Dr. Miguel Rey Nores
«Basta de palabras que no han salvado a la patria. Aplaudo, felicito, me postro ante los héroes de la independencia; cantaré vuestras glorias, tributo mi admiración a la nobleza de los argentinos; pero también señalaré sus llagas, apartando los ricos envoltorios que encubren vuestra degradación. Se trata, señores, de edificar la república argentina. (Fray Mamerto Esquiú – 9 de julio de 1853)».
Cuando mencionamos el vocablo «Patria» con su componente emocional, glorioso, triunfal, pareciera que se «enseñorea» en nuestras mentes y nos «toma por asalto». Lo cierto es que pocas nociones «políticas» admiten tal cantidad de significantes y han resultado tan desvirtuadas en pos de fines inconfesables.
Existe una noción de «Patria» más personal o si se quiere individualista. La tierra donde vivieron nuestros ancestros; suelo que nos cobijó al nacer, donde elegimos traer a la existencia a nuestros hijos y donde confiamos sean felices junto a nuestros nietos. Tan sagrada, porque la «sangre» de ellos ha bañado dicho territorio. Pero también podríamos referir a un «sentido colectivo», haciendo alusión a esa suerte de fuerza unificadora, que nos enlaza, nos hace parte de un «cuerpo único; que sabiéndose diferente de otros, abraza esas diferencias y se proyecta al futuro con la esperanza de un porvenir venturoso. Este segundo sentido, se emparenta con el concepto de «nación» de José Ortega y Gasset: «un proyecto sugestivo de vida en común».
Y es precisamente sobre este «proyecto de vida en común» donde los argentinos evidenciamos -casi desde nuestra génesis-, profundas diferencias. Cuando el periodista Jorge Lanata aludiera a estas diferencias, logró resignificarlas, apelando al término «grieta». Con su fuerza simplificadora nos hizo accesible el describir cómo vivimos los argentinos: «enfrentados». Pero avancemos otro paso y demos respuesta a un interrogante clave: ¿qué fuerzas originaron esta fractura que padecemos?
Simplificando la compleja realidad política planetaria podríamos valernos de «conceptos» o «imágenes» propios de la «geología». Así, el escenario «multipolar» emergente de la conclusión de la «guerra fría» nos presenta una «corteza global» dividida en placas mayores, intermedias y menores. Las primeras, siguiendo a Samuel Huntington podríamos nominarlas: «occidental», «musulmana» , «islámica», «hindú», «ortodoxa», «sínica» y «budista». Cada una reconoce fracturas «intermedias» y «menores». Las «intermedias, en «occidente» originan la separación de Europa de la América del Norte y de Latinoamérica.
Ahora bien, múltiples «naciones» latinoamericana se ven atravesadas por una «línea de fractura», si se quiere menor, que las «divide» de manera invisible, emergente de los movimientos de placas en «sentidos contrapuestos» que las animan. Sus fuerzas son la «resultantes» de dos modelos de organización institucional antagónicos; uno de raíz latina ( greco romano ); el otro de origen anglosajón, que con matices, estuvieron presentes en sus respectivos orígenes.
Esta «fricción» o «choque» de placas tiene momentos de máxima tensión y conflictividad, seguidos de otros de relativa estabilidad. Este avance contradictor hace que una de ellas se imponga -según las circunstancias- a la otra, doblegándola de manera provisional. Cuando por un cambio de dirección, velocidad o la propia resistencia de la placa «sometida», esta logra liberarse de su contradictora, se producen múltiples eventos, muchos de ellos catastróficos ( terremotos y tsunamis ).
Anticipado que ha sido este análisis «geo-político» regresemos a nuestros orígenes «patrios». Ni bien logramos liberarnos de la «dominación española», esas tensiones subterráneas subyacentes se manifestaron de manera violenta, sumiéndonos -por cuatro décadas- en feroces luchas intestinas. Lo paradojal es que estas «colisiones» y las fuerzas que las motivaron, fueron estudiadas y explicadas por Juan Bautista Alberdi, hace muchísimos años. Pero, lo hemos olvidado o peor aún, lo desconocemos.
