Pedaleó 400 kilómetros solo hasta la Difunta Correa para cumplir una promesa

Fernando Barreda tiene 22 años y viajó en bicicleta desde Villa Mercedes, San Luis, hasta Vallecito, San Juan. Pasó tres etapas en el desierto, con viento en contra, una tormenta y 33 grados, y a pocos kilómetros de la meta lo sorprendieron sus dos hermanos.
3 de noviembre de 2026

Fernando Barreda creció en una familia católica, con una devoción que heredó y que lo lleva desde hace unos siete años al santuario de la Difunta Correa, en Vallecito, San Juan. Fue en auto, en moto y en otros vehículos. Pero desde el año pasado eligió otra forma de llegar: la bicicleta.

“La primera promesa en bici fue por un problema de piel que no se me iba con nada. Prometí que si me curaba, iba en bicicleta. Se cumplió y cumplí”, cuenta. Este año hizo una nueva promesa, también se cumplió, y decidió volver a subirse a la bici. Esta vez, sin compañía.

Tres etapas, cuatro días

El recorrido fue de 400 kilómetros, divididos en tres etapas. La primera lo llevó de Villa Mercedes a San Jerónimo: 120 kilómetros. Al día siguiente una tormenta y la lluvia fuerte le impidieron salir, así que tuvo que esperar un día. Recién el miércoles retomó con la etapa más larga, 180 kilómetros hasta Encón. El jueves completó los últimos 100 kilómetros hasta la Difunta Correa.

Fueron tres días de pedaleo en cuatro días de viaje, con viento de frente, humedad y un sol de 33 grados sobre el desierto sanjuanino. En el último tramo el agua se le terminó. “Cargué cuatro litros y pensé que con eso iba a andar bien, pero el viento y el sol me agotaron. Fue un viaje de sufrimiento y de felicidad a la vez”, resume.

“Viajé solo, pero nunca me sentí solo”

Aunque recorrió toda la ruta por su cuenta, Fernando asegura que la compañía nunca le faltó. “En el camino me cruzaba con vehículos, aunque esa ruta es muy poco transitada. Me tocaban bocina, frenaban para sacarse una foto, para preguntarme cómo iba, de dónde venía y hacia dónde iba. Es impresionante e incondicional el apoyo de la gente”, relata. A eso se sumaron los mensajes que le llegaban por redes sociales, donde fue compartiendo cada kilómetro.

La sorpresa final

El momento que más recuerda llegó a unos 15 o 20 kilómetros del santuario. “Ya estaba agotado, mental y físicamente. Pasó una moto, me tocó bocina, y yo, con la cabeza gacha, levanté la mano para saludar. Después se puso al lado mío, miré para arriba y eran mis dos hermanos”, cuenta emocionado.

Habían salido desde Villa Mercedes para llegar con él a la meta. Fernando no sabía nada: en esa zona no hay señal y no le llegaban los mensajes. “Me renovó el ánimo y la energía. Esos últimos kilómetros los hice como si no hubiese pedaleado nada, como si estuviera nuevo. Me llenó de orgullo llegar juntos”.

Martín Barreda y Pablo Barreda, sus hermanos, quienes lo acompañaron los últimos 20 km

“No caía de lo que había hecho”

Al llegar a Vallecito, la magnitud de lo que había logrado tardó en aparecer. “Sinceramente no caía. Cuando me senté a comer empecé a pensar en todo lo que hice: solo, en el desierto. Ahí me fueron saliendo las emociones”, recuerda. En ese momento grabó un video que después compartió en sus redes: “Todas esas palabras me salieron del corazón”.

El año anterior había hecho el mismo viaje acompañado, y marca la diferencia: “Hacerlo solo fue muy distinto. Viví muchas más cosas que el año pasado”.

Al día siguiente desarmó la bicicleta y volvió a Villa Mercedes en colectivo.

Lo que viene

Fernando practicó atletismo, kick boxing, ciclismo y fútbol, y ya piensa en un desafío más grande para la próxima vez. Las opciones son ir y volver en bicicleta, unos 800 kilómetros, o combinar el ciclismo con el atletismo y hacer los últimos 50 a 100 kilómetros trotando.

Después de compartir su viaje, mucha gente le escribió para preguntarle cuándo es la próxima salida y para pedirle acompañarlo.

Agradecimientos y un mensaje

“Quiero agradecerles a todos, porque si me pongo a dar nombre por nombre se hace eterno: a los que me mandaron un mensajito, a los que me apoyaron desde atrás de la pantalla, a los que estuvieron en el camino, y a mis dos hermanos, que me acompañaron en el tramo final”.

Para quienes sueñan con un desafío parecido, deja un consejo: “Que se animen, que no lo piensen tanto, porque cuando lo pensás, ahí echás todo el viaje para atrás. No es fácil, pero tampoco imposible: es todo proponérselo, físicamente y mentalmente. Den el primer paso, que después viene solo. La experiencia, la emoción y el apoyo de la gente son increíbles, y dan ganas de hacerlo siempre, aunque cueste”.

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