No hace falta ser economista para comprender que, de acuerdo con cómo funciona la economía argentina y cuál es su relación con otras más fuertes y dominantes, como la de Estados Unidos, establecer por ley que “un peso es igual a un dólar” no es más que un artilugio. Que por un tiempo puede funcionar, pero que al final puede acabar en desastre. Y justificar la primera ley de Murphy de que “todo lo que pueda salir mal, saldrá mal”.
Eso pasó con la Ley de Convertibilidad, idea del entonces ministro de Economía Domingo Cavallo, que entró en vigencia hace hoy 34 años, el 1° de abril de 1991, durante el gobierno de Carlos Menem. Sin dudas la ficción de la paridad cambiaria -el famoso “un peso=un dólar”, establecido por la La Ley de Convertibilidad del Austral N° 23.928- no podía, a la larga, no generar secuelas negativas para los argentinos, aunque al principio hubiera logrado el propósito de estabilizar la economía y frenar la hiperinflación.
Al fijar la ley el tipo de cambio en un peso, igual un dólar, el Banco Central (BCRA) debía respaldar cada peso en circulación con un dólar en reservas. Eso significada que el BCRA debía vender divisas para las operaciones de conversión y se convirtió en una virtual “caja de conversión”, por la obligación de respaldar cada peso en circulación con un dólar estadounidense.
Al principio, el plan fue exitoso, porque permitió estabilizar la economía y los precios y reducir en forma drástica la inflación. Además, la apertura de las importaciones y la llegada de capitales extranjeros permitieron el acceso a diversos productos internacionales a precios accesibles para la población.
Pero los efectos negativos, en algún momento, iban a aparecer. A largo plazo, la paridad fija con el dólar hizo que los productos argentinos se volvieran caros en comparación con los importados, lo que afectó en forma negativa a la industria local y aumentó el desempleo. Además, causó un aumento de la deuda externa y a una crisis de competitividad. La diferencia de valor real entre ambas monedas demostraría finalmente que era irreal lo de “un peso igual a un dólar”.
“La fortaleza del dólar, generada por un aumento de la tasa de interés en Estados Unidos, terminó provocando crisis en países emergentes como Argentina”, señaló a la BBC la economista Marina Dal Poggetto.
Todo en contra
Otros factores externos incidieron. Como la crisis asiática -se extendió rápidamente a otras regiones del mundo- y la fuerte devaluación del rublo, la moneda nacional de Rusia. Y la decisión del gobierno de Brasil de devaluar su moneda, en 1999, que hizo que las exportaciones argentinas al país vecino decayeran, lo que afectó a diversas industrias, como la automotriz, la textil, la de los lácteos y la del calzado.
A Argentina le costaba cada vez más mantener la paridad con el dólar, porque cada vez era más grande la diferencia de competitividad entre una moneda y otra.
Ya durante la presidencia de Fernando de la Rúa, la crisis motivó una enorme fuga de capitales. Y el gobierno, para ponerle freno, aplicó el famoso “corralito”, una medida ideada por el otra vez ministro de Economía, Cavallo, justamente “el padre de la converibilidad”: el 3 de diciembre de 2001, mediante el decreto 1570, De la Rúa impuso restricciones al retiro de depósitos bancarios, con lo que asfixió aún más a la población, paralizó el comercio y dejó al vasto sector informal de la economía sin posibilidades de subsistir.
El agravamiento de la situación motivó la renuncia del presidente De la Rúa. Y en enero de 2002, el presidente interino Eduardo Duhalde derogó la ley de convertibilidad, además de pesificar los depósitos en dólares.
La consecuente devaluación del peso, muy severa, aumentó la pobreza, que afectó a dos de cada tres argentinos: era la demostración de que la paridad entre el peso argentino y el dólar estadounidense era una realidad virtual, una ficción que la sociedad argentina, finalmente, pagó caro.