Con más de siete décadas de historia familiar y un sistema de producción que combina tradición, ciencia y sustentabilidad, la empresa demuestra que el fuego, lejos de ser enemigo, puede convertirse en un aliado clave para la productividad ganadera y la conservación ambiental.
En el corazón del sur provincial, donde el monte de caldén domina el paisaje y la ganadería es parte del ADN local, el establecimiento San Carlos se levanta como un modelo de manejo integral y pensamiento técnico. Allí, Guillermo González Castro Feijóo, ingeniero agrónomo y tercera generación al frente de la empresa familiar Castro Feijóo y Cía. SRL, dirige un sistema productivo de precisión que combina conocimiento ancestral con criterios modernos de sustentabilidad.
“Somos una empresa familiar que nació en 1954. Ya llevamos 71 años de historia, y hoy me toca continuar el trabajo de quienes fundaron y consolidaron este proyecto. Somos nueve personas, seis de ellas trabajando directamente en el campo”, introdujo Guillermo en diálogo con Todo Un País, mientras describe el imponente escenario de San Carlos: 18.200 hectáreas distribuidas en ocho leguas, cada una con unas 2.300 hectáreas, donde el caldenal marca el ritmo del paisaje y la economía.
Allí se desarrolló una jornada con ganaderos, técnicos y público en general interesados en el manejo sustentable de los pastizales naturales del monte de caldén, un ecosistema estratégico para la región centro-oeste de la provincia. El encuentro contó con la participación de especialistas del INTA, del Centro de Ganaderos de Arizona-Anchorena-La Verde y de organismos provinciales vinculados a la gestión del fuego y el uso racional de los recursos forrajeros.
La estructura de San Carlos está organizada en tres unidades de negocio: maquinaria, cría y recría. La primera, explicó el productor, “le da servicio interno al resto del sistema productivo”.
La segunda es el corazón del establecimiento: “Contamos con 3.100 vientres de cría, todos manejados a campo natural, en bosque de caldén. La monta es natural, de diciembre a febrero, y logramos un destete del 85%, que es un muy buen porcentaje para un sistema de cría extensiva.”
Cada legua cuenta con su propio rodeo, de entre 400 y 420 vientres, organizados bajo un sistema de manejo rotativo, que divide cada legua en cuatro lotes. “La hacienda permanece entre dos y tres meses en cada uno, dependiendo del clima, que es, en definitiva, quien manda”, explicó.
La recría, en tanto, se realiza en una de las leguas con desmontes parciales, sobre verdeos y pasturas: centeno, sorgo y alfalfa: “Ah concentramos el trabajo de otoño e invierno, buscando vender un ternero más pesado, mientras la cría mantiene el objetivo de un ternero por vaca por año.”
El fuego como herramienta de producción y conservación
Uno de los ejes más innovadores, y a la vez más debatidos, del manejo en San Carlos es la quema prescripta, una práctica ancestral que Castro Feijóo defiende con argumentos técnicos y productivos sólidos.
“Quemamos principalmente en febrero, de manera controlada y planificada. El objetivo es incrementar las especies clave del pastizal natural, como la flechilla y la poa. Con una quema bien manejada, pasamos de seis plantas por metro cuadrado, una condición pobre de monte, a treinta y cinco o cuarenta, lo que representa una condición buena o incluso excelente”, detalló el profesional.
Las cifras son contundentes: “En lotes regulares, donde hay entre 16 y 20 plantas por metro cuadrado, una quema puede llevarnos a 50 o 60, hasta 70 plantas. Es decir, un salto cualitativo enorme en términos de productividad forrajera”.
Para el ingeniero agrónomo, el fuego no destruye, sino que “regenera, ordena y potencia”. Y lo argumenta con datos concretos: “Pasamos de necesitar 10 hectáreas por vaca en un monte degradado a solo 5,5 hectáreas en un monte en buena condición. Además, obtenemos un 10% más de destete y terneros más pesados. Es decir, casi duplicamos la producción.”
Pero no se trata solo de rendimiento económico. El fuego también es, advierte, una herramienta de prevención de incendios mayores.
“Cuando no quemamos, el combustible vegetal se acumula, tanto horizontal como verticalmente. Eso genera un riesgo enorme. Los grandes incendios que hemos visto en La Pampa y San Luis se deben, en gran parte, a la falta de manejo del monte. No quemar también es peligroso”, reflexionó.
A pesar del consenso técnico, la quema controlada sigue enfrentando trabas burocráticas. “Durante los últimos nueve años solicitamos permisos regularmente. Solo en la mitad de los casos obtuvimos autorización. Y somos una empresa que está acostumbrada a la burocracia. Eso demuestra que hay una reticencia institucional a permitir quemas, aun cuando está demostrado que su ausencia aumenta el riesgo”, sostuvo el productor.
