Cuando la memoria también juega

15 de julio de 2026
Imagén sobre el partido disputado entre Argentina e Ingletrra en el año 1886

Por Dr. Miguel A. Rey Nores – Especial para Todo Un País

Millones de argentinos contienen la respiración. En pocas horas comenzará en Atlanta un partido que, cualquiera sea su resultado, quedará grabado en la memoria colectiva. El rival despierta emociones, recuerdos y heridas que exceden largamente las de cualquier otra selección que pudiera habernos tocado en suerte. Nada de ello debería sorprendernos. La memoria también juega sus partidos.

Precisamente por eso conviene detenerse un instante antes de que de inicio. En 1982 la Argentina combatió contra el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. En pocas horas jugará una semifinal del mundo contra Inglaterra. La diferencia no constituye una sutileza geográfica ni un tecnicismo jurídico o político. Constituye el primer límite que conviene remarcar para no trasladar al deporte una carga histórica que no le pertenece.

Pero existe otra razón, quizá más profunda. El ser humano posee una extraordinaria capacidad para representar la realidad y, al mismo tiempo, una inquietante dificultad para distinguir plenamente esa representación de la experiencia misma. Una película puede hacernos llorar aun sabiendo que es ficción. Un temor puede hacernos sufrir como si aquello que imaginamos ya hubiera ocurrido. El deporte moviliza un mecanismo semejante.

Durante cientos de miles de años nuestra supervivencia dependió de pertenecer a un grupo. Un «nosotros». Esa estructura emocional continúa grabada en nuestro cerebro. Por eso una bandera, un himno o una camiseta despiertan emociones tan intensas. No defendemos simplemente un equipo; sentimos que defende mos algo de nosotros mismos y de nuestro destino. Sabemos perfectamente que un gol no modifica nuestro futuro. Sin embargo, durante noventa minutos podemos llegar a experimentarlo como si realmente estuviera en juego algo esencial.

El deporte se vale de adversarios temporales. La guerra produce enemigos, a veces duraderos. Confundir unos con otros significa olvidar la razón por la cual el deporte constituye uno de los grandes logros civilizatorios; demostrar nuestras fortalezas y diferencias sin recurrir a la violencia.

Por eso resultaría profundamente injusto cargar otra vez sobre Lionel Messi y esta selección una historia que pertenece a otra generación, a otra realidad. México 1986 regaló una reparación simbólica a un pueblo herido. Pero la herida en sí no fue sanada. No calmó el dolor por los caídos y no recuperó Malvinas. El fútbol puede aliviar el ánimo de una sociedad en un momento dado. Pero jamás devolverá una sola vida perdida.

Los propios veteranos de guerra son los que nos llaman hoy a vivir este encuentro como lo que verdaderamente es: un partido extraordinario entre dos grandes selecciones y no una continuación simbólica del conflicto de 1982. Nos llaman a respetar la «causa Malvinas».

Si Argentina vence a Inglaterra, habrá dado un paso enorme en la búsqueda de un nuevo campeonato mundial. Si pierde, quedará eliminada. Así de simple. Ni una victoria nos devolverá la soberanía largamente reclamada ni una derrota disminuirá uno solo de nuestros derechos sobre las islas.

Pero la manera en que sepamos ganar o perder dirá mucho sobre la Nación que hemos llegado a ser.

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