Nació el 27 de enero de 1797, en La Carolina. Fue soldado de Belgrano. Dio clases de filosofía en Buenos Aires y Mendoza, de donde lo expulsaron por sus ideas que renovaban la educación.
Antepasado ilustre de Jorge Luis Borges, que lo admiraba profundamente, el poeta, músico, militar, docente y filósofo sanluiseño Juan Crisóstomo Lafinur debe su trascendencia entre los puntanos, más por su apellido, impreso en calles, escuelas y plazas, que por el conocimiento que la población tiene de su valor en la historia puntana y argentina. El hijo dilecto de La Carolina nació un 27 de enero como hoy, en 1797.
Si, como en la música, en la historia hubiera un “Club de los 27”, él lo integraría. A esa edad murió en Santiago de Chile, al sufrir una caída de un caballo que le lesionó el hígado. Se había radicado en ese país como una salida ante los obstáculos a los que se enfrentó en su labor educadora, en Buenos Aires y Mendoza, donde sus ideas chocaban contra la enseñanza clásica, atravesada por la impronta de las ideas religiosas.
“En la historia argentina, hay personas atroces, como Juan Manuel de Rosas, que han dejado una imagen vívida, y otras personas admirables, San Martín por ejemplo, que han dejado una imagen pálida relativamente. Y hay otros -y eso es lo más importante- que han dejado una imagen querible, y yo diría que Juan Crisóstomo Lafinur es de éstos últimos”, manifestó Borges en una conferencia que brindó en el Aula Magna del entonces Colegio Nacional ‘Juan Crisóstomo Lafinur’, de San Luis, en noviembre de 1976.
Juan Crisóstomo nació en La Carolina cinco años después de la fundación del pueblo, surgido por la “fiebre del oro” desatada gracias al descubrimiento de una mina de ese metal precioso en ese paraje, antes conocido como San Antonio de las Invernadas. Sus padres fueron el militar español Luis de Lafinur y la cordobesa Bibiana de Pinedo y Montenegro.
Estudió en la universidad de Córdoba, donde se diplomó como bachiller, licenciado y maestro de artes. Más tarde, se sumó al Ejército del Norte, bajo las órdenes del general Manuel Belgrano, a quien admiraba y le dedicó sentidos poemas tras su muerte en 1820. Una de esas odas incluye los versos que Borges, su sobrino bisnieto, gustaba recitar en voz alta:
“Murió Belgrano ¡Oh, Dios! Así sucede la tumba al carro, el ‘ay’ doliente al ‘viva’, la pálida azucena a los laureles.”
En Tucumán, Lafinur ingresó en la Academia de Matemáticas creada por Belgrano para ampliar los conocimientos de los soldados y alcanzó el grado de teniente, pero pidió su retiro en 1817 para atender a las necesidades de su madre y sus hermanas.
Atraído por las letras y la música, se radicó en Buenos Aires. El director supremo de las Provincias Unidas, Juan Martín de Pueyrredón, le concedió la cátedra de Filosofía del Colegio de la Unión del Sud.
Entonces comenzaron las resistencias contra el puntano. El sacerdote Francisco de Paula Castañeda y otros cuestionaron su prédica por lograr la secularización de la enseñanza y lo obligaron a renunciar a la cátedra en 1820.
Más tarde se instaló en Mendoza, donde dictó clases de filosofía, elocuencia, francés, economía, literatura y música en el Colegio de la Trinidad. Y dirigió un periódico. Pero su posición filosófica, su adhesión a la Ideología -sostenida en Francia por filósofos como Condillac y Destutt de Tracy-, también le generó rechazos.
El Cabildo de Mendoza lo exoneró de sus cátedras y debió marcharse a Chile en 1822.
“Digamos que Lafinur más allá de la mitología cristiana fue más bien un deísta, él creía en Dios como creía Voltaire”, dijo Borges en su conferencia. “Él (fue) partidario de la Revolución, partidario de lo que es ahora la República Argentina y antes fue el Estado argentino, partidario de que todas las cosas se renovaran en ese polvoriento virreinato que fue el nuestro”.