió muy suelto, con una leve sonrisa, como si no hubiera que aclarar las similitudes obvias que pudieran existir entre él y los personajes que mencionó.
—¿Cómo le dicen? —remarcó Pereyra Cardini.
—“Bilardo” —repitió.
—¿Qué dijo primero? —insistió la magistrada.
—“John Wayne” —señaló nuevamente Canciani.
—“John Wayne”. Ah, no le había entendido—expresó la titular del Juzgado de Garantías 3.
También refirió, entre esos datos que le pidió la jueza, que es de Rivadavia, provincia de Mendoza. Dijo que su padre murió, pero que su madre vive con él, en Colombia 320. Una vez que terminó esa presentación y la del resto de las partes, la magistrada le cedió la palabra al fiscal instructor para que indicara los cargos que le imputaría al sospechoso y desmenuzara las pruebas halladas en su contra.
Antes de relatar cómo, según sus averiguaciones, sucedió el crimen Bazla Cassina le recordó a Canciani que estaba en su derecho de declarar si así lo deseaba. Y el panadero respondió que “sí”, quería dar su versión de los hechos, pero sin la prensa presente.
Con los medios de comunicación afuera, el hombre de 49 años narró escuetamente que la mañana del sábado 11 de abril estuvo en lo de la víctima, en Rafael Cortez 680. Buscaba un nuevo lugar donde vivir y le interesaba alquilar la parte trasera del domicilio del policía retirado. Dijo que entró en la casa, que en un momento Quiroga “lo manoseó, se le tiró encima y él ahí se defendió”, le detalló a Todo Un País una fuente que estuvo en la sala y oyó la confesión. Lucharon y, en medio de ese forcejeo, tomó un cuchillo y se lo asestó al exmiembro de la fuerza.
Ya con la prensa de nuevo en la sala, el fiscal instructor enumeró la evidencia que sitúa al vendedor ambulante en el lugar y momento del crimen, tales como deducciones a las que arribaron gracias a videos de cámaras de una escuela y comercios y testimonios. Bazla Cassina lo imputó por “homicidio en ocasión de robo”, pues además del celular, en lo de Quiroga faltaban —calculan— unos 100 mil pesos, un documento de él y su tarjeta de débito.
En un pasaje de su exposición, el representante del Ministerio Público Fiscal recordó que hacía unos minutos el sospechoso “confesó haber sido el autor del homicidio”. “Dijo que entró en la casa, que habló de alquilar la parte posterior y que le causó la muerte con un arma blanca”, repasó el letrado y remarcó que se trató de una “confesión válida y lógica” porque encaja a la perfección con las pruebas recolectadas.
No obstante, cuando “el panadero”, como lo conocía la víctima y la gente del barrio 100 Viviendas, nunca admitió que le sustrajo algo a Quiroga. Por eso Mithiaux solicitó luego siete días de prórroga del arresto y una reconstrucción del asesinato, para dejar en claro la versión de su defendido. Ese procedimiento lo realizarán el lunes, a las 10, en el domicilio situado en calle Rafael Cortez, casi esquina Chile.