Con apenas 35 años, Juan José Martínez ya acumula una trayectoria que pocos profesionales logran en toda una vida. Nacido en San Luis y egresado de la Universidad Católica de Cuyo, obtuvo su título de médico veterinario en 2021, pero su camino profesional comenzó lejos de su provincia.
Desde sus años de estudiante, la vocación estaba clara. No eran las vacas ni la clínica tradicional lo que más lo atraía, sino el mundo de los caballos, un universo donde cada detalle cuenta y donde el valor económico y genético de los animales eleva la exigencia al máximo nivel.
“Siempre me tiraron los caballos; es un ambiente mucho más exigente, porque el valor del animal es muy alto y cada procedimiento tiene que salir perfecto”, comentó durante una extensa entrevista con Todo Un País.
Con esa convicción, tomó la decisión de emigrar a Buenos Aires apenas recibió su título. Allí comenzó a trabajar con caballos cuarto de milla, especializándose en reproducción, el área que pronto se convertiría en su sello profesional.
El primer gran giro en su carrera llegó casi sin aviso. Un contacto profesional lo llevó a México, un país donde la actividad ecuestre y los grandes ranchos ofrecen oportunidades únicas para quienes dominan la reproducción equina.
Durante su estadía trabajó en distintos estados, aunque fue en Guadalajara donde consolidó su experiencia, especialmente en la reproducción de caballos españoles y cuarto de milla.
En esos años perfeccionó técnicas como extracción de semen equino; inseminación con semen fresco, refrigerado y congelado; transferencia embrionaria y manejo reproductivo integral de yeguas de alto valor
La rutina era exigente y precisa. Cada procedimiento implicaba protocolos estrictos y documentación detallada, muy diferentes a los sistemas más flexibles que conocía en Argentina.
“Todo se hacía por escrito; para pedir semen tenías que enviar documentación, datos de la yegua, del propietario, del veterinario; era todo extremadamente controlado”, recordó.
Tras varias temporadas en México, regresó a Argentina para continuar su formación en centros de transferencia embrionaria en la zona de Lobos, donde trabajó con caballos de polo. Pero la oportunidad que marcaría su historia estaba aún por llegar.
El desafío inesperado
En plena temporada laboral en Buenos Aires, recibió una propuesta difícil de rechazar, trabajar en Qatar para un jeque dedicado a la cría de caballos árabes de exposición.
La decisión fue inmediata: “Muchos me decían que estaba loco por irme sin conocer el lugar ni dominar el idioma, pero yo siempre pensé que el que no arriesga, no gana”.
En ese país encontró un mundo completamente distinto. Las caballerizas cuentan con aire acondicionado permanente, incluso en pleno desierto. Las yeguas descansaban en boxes climatizados, y los equipos de reproducción son de última generación.
La infraestructura era impresionante. Microscopios de alto nivel, autoclaves, estufas especializadas y materiales de marcas líderes en reproducción animal.
“Antes de viajar me pidieron una lista con todo lo que necesitaba. Yo pensé que algunas cosas eran demasiado caras, pero las compraron igual. No escatimaban en nada”, valoró.
Su trabajo consistía en manejar programas reproductivos completos, desde la inseminación hasta la transferencia embrionaria en caballos árabes de elite.
Pero la experiencia en Qatar no solo fue profesional. También fue una vivencia límite que lo marcó profundamente. Todo cambió el 28 de febrero, cuando se encontraba pescando en el mar junto a otros trabajadores. De repente, escucharon explosiones a la distancia. Minutos después, comenzaron a sonar alarmas en los teléfonos móviles.
“Veíamos cómo interceptaban misiles en el cielo; desde mi departamento, en un piso alto, podía ver las explosiones y las ventanas temblaban”, recordó.
Las alarmas sonaban a cualquier hora del día o de la noche, indicando posibles ataques. Dormía vestido, preparado para evacuar en cualquier momento.
La situación se volvió crítica cuando el espacio aéreo fue cerrado. Sin vuelos disponibles y sin cobrar uno de los meses trabajados, quedó atrapado en una realidad incierta.
“Fue un momento muy duro; sin trabajo, con la guerra en marcha y sin saber cuándo podría salir”, relató. Durante semanas vivió con la tensión constante de nuevas alarmas y explosiones, mientras el país mantenía estrictas normas de seguridad y vigilancia permanente.
Un mundo de contrastes y control
Más allá del conflicto, la vida cotidiana en Qatar también dejó impresiones profundas. El país le mostró un contraste marcado entre el lujo extremo y la desigualdad laboral. Mientras las instalaciones ecuestres eran dignas de un cuento de hadas, gran parte de la mano de obra extranjera vivía en condiciones precarias.
El control estatal también era absoluto. Cámaras en cada rincón, restricciones para tomar fotografías y multas automáticas por infracciones mínimas: “Una vez filmé cerca de la casa de gobierno y en segundos apareció la policía. Me hicieron borrar todo”.
Además, vivió el Ramadán, período en el que está prohibido comer o beber en espacios públicos durante el día, lo que implicó adaptarse a un estilo de vida completamente distinto. La escalada bélica y la incertidumbre económica lo llevaron a tomar una decisión difícil, regresar a Argentina.
El retorno significó volver a empezar desde cero. Hoy, nuevamente en San Luis, busca reconstruir su camino profesional junto al veterinario Marcelo Orlando, con quien se asoció para retomar actividades en el ámbito local.
Mientras espera completar los requisitos administrativos y exámenes sanitarios ante el SENASA, participa en tareas sanitarias, controles reproductivos y asesoramiento a productores.
También se ha reintegrado a la vida institucional rural y participa activamente en actividades ganaderas y eventos técnicos, convencido de que la visibilidad es clave para volver a insertarse en el medio. “Cuesta empezar de nuevo —admite—, pero estoy dispuesto a hacerlo”.
A pesar de las dificultades económicas y logísticas, como la falta de vehículo propio o la necesidad de reconstruir una cartera de clientes, Martínez mantiene intacta la motivación que lo llevó a cruzar continentes.
Su experiencia internacional, marcada por tecnología de punta y situaciones extremas, hoy se convierte en una herramienta valiosa para el desarrollo profesional en su provincia.
Sabe que el camino será largo, pero también entiende que la perseverancia es parte esencial de la profesión: “Volví con muchas experiencias y muchas ganas; ahora toca empezar de nuevo y demostrar lo que aprendí”.
La historia de Juan José Martínez no es solo la de un veterinario que trabajó en lugares remotos. Es el relato de un joven profesional que eligió arriesgar, aprender y volver, llevando consigo la certeza de que la pasión por la vocación puede atravesar desiertos, guerras y fronteras, sin perder nunca el rumbo hacia el lugar de origen.