Gabriel Gutiérrez: “San Luis es una provincia con mucha historia olvidada”

El historiador reconstruyó la sublevación de los prisioneros realistas del 8 de febrero de 1819, un episodio sangriento que tuvo como protagonistas a Vicente Dupuy, Bernardo de Monteagudo, Juan Pascual Pringles y Facundo Quiroga.
1 de septiembre de 2026
La entrega de San Luis a la campaña libertadora de San Martín “fue total”, recordó Gutiérrez.

La historia registra hechos que a veces quedan fuera de la memoria colectiva. Por ejemplo, en San Luis, durante unas pocas horas del 8 de febrero de 1819, un grupo de militares españoles prisioneros y civiles confinados intentó una sublevación que terminó en un brutal despliegue de sangre y muerte.

Sobre aquellos hechos habló Gabriel Gustavo Gutiérrez en un nuevo encuentro del ciclo “La ciudad de San Luis en diálogo”. Ingeniero, profesor de Historia e investigador de la historia provincial, Gutiérrez dedicó buena parte de sus trabajos a reconstruir aquel episodio. Su investigación dio origen al libro San Luis: Caliente Febrero de 1819, cuya primera edición apareció en la década de 1990 y que llegó posteriormente a una cuarta edición.

Para Gutiérrez, contar aquella historia supone también discutir el lugar que San Luis ocupa en el relato nacional. “San Luis es una provincia de pocos habitantes, con mucha historia olvidada, no compartida por la Nación”, planteó al comenzar su exposición. Esa condición, sostuvo, obliga a recuperar acontecimientos que tuvieron relevancia mucho más allá de los límites provinciales.

Una provincia exhausta

Para comprender lo ocurrido, Gutiérrez retrocedió primero al enorme esfuerzo realizado por San Luis para sostener la campaña libertadora de José de San Martín: había entregado hombres, caballos, mulas, alimentos, pólvora, armas, ponchos, vestimenta. “La entrega fue total”, sintetizó.

En ese contexto, este enclave había adquirido otra función estratégica: era lugar de confinamiento para civiles partidarios de la Corona española y para oficiales realistas capturados después de las victorias de Chacabuco y Maipú.

Por su ubicación geográfica, alejada de los puertos y rodeada por enormes distancias, la ciudad ofrecía pocas posibilidades de fuga. Gutiérrez diferenció dos grupos. Por un lado, estaban los confinados, civiles que continuaban apoyando a Fernando VII y podían actuar como colaboradores de la causa realista. Por otro, los prisioneros de guerra, muchos de ellos oficiales de alto rango del ejército español.

Entre estos últimos llegó incluso a San Luis Casimiro Marcó del Pont, último gobernador de la Capitanía General de Chile antes del triunfo independentista.

Una prisión singular

Aunque tenían prohibido abandonar la provincia y estaban sometidos a otras restricciones, muchos de aquellos oficiales circulaban con libertad durante el día. Participaban de tertulias, reuniones sociales, juegos de cartas y encuentros con las familias puntanas. “Eran huéspedes”, describió Gutiérrez.

Según explicó el investigador, en San Luis había alrededor de 350 prisioneros y confinados, en una ciudad que rondaba los cinco mil habitantes. Para vigilarlos existía una reducida fuerza de milicianos.

La sublevación comenzó a organizarse con un objetivo que todavía admite distintas interpretaciones. Una hipótesis sostiene que los realistas pretendían escapar hacia el sur de Chile, donde todavía existían focos de resistencia española. Otra los vincula con José Miguel Carrera, enfrentado políticamente con Bernardo O’Higgins y San Martín.

Cualquiera fuera el destino final, el primer paso era tomar el control de San Luis. Los conspiradores dividieron el ataque en distintos grupos. Entre los objetivos estaban el cuartel donde se encontraban las armas, la cárcel, otros puntos estratégicos de la ciudad y la residencia del teniente gobernador Vicente Dupuy.

La mañana del 8 de febrero, cerca de cincuenta oficiales fueron convocados a una huerta con la excusa de realizar tareas habituales. Allí se les comunicó el verdadero propósito. Poco después comenzó el ataque.

