L a remera ya decía bastante. Julio Zalazar llegó al Centro Cultural José La Vía con una foto del Coquito y el Cholo —dos de los personajes más populares de San Luis— estampada en el pecho. Pero después dijo mucho más: habló de folclore, músicos, instrumentos, ritmos, rituales y canciones.
Zalazar fue el protagonista de una nueva edición del ciclo “La Ciudad de San Luis en diálogo”, organizado por la Municipalidad de San Luis con el acompañamiento de Atípica Cultural y Todo un País. Su exposición, titulada “Entre guitarras, tonadas e historias”, fue también una invitación a mirar la cultura cuyana desde el presente.
Durante más de una hora, el músico de Algarroba.com reconstruyó una geografía afectiva en la que convivieron la Casa del Viento, Mercedes Sosa, Las Voces del Chorrillero, Juan Miguel Bustos, Ernesto Villavicencio y una extensa familia de cantores, poetas y personajes populares.
Habló de la cueca como un romance de pañuelos; del aro, que permite detener una canción para intervenirla; y del cogollo, esa dedicatoria improvisada que convierte a la tonada en un regalo personal.
A continuación, reproducimos una versión editada de su exposición. Se corrigieron errores propios de la desgrabación, se ordenaron algunos pasajes y se eliminaron reiteraciones, sin alterar el sentido ni el tono de sus palabras.
“Celebro estos espacios”
En primer lugar, quiero agradecer enormemente y celebrar estos espacios de encuentro, de amigarnos con la cultura y con nuestras vivencias. Cuando me invitaron pregunté: “¿qué tengo que hacer?” Porque en los escenarios muchas veces no podemos conversar demasiado. El mundo se ha convertido en algo tan vertiginoso que, cuando uno está frente al público, enseguida le dicen “cantá”.
Todo se parece un poco a los semáforos. Apenas uno tarda, ya empiezan a apurarlo. No podía venir a este encuentro sin la remera del Coquito y el Cholo.
Conseguí una de las pocas fotografías —creo que la única— en la que aparecen juntos, tomada en la intersección de Junín y Rivadavia y mandé a hacer esta remera.
El folclore musical está compuesto por tres aspectos: la música y los instrumentos, el canto y las danzas, pero yo agregaría también las casas y los personajes. ¿Qué sería de nuestro folclore musical sin esas casas y sin esos personajes? ¿Qué sería del folclore musical de San Luis sin la casa de la familia Ledesma, la Casa del Viento?
Voy a ir dejando algunas frases y algunas ideas. Después ustedes tendrán que investigar e ir a las bases. A veces, las bases no están en Google ni en internet. Están en algún tío, en algún abuelo o en alguna abuela. En las fotografías de la Casa del Viento aparecen Mercedes Sosa y muchos de los grandes protagonistas de la música popular.
Cuenta la historia que, durante uno de sus viajes vinculados con el exilio, Mercedes Sosa pasó por San Luis y se quedó en la Casa del Viento, en la casa de la familia Ledesma. Estuvo allí varios días —algunos dicen que varias semanas— antes de poder continuar su viaje. Una de las mayores referentes de nuestro folclore latinoamericano y de la música popular del mundo estuvo aquí, en San Luis. Era muy amiga de la familia.
Las Voces del Chorrillero
En otra fotografía aparece una de las primeras formaciones de Las Voces del Chorrillero. ¿Por qué es tan importante hablar de ellos? Porque eran de San Luis y porque hicieron historia.
En 1969, mientras el mundo hablaba de la llegada del hombre a la Luna, para mí también sucedió algo muy importante: Las Voces del Chorrillero ganaron el primer certamen Camino a Cosquín para nuestra provincia. Lo hicieron con una cueca de Julio César Navarro titulada “La Juana Bailona”.
El Camino a Cosquín, que hoy conocemos como Pre Cosquín, implica atravesar una serie de verdaderas batallas culturales. Las Voces del Chorrillero las ganaron en 1969. Y no hubo autobombo ni grandes festejos.
[Se escucha la versión original de “La Juana Bailona”.] Hay una frase de la canción que dice: “Pone la pata en quincha, pulsando alguna encordada”. Esos modismos y regionalismos son muy importantes. “Poner la pata en quincha” es apoyar la pierna en la silla y ponerse a cantar, pulsando la guitarra. La frase es maravillosa.