El «modelo latino», con sus raíces culturales greco romanas y pre cristianas, abraza con pasión, la deificación de la «Patria», y de alguna manera proyecta tales caracteres en sus gobernantes a los cuales necesita atribuirles caracteres extraordinarios y cuasi sobrehumanos; más propios de dioses del Olimpo griego que de simples mortales. El logro de una «Patria» libre de toda «dominación extranjera» y -por cierto- «soberana», lo requiere todo. Ante su altar hay que ofrendarlo todo.
La «Patria», así concebida, -y por efecto reflejo-, sus representantes en la tierra, pueden exigirlo todo, siendo una «traición» el retacearle cualesquiera de las libertades individuales en pos de una igualdad absoluta de por si inalcanzable. La Patria «enamorada de la igualdad termina divorciada de la libertad» nos dirá Juan Bautista Alberdi. Logramos si, una «Patria» libre y «soberana», pero con ciudadanos esclavos y dependientes; convertidos en «siervos» de aquella.
Por el contrario en el modelo «anglosajón» la lucha más valorada no se ha librado en contra de «dominaciones extranjeras», sino en aras de obtener un «desarrollo soberano de las libertades individuales», verdaderos ciudadanos «independientes» de su «gobierno Patrio». Ello posibilitó que sus ciudadanos gocen hoy de los mejores estándares de vida en el planeta. No existe casualidad alguna, es «pura causalidad».
Este modelo «anglosajón» nos vino «injertado» en un «patrón» de raíces inequívocamente «latinas» al modo propuesto por Alberdi en su proyecto de constitución de 1852. Siguiendo su «modelo» de organización, los convencionales constituyentes buscaron «equilibrar». Que la libertad de la «Patria» tuviera como límite la «libertad sagrada de los individuos». Que liberados de la dominación externa, los argentinos no fueran «sometidos» luego por sus propios gobernantes.
Cuando analizamos la realidad de Latinoamérica, resulta fácil señalar cuál de los modelos se impone en países como Venezuela, Nicaragua y Bolivia. Y los resultados devastadores de tal desequilibrio, están a la vista.
Todo lo anterior no supone negar -para el modelo Alberdiano- que en ciertos casos, los derechos individuales deban ceder o inclinarse ante las exigencias de la construcción de una «casa común», pero los «equilibrios» son críticos. Cuanto mayor poder transfiere el pueblo al estado, mas rehenes se convierten sus ciudadanos del poder tiránico de que han investido a su «gobierno patrio».
A comienzos del siglo XX, Argentina logró un lugar de privilegio entre las naciones prósperas del planeta. Por aquel entonces, cada habitante de estas tierras resultó dueño y señor de su persona, bienes, vida y hogar. Si hoy ha dejado de serlo, es luego de un prolongado extravío y alejamiento de nuestra «institucionalidad»; de incumplir nuestra «carta de navegación».
Por todo ello, en esta «celebración« de nuestra «independencia», no olvidemos que recuperar el lugar perdido en el concierto de las naciones desarrolladas y prósperas del planeta, está en nuestras manos. Para ello debemos vigilar y exigir de nuestros «gobiernos patrios» la más fiel y estricta observancia de nuestra Constitución Nacional. En particular, «reconducir» su accionar al cumplimiento de su «rol» fundamental, que no es otro que el «empoderar al ciudadano argentino», para que siendo este «grande», contribuya a la grandeza de su «Patria».
Concluyamos estas celebraciones recordando al insigne Juan Bautista Alberdi:
«A la libertad del individuo, que es la libertad por excelencia, debieron los pueblos del Norte la opulencia que los distingue. No han debido su grandeza y opulencia al poder de sus gobiernos, sino al poder de los individuos. Haciendo su grandeza particular cada ciudadano contribuyó a labrar la de su país.»
«Este aviso interesa altamente a la salvación de las Repúblicas de origen latino»...
«La libertad es el límite sagrado en que termina la autoridad de la Patria».