Por Miguel Rey Nores
Amanecimos con una noticia de enorme calado político e institucional a nivel planetario. Finalmente, luego de una tensa espera, los EE.UU. habían logrado la extracción de Nicolás Maduro y su esposa; ello, en el marco de una avanzada militar norteamericana en territorio venezolano —sin precedentes—, al decir del propio Donald Trump.
El 11 de septiembre de 2001 impuso un giro dramático en la historia mundial. Una suerte de Pearl Harbour sumió a los EE.UU. en otra guerra, extremadamente controversial, de la que su liderazgo emergió notablemente afectado. Podría decirse que esa agresión logró lo que buscaba, su fin último: mostrar la peor cara de una nación brutalmente agredida. Las invasiones a Irak y Afganistán lo confirmaron.
Algo similar aconteció con Israel el 7 de octubre de 2023; los 1.200 asesinatos y 251 secuestrados lograron el efecto buscado por los terroristas de Hamás: desquiciar a un pueblo y, especialmente, a su gobierno. A dos años, la devastación de Gaza es total. Más de 71.000 víctimas civiles palestinas, incluyendo mujeres y niños, evidencian una reacción que escapa a toda razón y justicia. Y, con esta dinámica, la espiral de violencia se retroalimenta hasta el infinito.
Fueron eventos, como tantos otros, que aceleraron la historia, pero en sentido descendente, decadente, deshumanizante, atroz.
Puede suceder que lo que comenzó ayer sea solo un espejismo. Pero también existen razones para la esperanza, aquellas que nos permiten avizorar otro giro dramático en la historia mundial, pero —esta vez— en sentido inverso a los mentados.
Debemos cuidarnos de afrontar un análisis como el presente con paradigmas del pasado. La realidad es siempre más compleja y se niega a semejantes encasillamientos reduccionistas. Pero, a la vez, la novedad nos deja inermes o —quizás— frente al terreno de lo desconocido. Es —por tanto— un análisis a tientas.
No se pone en duda que el gobierno norteamericano vela por sus intereses estratégicos en cualesquiera latitud planetaria. No somos ingenuos. Lo han proclamado a cara descubierta en la conferencia de prensa brindada. El asegurar la producción petrolera y los intereses norteamericanos asociados a ella ha tenido un rol relevante en la decisión adoptada. Pero apelar exclusivamente a tal motivación para explicitar lo actuado podría ser excesivamente reduccionista.
Al menos quien escribe prefiere advertir —en la actual intervención en Venezuela— la continuidad de algunos rasgos de política exterior insinuados por la actual administración norteamericana en los ataques a las plantas de enriquecimiento de uranio en Irán, que podrían implicar un cambio no menor en el escenario internacional. En el ataque de junio de 2025 a la planta de Natanz no se reportaron víctimas ni contaminación, a pesar de los severos daños infringidos a las instalaciones nucleares iraníes, según la OIEA. Fueron ataques de altísima precisión, quirúrgicos. A partir de ellos, la humanidad respiró un poco más aliviada y, por qué no decirlo, agradecida. Se alejó —por algún tiempo— una amenaza global proveniente de dicho régimen fundamentalista.
En Argentina somos muy conscientes de estos riesgos. Hemos padecido la intervención de la teocracia iraní en los ataques perpetrados contra la embajada de Israel y la mutual AMIA. A la vez, hemos sufrido la desembozada intervención del castrochavismo en nuestros asuntos internos durante décadas, no solo apoyando organizaciones subversivas en democracia, sino financiando campañas presidenciales como las de Cristina Fernández de Kirchner, además de toda suerte de tropelías inconfesadas. Las secuelas están a la vista: una multiplicación exponencial de pobreza y miseria que nos acercó —en demasía— a la realidad venezolana.
Para perfilar con mayor claridad la singularidad del caso venezolano, es central advertir que los EE.UU. han contado con la anuencia de las autoridades constitucionalmente elegidas para el despliegue militar efectuado. Los contactos con Edmundo González Urrutia y Corina Machado habrían sido fluidos en todas las instancias previas. Tampoco puede obviarse en el análisis que, a pesar de la magnitud del despliegue militar, se habrían extremado las medidas para minimizar los llamados daños colaterales. Todo indicaría que ha sido un despliegue militar formidable, pero quirúrgico, como el de Natanz.
La situación en Venezuela lejos está de haber sido resuelta. Solo se ha dado un primer paso que pareciera “promisorio” para América toda. A sus resultas, un feroz dictador, un usurpador, un poderoso delincuente, ha sido detenido y puesto a disposición de la Justicia norteamericana. Le deseamos justicia, la misma que negó a todos sus compatriotas.
A las resultas de semejante despliegue militar norteamericano y de sus aliados, aquellos que amamos la libertad respiramos hoy más aliviados y agradecidos.
El devenir futuro de la transición es una gran incógnita. Todos los fierros del Estado —en especial las armas— permanecen en poder de quienes usufructuaron y se perpetuaron en el poder hasta hoy. El desarme global y sometimiento a la justicia de todas esas bandas criminales que han asolado al país será una labor ciclópea y de altísimo riesgo.
Esa transición que hoy se inicia no dejará de ocuparnos en los días por venir. Deseamos que el pueblo venezolano recupere —lo antes posible— su soberanía integralmente considerada. Pero al menos —solo por hoy— necesitamos sostener —en alto y con ellos— la esperanza que los alumbra después de tantos años de oscuridad: la de un futuro más promisorio y próspero que está por venir.
Ahora, para que ello sea una realidad, deberemos trabajar —codo a codo— todos los pueblos de América. La suerte del pueblo venezolano —en esta encrucijada histórica— estará hermanada con la nuestra. A no dudarlo.