No son tantos los personajes contemporáneos que han logrado trascender en el reconocimiento popular de Villa Mercedes y muchos menos aun son aquellos que no están ligados a la música, al deporte o la política, sino que desde la religión lograron impactar en la vida de la comunidad y escribir su nombre en las páginas de la historia de la ciudad. Monseñor Eduardo Francisco Miranda fue uno de ellos y, a 13 años de su partida, fue recordado y homenajeado por feligreses y vecinos en general.
El “cura guacho”, como lo apodaron por sus travesías durante sus primeros años como sacerdote en el norte puntano, nació el 24 de julio de 1934 en San Luis, Capital. Falleció un 25 de febrero de 2013 a las 19:15 en Buenos Aires, donde estaba internado por un cáncer de hígado que le arrebató la vida de forma abrupta y repentina, a sus 78 años.
“Aunque gran parte de su vida transcurrió en Villa Mercedes, tuvo una misión y apostolado muy importante en toda la provincia”, señaló Carolina Sosa, quien además de ser la secretaria General, de Cultura, Turismo y Deporte del Municipio, también fue una persona muy cercana a Miranda y lo acompañó (literalmente) hasta los últimos suspiros en el hospital antes de entregarse a Dios.
Es que su tarea pastoral tuvo un paso destacado en la Iglesia “Santa Bárbara” de Concarán, desde donde atendió las necesidades espirituales de varios pueblos y parajes de esa región, como San Martín, Las Chacras, Tilisarao, Naschel, San Pablo, La Toma y Paso Grande, entre otros, a los que muchas veces llegaba a caballo o en motoneta.
Pero fue en la tierra de la Calle Angosta dónde entregó su corazón y el vigor de sus mejores años. En 1974 fue nombrado párroco en la Iglesia del Sagrado Corazón, con la particularidad de que todavía no existía un templo que albergara a los feligreses de los nuevos barrios, cuando solo había tres iglesias en la ciudad (La Merced, San Roque y San José). El cura tuvo la misión de encabezar un proyecto de recaudación de fondos y de construcción que se extendió hasta 1999 y que dejó como resultado un de los templos más conocidos y visitados de la ciudad.
Mientras tanto, gestionó la edificación de otras capillas que luego se convertirían en parroquias: San Cristóbal, Nuestra Señora de la Paz (que hizo en cumplimiento de una promesa que le hizo a Dios si se disipaba el conflicto con Chile por el Canal Beagle) y Virgen de los Dolores.
Su influencia incluso trascendió los límites de la vida religiosa y se volvió un actor social fundamental para la ciudad. En 1991 integró la Convención Constituyente que elaboró la Carta Orgánica, en 1997 fue nombrado “Prelado de Honor de su Santidad”, un reconocimiento honorífico de El Vaticano que le valió ser llamado con el título de Monseñor y también fue distinguido como “Hijo Dilecto” de la ciudad por el Senado de la Nación en 2006. “Lo bueno es que todos estos reconocimientos los pudo recibir en vida “, destacó Sosa.
Uno de los homenajes más importantes a su memoria quedó plasmado en el puente colgante que une al barrio La Ribera con el resto del ejido urbano local, que fue inaugurado en 2014 por el gobernador Claudio Poggi en su primera gestión en la provincia, a pedido de los feligreses.
“En la comunidad parroquial lo tenemos muy presente y en toda la ciudad, porque él amaba Villa Mercedes y siempre estaba pensando en ideas, en proyectos para hacer. Cuando viajaba a otros lugares, siempre traía imágenes, que son las que hoy tenemos en la Iglesia del Sagrado Corazón y son las que recorren las calles, porque así lo quería él”, recordó la funcionaria.
Esa misma parroquia fue el escenario ayer de una misa oficiada en su honor, a partir de las 20, que reunió a feligreses y autoridades que recordaron su valor para la comunidad. Y en ese mismo lugar es donde descansan sus restos. “Su voluntad fue siempre terminar a los pies de la Virgen y hoy está al pie de la Virgen de la Medalla Milagrosa, en su casa, su parroquia”, dijo y agregó: “Nos dio tantas enseñanzas y nos dejó un legado tan grande que lo recordamos siempre y nos hace mucha falta en la actualidad”.