Uno de los grupos llegó hasta la casa de Dupuy. Al ingresar, uno de los sublevados asesinó al secretario del gobernador. Dupuy logró resistir mientras un médico escapó por la parte posterior de la vivienda y dio aviso de lo que estaba ocurriendo.

La reacción fue inmediata. “A los cinco minutos ya había gente del pueblo puntano en la puerta de la casa de Dupuy tratando de defenderlo”, relató Gutiérrez.

Por las calles comenzó a propagarse el grito de “maten godos”, denominación usada entonces para referirse a los españoles realistas.

Dos horas

El levantamiento terminó mucho más rápido de lo que habían calculado sus organizadores. La población se sumó a la defensa de la ciudad con fusiles, cuchillos, lanzas, piedras y objetos improvisados. Gutiérrez remarcó que participaron también mujeres, aunque los documentos conservan pocos nombres y referencias.

Una de las figuras que aparece en la tradición histórica es Juana “la Chilota”, a quien distintas fuentes atribuyen la muerte de uno de los sublevados.

Entre aproximadamente las ocho y las diez de la mañana, la rebelión había sido sofocada. El saldo fue brutal. Según la reconstrucción presentada por Gutiérrez, murieron 40 realistas: 31 oficiales militares y nueve civiles confinados.

Pero la historia trascendió ese lodazal de sangre. Esa misma noche, Dupuy ordenó una investigación judicial. El encargado fue Bernardo de Monteagudo, quien se encontraba en San Luis y actuó como fiscal de la causa.

Quince detenidos fueron sometidos al proceso. Nueve recibieron pena de muerte y fueron fusilados dos días después; el resto fue absuelto o recibió otras penas.

Esos fusilamientos ocurrieron en la actual Plaza Independencia y, según explicó Gutiérrez, fueron presenciados obligatoriamente por la población y por los restantes prisioneros.

Pringles, Quiroga y Monteagudo

Pero una gran particularidad del episodio es la concentración de personajes que poco después ocuparían lugares centrales en la historia argentina. Juan Pascual Pringles tenía apenas 21 años y era alférez de las milicias cuando participó de la defensa de San Luis.

Facundo Quiroga estaba en la ciudad, camino hacia La Rioja, y también intervino en los acontecimientos. Monteagudo fue responsable del proceso posterior y Dupuy, como máxima autoridad política provincial, encabezó la resistencia y dictó las sentencias.

La actuación de San Luis tuvo repercusión nacional. El director supremo Juan Martín de Pueyrredón felicitó a la provincia y fueron acuñadas medallas para quienes participaron en la defensa. Una de ellas llevaba la inscripción: “A los que defendieron el orden en San Luis”.

San Martín recibió la noticia mientras se encontraba en Chile. La posibilidad de que una rebelión realista prosperara en San Luis representaba una amenaza seria para el proyecto independentista que preparaba la campaña hacia Perú.

Cuando supo que había sido derrotada, también hizo llegar su reconocimiento.

Equivocación

Más de dos siglos después, Gutiérrez sigue preguntándose por qué oficiales experimentados organizaron una operación que terminó en fracaso en apenas un par de horas. Su interpretación es que esperaban una resistencia mínima.

El plan habría sido eliminar a Dupuy y Monteagudo, apoderarse de las armas, liberar a los restantes prisioneros y abandonar San Luis al día siguiente. “Se equivocaron totalmente”, resumió Gutiérrez. Sucede que no calcularon la reacción de la población: “Se unió el pueblo: hombres y mujeres, con piedras, con cascotes, con lanzas, con las armas de fuego que algunos tenían”.

Para Gutiérrez, allí está una de las claves que explican por qué aquel 8 de febrero excede largamente una anécdota de la historia local. La derrota de la sublevación impidió la formación de un foco realista en el interior argentino cuando la guerra de la Independencia todavía estaba lejos de haber terminado.

Una huella de semejante episodio sigue a la vista. En el monumento a San Martín de la Plaza Independencia, una de sus placas recuerda el aporte puntano al Ejército de los Andes. Otra contiene una inscripción menos conocida: “San Luis sofocó la conjuración de los prisioneros realistas de 1819”.

Está en pleno centro de la ciudad. Lo que falta, sostiene Gutiérrez, es volver a saber qué significa.

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