En su presentación, avalada por estudios del INTA y de las universidades de La Pampa y San Luis, Castro Feijóo incluyó un análisis de riesgo de incendios provincial y departamental, donde Dupuy aparece como uno de los más vulnerables. “Tenemos un caldenal con mucha carga de combustible, sumado a condiciones climáticas extremas y falta de infraestructura de control. Por ejemplo, hay departamentos con un solo cuartel de bomberos cada 7.000 kilómetros cuadrados. Es insostenible”.
El futuro: cooperación público-privada
La jornada técnica que encabezó Castro Feijóo contó con la participación de autoridades del INTA (local y regional), Defensa Civil, San Luis Solidario, Medio Ambiente provincial y representantes de La Pampa.
El encuentro culminó con una coincidencia general: la necesidad urgente de articular esfuerzos entre el Estado y el sector privado. “El objetivo es trabajar en conjunto. Que el INTA aporte la parte técnica, los productores la experiencia práctica y el Estado las herramientas legales y de control. Solo así podremos mejorar las políticas públicas y la performance privada. Al final del día, lo que queremos es que los puntanos vivamos mejor”, resumió con convicción.
En tiempos donde el fuego suele ser asociado al desastre, González Castro Feijóo propone mirarlo desde otro ángulo: como símbolo de renovación y crecimiento.
Porque en el monte puntano, cuando el fuego se usa con inteligencia, no destruye: renueva la vida y fortalece el campo. En la jornada hubo tres expositores del INTA. Guillermo Mas explicó como calculan con las imágenes satelitales a través del índice verde la producción de pasto en el monte de caldén. Carlos Magallanes se centró en el estado, la condición y la salud del pastizal natural y cómo se sale de ello con fuego y manejo.
Daniel Arroyo se enfocó en cómo hacer quemas de verano, principalmente fines de enero y no más allá de mitad de febrero, para mejorar principalmente la flechilla negra, que es la que buscan favorecer para tener pasto en invierno y de buena calidad, y eliminar así también la competencia de pajas, que hay sectores del campo que están bastante empajonados.
Después mostró datos sobre cómo se invirtió la cantidad de materia seca de pajas luego de las quemas y se reconvirtió en gran parte a flechilla negra: “Pasamos de un promedio general de todo lo que medimos, de unos mil quinientos kilos de pajas, que son material que en incendio agarran muy rápidamente a convertirlo en pasto, principalmente esta flechita negra y algo de poa, alrededor de quinientos kilos por hectárea”.
En el corazón del sur puntano, Castro Feijóo encontró en el fuego una herramienta de desarrollo y conservación. Allí lleva adelante un trabajo técnico que desafía los prejuicios sobre las quemas rurales y demuestra cómo, bien aplicadas, pueden multiplicar por tres la productividad del monte de caldén.
“El fuego, cuando se usa con criterio y bajo control, no destruye: renueva. Permite que las especies clave del monte se multipliquen y que el ecosistema se mantenga vivo”, explicó el profesional, quien desde hace años promueve las quemas prescriptas, una práctica regulada por ley y autorizada por el Ministerio de Seguridad a través de la Dirección de Prevención y Control.
Según detalló el productor, los resultados son contundentes. “Cuando se quema bajo condiciones controladas, la densidad de especies forrajeras se triplica. La diferencia entre un monte quemado y otro sin manejo es abismal. En el primero, todo está verde y productivo; en el segundo, abunda la paja seca, el combustible para los incendios”, describió.
Pero el beneficio no es solo productivo. También reduce drásticamente el riesgo de incendios rurales. “Un monte con paja acumulada tiene una continuidad horizontal de combustible que lo vuelve extremadamente peligroso. En cambio, con una quema prescripta, se genera lo que llamamos un ‘fuego frío’, que limpia la base sin dañar el caldén ni otras especies mayores”, aclaró.
González Castro Feijóo sostiene que el desafío no es técnico, sino político. “La normativa provincial está clara: hay una ley, un decreto y disposiciones específicas. Pero después depende de la voluntad de las autoridades para otorgar los permisos. Nosotros pedimos que nos dejen quemar bajo supervisión, con control, porque si no lo hacemos, todo el territorio se convierte en un gran riesgo. Lo vemos en Córdoba, donde la falta de manejo termina en incendios que nadie puede apagar”.
El ingeniero también subrayó el impacto económico y social de esta práctica: “Cuando aumenta la productividad ganadera, se mueve todo el territorio, se compra más en las veterinarias, en las ferreterías, en los comercios rurales. Se genera trabajo y se distribuye riqueza. Por eso decimos, déjennos quemar para generar desarrollo y para prevenir catástrofes.”
En una de las comparaciones que mostró a sus visitantes, las imágenes son elocuentes: un monte sin quemar cubierto de pajas y broza que impiden el crecimiento de nuevas plantas, y un monte quemado, verde, denso, lleno de forraje apetecible. “Es el día y la noche —resume—. De la improductividad y el riesgo, pasamos a un paisaje que alimenta, protege y renueva.”