También existen diferentes versiones sobre la identidad de la Juana Bailona. Una sostiene que nunca existió y que puede representar a cualquiera de las Juanas y de las mujeres de San Luis.
Otra cuenta que Julio César Navarro construyó el personaje a partir de una mujer de la zona de El Volcán y Cruz de Piedra. Una mujer que tenía su caballo zaino, que recorría las fiestas populares y a la que siempre se la conoció sola. Nunca se le conoció marido. Era guitarrera, cuyana y bailarina, y dejaba hermosos recuerdos en los ranchos. Imaginen lo que significaba una mujer con esas características entre las décadas de 1940 y 1960.
Hablar en puntano
Quiero hacer un pequeño paréntesis porque desde hace mucho me apasionan los libros de doña Delia Gatica de Montiveros sobre nuestros regionalismos y modismos.
Seguramente a la gente de la Real Academia Española le deben arder los oídos cuando nosotros colocamos el artículo delante del nombre propio.
Decimos “la Érica”, “la Fabiana”, “la Nancy”. Gramaticalmente puede estar mal, pero ‘corazonalmente’ es hermoso.
¿Qué sería de nuestra puntanidad si dijéramos “vamos a lo de Érica” o “vamos a lo de Nancy”? Nosotros decimos:
—Vamo’ a la casa de la Nancy a tomá’ unos mates, que anda medio bajón.
Esos modismos y esos puntanismos aparecen en nuestros diccionarios y son parte de nuestra identidad. La cultura va transformándose y esos cambios generalmente son producidos por la gente, por el imaginario social y, muchas veces, por los jóvenes.
Tenemos, por ejemplo, el “cómo se llama”.
—Alcanzame el cómo se llama.
Pero el “cómo se llama” tiene dos direcciones. Una expresa un olvido o cierta pereza mental:
—Alcanzame del cajón el cómo se llama.
Mi vieja me decía eso y yo no sabía qué quería que le alcanzara. Pero también aparece cuando queremos hablar de alguien sin nombrarlo y elegimos el sarcasmo:
—Ha vuelto el cómo se llama.
—Ahí anda de nuevo con el cómo se llama.
Eso es muy puntano.
También tenemos el “no, si no, si…”. Cuando queremos decir que algo estuvo muy lindo, o cuando alguien duda de nuestra capacidad, respondemos:
—¿Qué te creés, que no soy capaz de hacerlo? No, si no, si.
En Villa Mercedes tienen una manera muy particular y muy marcada de decirlo. Me gusta observar todas esas diferencias. Ahora, entre los chicos y las chicas, también apareció el “no, manzana”.
—¿Te quedaste dormida?
—No, manzana.
Esas cuestiones nos galopan por las venas. Están arraigadas en nuestra manera de ser y de sentir. Desde allí también nace nuestra música. El paisaje nos pone música.
La cueca y la tonada
Hay dos ritmos muy característicos de nuestra región: la cueca y la tonada. Ambos poseen elementos muy particulares y, en algunos casos, exclusivos de Cuyo.
La cueca cuyana proviene de un largo recorrido. Su antecedente es la zamacueca del Perú, donde la música traída por la conquista se encontró con los ritmos de las culturas originarias. De allí surgió también la marinera peruana, que ya se parece más a nuestra cueca porque tiene una primera y una segunda parte.
Después, la música fue bajando con el viento hacia el sur y se convirtió en la cueca norteña, la cueca boliviana y la cueca de los collas, entre Bolivia, Jujuy y Salta.
Por la corriente colonizadora que atravesó Chile llegó también a nuestra región y se convirtió en la cueca cuyana. Existen distintas variantes: la cueca malargüina, cercana a la cueca chilena y nuestra cueca cuyana.
María Teresa “Cholita” Carreras de Migliozi decía que la cueca es un romance de pañuelos. En ese romance, al final tiene que producirse una conquista o un acuerdo amoroso.
Durante la primera parte todavía existe una duda. No hay exactamente un rechazo, pero sí una espera:
—Todavía no. Bailemos treinta y seis compases más y después vemos.
Es una danza de galanteo, de mucha picardía.
La cueca también está en nuestros movimientos cotidianos. Un paso, dos pasos, un pequeño juego corporal. La cueca nos transita el espíritu y el alma aun en esos movimientos diarios. Vamos, venimos y volvemos. Si trasladamos eso a la danza, es el paso de cueca cuyana.
