Locura de la dictadura: durante Malvinas, el futbol no paró

Cuando Argentina entró en guerra con Inglaterra por las Islas Malvinas, la pelota siguió girando. El torneo local continuó y los partidos de la Selección en España se vivieron con normalidad.
4 de abril de 2026
En España las tribunas se inundaron de banderas y pancartas y el himno se cantó con más fuerza que nunca.

El domingo 13 de junio de 1982, Argentina perdió 1-0 contra Bélgica en el inicio del Mundial de España. Ese partido es un absurdo, que apenas se entiende en el delirio de un país en dictadura.

En el detalle del periodista Andrés Burgo, que escribió en 2014 y hoy recreamos en Todo Un País, aquel debut mundialista se jugó en simultáneo a los combates finales en las Malvinas. A la misma hora en que la Selección se presentaba en el Camp Nou, la artillería inglesa recuperaba los montes cercanos a Puerto Argentino y avanzaba hacia la capital de las islas. Nuestros soldados retrocedían.

El final de la guerra sería cuestión de horas. Al día siguiente, el lunes 14 de junio de 1982, mientras la patria futbolera lamentaba la derrota en España, los militares argentinos firmaron la rendición. Si hubiera sido posible dividir la pantalla de los televisores en dos –como sucede en las definiciones de los campeonatos–, en una mitad habríamos visto el comienzo del Mundial y en la otra, la definición de la guerra.

¿Cómo fue posible que dos hechos tan antagónicos convivieran hace 44 años y una armonía? Una reconstrucción de aquellos días evidencia que el fútbol argentino no detuvo su marcha durante los dos meses y medio que duró la guerra.

La guerra había comenzado el viernes 2 de abril por la madrugada. El dato olvidado es que ese mismo día, por la noche, también arrancó la novena fecha del Nacional de Primera División. Fue un partido sin incidencia, Central Norte de SaltaMariano Moreno de Junín, pero que certifica cómo respondió el fútbol ante el horror.

Y en las horas siguientes, en el fin de semana del sábado 3 y el domingo 4 de abril de 1982, los campeonatos de Primera y del Ascenso continuaron con normalidad.

La gente saltaba para no ser inglés y muchos de los partidos se jugaron con carteles alusivos en los alambrados: “Las Malvinas siempre fueron argentinas”.

El fin de semana siguiente, el sábado 10, el fútbol volvió a convivir con la guerra: el mismo día en que el militar a cargo del Poder Ejecutivo, el teniente general Leopoldo Galtieri, desafiaba a los ingleses desde el balcón de la Casa Rosada –aquel discurso del “si quieren venir, que vengan”–, Los Andes y San Lorenzo empataban 3 a 3 en Lomas de Zamora.

El domingo 11, River le ganaba 2 a 0 a Gimnasia de Jujuy, Boca perdía 2 a 1 contra Central Norte y Ferro, el futuro campeón de ese Nacional 82, vencía 3 a 1 a San Lorenzo de Mar del Plata.

Fueron días de delirio en los que River y Boca estuvieron cerca de jugar un amistoso en las Malvinas para elevar la moral de los soldados argentinos. Hasta el presidente de Boca, Martín Benito Noel, justificó la idea: “Creo que es un deber patriótico de los dirigentes alegrar a nuestros muchachos en las islas”.

También la Selección continuó preparándose para el Mundial y el 14 de abril empató 1 a 1 contra Unión Soviética en el “Monumental” –fue durante la gira en la que los soviéticos perdieron contra Loma Negra de Olavarría–.

Como todo servía para “alegrar” a los chicos de la guerra, el partido de Argentina y las dos fechas anteriores del Nacional fueron transmitidos en directo a las Islas Malvinas.

En esa lógica nacionalista no hubo quejas ni sorpresas por la participación de Argentina en el Mundial: en la simbiosis tan cotidiana entre el futbol y la patria, la Selección era un ejército deportivo.

Antes del viaje, los militares les repartieron a los jugadores documentos instructivos sobre cómo debían responder en caso de preguntas alusivas a la guerra.

Pero bastó que los futbolistas llegaran a España y leyeran los diarios de ese país para advertir que la euforia que se vivía en Argentina era ficticia. La prensa europea informaba de un escenario diferente al que mostraban los matutinos de Buenos Aires.

Los británicos ya habían desembarcado en algún punto de las Malvinas el 21 de mayo, a la búsqueda de reconquistar Puerto Argentino. Tres semanas después, el domingo 13 de junio, la Selección debutó en el Mundial.

El fútbol estaba tan presente en la agenda diaria que ese domingo también se jugaron las revanchas de las semifinales del Nacional: Talleres y Ferro empataron 4 a 4 en Córdoba y Quilmes superó 1 a 0 a Estudiantes en La Plata. Además, San Lorenzo goleó 3 a 0 a El Porvenir en la cancha de Independiente por la Primera B y, lo dicho, Argentina perdió 1 a 0 contra Bélgica en Barcelona.

En el Atlántico Sur, la última ofensiva inglesa en los alrededores de Puerto Argentino había comenzado a las 2:50 del día anterior, el sábado 12.

El ataque final, que duraría 72 horas –justo en medio del partido de Argentina contra Bélgica–, se incrementó el domingo con la conquista inglesa de los montes Dos Hermanas y Harriet. Entre los soldados argentinos había tres que, años después, jugarían en Primera División. Los casos más conocidos son los de Omar De Felippe –ex jugador de Huracán; técnico de Olimpo, Quilmes e Independiente– y Luis Escobedo –ex defensor de Los Andes, Belgrano, Colón y Vélez–. El tercero que cambió trincheras por césped fue Raúl Horacio Correa, un lateral izquierdo correntino que jugaría 9 partidos en Mandiyú en el campeonato 1988-89 de Primera A y otros 52 en la B Nacional, torneo del que salió campeón en la temporada 1987/88.

Los ingleses lanzarían la ofensiva definitiva ese mismo domingo a las 22:30. Los argentinos cedieron primero los montes Tumbledown y Wireless Ridge, resistieron en inferioridad de tecnología y medios durante toda la noche, y se rindieron en Puerto Argentino al mediodía siguiente, el lunes 14 de junio, cuando ya había comenzado a nevar.

La presidencia de facto de Galtieri terminaría el viernes 18, el día en que Argentina goleó 4 a 1 a Hungría en Alicante. Cientos de soldados argentinos volvían al continente como prisioneros de guerra en un buque inglés y escucharon el partido encerrados en las celdas. Gritaron los goles como lo que en muchos casos eran: muchachos que amaban al fútbol y al Mundial.

Los británicos temieron una rebelión a bordo pero no: simplemente eran jóvenes festejando el triunfo de su Selección. Atrás quedaban las Malvinas y una bandera blanca izada.

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