El violinista cordobés, que ha dado conciertos en más de veinte países, tocó por primera vez en San Luis. Elogió la calidad de la sala del Centro Cultural Puente Blanco.
Ante un público reducido que disfrutó su show de principio a fin en un clima íntimo, el violinista Víctor Renaudeau, que tocó por primera vez en San Luis el domingo a la noche, en la sala “Berta Vidal de Battini”, dio una definición hecha a la medida de su forma de hacer su arte: “Para mí la música es un lugar despojado de egos”. Y señaló que no busca directamente agradar a los demás. “Busco que me conmueva y a partir de ahí, conectarme con quienes me escuchan”, dijo.
Al final del concierto, en diálogo con Todo un país, el músico se mostró satisfecho de haber tocado en el Centro Cultural Puente Blanco: “Estoy sorprendido por la belleza y la calidad de la sala, me ha quedado un gusto muy agradable”. Más temprano había dado una clase abierta para los chicos de la orquesta que dirige Pablo Borello.
Renaudeau, que en veinte años de carrera ha dado conciertos en más de veinte países, integrado diversas orquestas y acompañado a destacados músicos populares -durante quince años tocó con el Chanco Spasiuk- presentó su espectáculo “Solo set, Modo Random”. Lo acompañó como asistente el músico Matías Cabrera, que hace secuencias con un sintetizador y suma efectos a los que Víctor hace con su violín. Y de fondo, en pantalla gigante, los sonidos son acompañados por texturas de imágenes en las que el músico ha trabajado junto a un amigo, Javier Gastaldi.
En sucesivos sets, Víctor ejecutó música de Johann Sebastian Bach para niños; el kaluyo “Doña Ubenza”, con un inusual trabajo de la voz; klezmer, la música festiva desarrollada por las poblaciones judías del este de Europa -evocó su residencia en Polonia, donde se enamoró y dio numerosos conciertos; las vivencias que tuvo una tarde en el viejo barrio judío de Cracovia-; luego abordó la música clásica y la banda sonora de películas.
Al final, ante el pedido del público de “una más”, volvió al escenario, elogió al Flaco Spinetta y luego de pedir “por un mundo más Spinetta y menos Bad Bunny”, cerró con una conmovedora versión de “Muchacha ojos de papel”.