El viento Chorrillero
Vamos a escuchar una poesía de Juan Miguel Bustos, a quien tuvimos el placer de conocer. Esta poesía fue escrita por Bustos y, varios años después, Ernesto Villavicencio se encontró con ella, la fragmentó para adaptarla a la coreografía y a los compases de la cueca y le compuso la música.
Es la única obra que tienen juntos un puntano, Juan Miguel Bustos, y un sanjuanino, Ernesto Villavicencio. Vamos a escuchar primero la voz de Juan Miguel Bustos y después la adaptación musical, para observar cómo la poesía adquiere una línea melódica y entra en las figuras de la cueca. [Se escucha a Juan Miguel Bustos recitando.] [Luego se reproduce la versión musical.]
Hay una metáfora hermosa: las casas se agachan con el viento. También está el deseo de Juan Miguel Bustos de descansar en nuestro cerro, en el lugar donde, metafóricamente, creemos que nace el viento Chorrillero: el Cerro de la Cruz.
Nombrar a los amigos
En la canción aparecen también nombres de amigos y de personas queridas. Esa es una vieja costumbre cuyana. Viene de la primera época de los casettes. Después de los discos de pasta, grabar un casette significaba un gasto que había que solventar. Una manera de conseguir ayuda era nombrar a un compadre o a una familia durante la grabación:
—¡Que viva el compadre Daniel Pineda!
Después, el compadre te daba una mano con la producción. Esa costumbre quedó y también nos diferencia de otras expresiones musicales del país. Nombramos a las familias, a los amigos y a quienes nos acompañan.
El aro
La cueca cuyana tiene una particularidad que la diferencia de muchas otras especies musicales: el aro. El aro es una intervención. Es la única oportunidad en la que cualquiera de los presentes puede acercarse, detener la ejecución de una canción y decir:
—¡Aro, aro, aro!
Generalmente se hace entre la primera y la segunda parte, o antes del estribillo final. La persona puede pronunciar una frase o hacer algún comentario. Puede ser una insinuación, una provocación o una propuesta, pero siempre dentro del jolgorio y la diversión.
Tradicionalmente, el varón decía el aro y recibía una respuesta bastante sarcástica o negativa de la mujer. También se pide un aro cuando la canción fue hermosa, divertida o estuvo muy bien bailada. Detenerla permite escucharla nuevamente.
Se cuenta que el Sapito Mendoza tiene el récord de aros en una misma cueca. En una farra realizada en Villa de la Quebrada le pidieron diecisiete aros. Cantó diecisiete veces la misma cueca. Saquen la cuenta: estuvo cerca de cuarenta y siete minutos cantando la misma canción.
Los aros también tienen que adaptarse a los tiempos. Las expresiones artísticas y folclóricas deben hacerse cargo de sus propios cambios.
Durante mucho tiempo se repetían bromas en las que casi siempre quedaba expuesta la comadre, la vieja o la mujer que estaba en la cocina. Todos fuimos parte de eso y debemos aprender.
La Juana Bailona también puede ayudarnos a pensar eso: una mujer protagonista de la historia, que cantaba, bailaba, recorría las fiestas y no necesitaba que se le conociera un marido.
La tonada
Pasemos ahora a algo que también nos galopa por las venas: la tonada. Cuando a uno lo invitan a estos encuentros es porque ya se está poniendo grande. Me doy cuenta al mirar a tantas personas gloriosas que admiro profundamente, gente que veía por televisión y que hoy está aquí.
Para hablar de la tonada tomé algunos textos de María Teresa Carreras de Migliozzi, de Jesús Liberato Tobares y de Isabel Aretz. Aretz sostiene que la tonada tiene raíces en la canción andaluza, que a su vez recibió influencias de la música llevada a España por los árabes.
Aquí aparece algo llamativo: el encuentro de esa canción andaluza con el yaraví, el canto ancestral del mundo andino. Entre el yaraví y el canto andaluz existieron rivalidades, sometimientos, contiendas y dominaciones mutuas hasta que finalmente se fusionaron en un íntimo abrazo y dieron vida a una nueva expresión: la tonada.
Pero en Cuyo tiene algo todavía más particular: el cogollo. En el diccionario, cogollo significa brote o retoño de una planta. Pero para nosotros, las cuyanas y los cuyanos, es un brote del corazón, nacido para hacer retoñar el afecto y florecer la amistad.
El cogollo consiste en una dedicatoria improvisada que se incorpora en la última estrofa de la tonada, después de un punteo un poco más prolongado. ¿Por qué se prolonga? Para darles tiempo a los cantores de preparar la improvisación. Ese momento produce expectativa. Mientras escuchan el punteo, todos empiezan a preguntarse interiormente:
—¿A quién se lo dedicarán?
Es un obsequio que los cantores ofrecen a una persona para expresar su afecto: a la comadre dueña de casa, a una madre, a un amigo que está de fiesta o a alguien especialmente querido.
El cogollo es uno de los elementos de la tonada que no provino directamente del canto español ni de las culturas originarias. Me gusta pensar que, cuando la tonada llegó a nuestra región, se impregnó de uvas, del viento Zonda y del viento Chorrillero. Se impregnó de las verbenas, de las aguas cristalinas, de la sonrisa de las cuyanas y de las manos laboriosas de los cuyanos. Y entonces apareció el cogollo.
La tonada se paga
Hay otra característica de la tonada que yo agregaría: la tonada no termina hasta que no se paga el cogollo. Si no se paga, la tonada puede durar siete años y nueve meses.
Cuando alguien canta una tonada en el escenario o en una farra y dedica un cogollo, hay que pagarlo. No se paga con billetes ni con una transferencia. Se paga con un trago.
Cuenta la tradición —y estamos respaldados por los libros de Cholita Carrera, Jesús Liberato Tobares y los documentos del Archivo Histórico— que quien no paga el cogollo puede recibir veinticinco años de ausencia de la casa del compadre.
Entonces, aunque le dediquen un cogollo en una cancha de fútbol llena, tiene que cruzar todo el estadio y pagarlo. Y si en ese momento no puede hacerlo, cuando la vida vuelva a reunirlo con esa comadre o ese compadre, deberá tomar un traguito.
No puede ser agua con gas nininguna de esas cosas que hacen mal a la salud. Tiene que ser un vinito o algún otro trago. Recién entonces finaliza la tonada: en el trago y en el abrazo.
El vals Provincia de San Luis
Para finalizar elegí una canción que, desde hace unos once años se ha vuelto cada vez más popular: “Provincia de San Luis”. Así como uno va a Santiago del Estero y escucha “Añoranzas” o “Puente carretero”, o llega a La Rioja y canta una chaya, es hermoso que en los festivales de nuestra provincia cuatro o cinco artistas interpreten “Provincia de San Luis” durante la misma noche.
Tuve la dicha, el placer y el privilegio de ser amigo de Eduardo Troncoso. También soy amigo de Silvia Zavala, hija de José Zavala, y de la familia de Alfredo Alfonso.
Por eso puedo cantar e interpretar esta canción desde adentro. Pude conocer parte de la manera en que fue gestándose. Alfredo Alfonso y José Adimanto Zavala jugaban a tocar la guitarra desde muy pequeños. Usaban tablas de cajones y simulaban ejecutar los instrumentos. Después se convertirían en dos figuras centrales de la música cuyana.
Entre sus composiciones crearon una obra instrumental para lucirse en el escenario. Es una pieza difícil de tocar, con una variación muy exigente, que titularon “Provincia de San Luis”.
Primero vamos a escuchar la versión instrumental original de Alfonso y Zavala. [Se reproduce la versión original.]
Con el tiempo, Eduardo Troncoso conoció la obra. Ya era amigo de Jorge Paredes y había venido algunas veces a San Luis. En Villa Mercedes participó de una guitarreada cuyana junto a Carlos García y los integrantes del Trébol Mercedino. Carlos tuvo una de esas ocurrencias mágicas que aparecen en las juntadas y dijo:
—Yo hago una versión de “Provincia de San Luis”, pero me gusta tocarla más lenta.
En esa guitarreada, Troncoso escuchó el vals ejecutado por Carlos García y sintió ganas de escribirle una letra. La composición ya existía. Lo que surgió fue la necesidad de encontrar una poesía.
Empezó a preguntar y a consultar sobre San Luis. Cuando vino a la provincia, lo llevaron a recorrer distintos lugares. También estuvo con el poeta Fabián Navarro y con Meneca, su compañera.
Cuando regresaron a Buenos Aires, Eduardo comenzó a escribir. Meneca, que era sanjuanina, contó que fue a una feria de libros usados y le compró textos de Antonio Esteban Agüero, de Polo Godoy Rojo y de Jesús Liberato Tobares.
Una mañana de sábado, Eduardo se puso a leer y ella comenzó a escucharlo cantar: “En este dulce vals se queda el alma prisionera…”. Meneca estaba cocinando y se emocionó.
—Negro, qué hermoso —le dijo.
Eduardo respondió que tenía dos problemas. El primero era que los cuyanos somos bravos. Pensaba que a los puntanos podía no gustarles y que a los mercedinos, cuando escucharan una canción de Alfonso y Zavala modificada, todavía menos.
Meneca le contestó: —Es hermosa. No creo que les caiga mal.
El segundo problema era que la letra no alcanzaba para completar el vals.
—Qué lástima que sea tan linda y no te alcance —le dijo ella.
Entonces Eduardo la besó. Según contó Meneca, no fue un beso de marido distraído: fue un beso apasionado. Se fue nuevamente a escribir. Con el tiempo apareció la frase: “Y no me alcanza el vals al describir los sentimientos”.
En 2011, después de una edición del Festival Nacional de la Calle Angosta, Eduardo se acercó hasta la camioneta en la que estábamos. Hacía frío. Llegó con uno de aquellos discos compactos transparentes, de la marca Verbatim, y nos dijo:
—Muchachos, tengo esto para que lo escuchen. Lo grabamos con Rubén Díaz y Hugo Guevara. Yo me atreví a escribirle una poesía.
Lo dijo con una humildad tremenda. Nos aclaró que todavía no podíamos interpretarla porque primero necesitaba conversar con Silvia Zavala, hija de José Zavala y heredera de sus derechos.
Vamos a escuchar aquella primera versión cantada de “Provincia de San Luis”, con la voz de Hugo Guevara y la poesía de Eduardo Troncoso. [Se escucha la primera versión cantada.]
Hay otra historia que me emociona muchísimo. Estábamos haciendo un programa en La Pulpería, el negocio de Marcelo y Jorge, y entrevistábamos a Cholita Carreras de Migliozi. Llegó Eduardo Troncoso y yo los presenté. Cholita lo miró y preguntó:
—¿Usted escribió “Provincia de San Luis”?
—Sí.
Entonces le dijo:
—Sepa que guardo por usted la más cariñosa de las envidias. Porque usted escribió lo que todas las puntanas y todos los puntanos tenemos en el corazón.
Y se dieron un abrazo.
Una canción de tres autores
Cuando armamos nuestra versión con los muchachos de Algarroba.com tomamos una decisión colectiva: incluir al final un fragmento de la variación instrumental original.
Después de la parte cantada entran las guitarras y aparece el tramo más rápido de la composición. También es muy importante agradecer la generosidad de Silvia Zavala, que le respondió a Eduardo:
—Sí, cómo no. Va a ser un placer.
Desde que ella lo autorizó, alrededor de 2012 o 2013, la canción pertenece a sus tres autores: Alfredo Alfonso, José Zavala y Eduardo Troncoso.
“Creíamos que era normal”
Quiero terminar agradeciendo a los amigos y las amigas que están siempre, y especialmente la presencia de mi viejita. Gracias, vieja. Cuando crecíamos con mi hermana, la Negra, creíamos que era normal que llegaran serenatas a las casas. Creíamos que en todas las familias aparecían guitarras y que, en cualquier momento, alguien decía:
—¿Vamos a bailar una cueca?
Yo iba medio dormido a la escuela porque pensaba que en todas las casas se quedaban de guitarreada durante la noche. Creíamos que era común bailar una cueca con mi abuelo, mi abuela, mi vieja y mi viejo cualquier día de la semana.
En casa también se hacían salsas, dulces de durazno y de pera. Después había que guardarlos bajo llave para que nadie se los comiera. Mi viejo tiene una vitrina con dos candados.
Uno piensa: —¿Qué necesidad hay de ponerle dos candados? ¿Guardará los dólares o los ahorros? No. Guarda las botellas de salsa, los dulces y las frutas en grapa.
Crecer en ese ambiente nos dio una formación que hoy valoro profundamente. Por eso vuelvo al principio: celebro estos espacios. Celebro que la puntanidad nos cuide, nos atraviese y que podamos reivindicarla y revalorizarla en cada instante. No debemos mirarla con color sepia o amarillo, como si fuera una fotografía vieja.
La cultura es dinámica. Se transforma y se adapta. Desde aquel “alcanzame el cómo se llama” hasta el actual “no, manzana”, hay una historia que sigue caminando. Tenemos miles de años de historia humana detrás de nosotros y debemos ser dignos y dignas de ella. Muchas gracias.
