A Fabricio Rotte no había que preguntarle ni en broma si era team Coca~Cola o team Pepsi. Él mataría por la segunda bebida. Literalmente. Nada de sentido figurado, su obsesión por la gaseosa edulcorada, un toque más potente y mucho más burbujeante que la otra, creadora de la figura de Santa Claus, era cuestión de vida o muerte para el hombre. Si tenía que asesinar a alguien para hincharse el estómago de Pepsi lo haría. No importaba quien o qué se entrometiera en su camino y le impidiera beber sus cargadas dosis diarias de la bebida, lo iba a sacar o borrar de su vista.
La noche del miércoles 18 de febrero vio a Marta Bossa de Rotte, su propia madre, como ese obstáculo que lo separaba de su querida gaseosa dulce. No tuvo en cuenta nada, no le importó que esa mujer que fue quien le dio la vida, tampoco que fue la persona que nunca se despegó de él, quien lo cuidó siempre, quien más lo amó y desde hacía 28 años quien lo acompañaba en su doloroso calvario por sobrellevar un trastorno al que estaba condenado de por vida: la esquizofrenia.
Esa noche el hombre 45 años solo podía pensar en que quería saciar sus sedientas ganas con su gaseosa favorita. No existió madre, ni familia, ni cárcel, ni pero que valiera. Empecinado como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que como niño belicoso cree que el mundo le pertenece y cada país debe ceder a sus berrinches, cuan dueño del globo, como si cada bomba que lanza estuviera repleta de nada y no hiciera estallar edificios y a miles de personas, provocando las muertes que informan los medios de comunicación y también aquellas que quedan en la intrascendencia.
El psiquiatra que forma parte del Cuerpo Profesional Forense de Villa Mercedes y analizó durante semanas a Rotte concluyó que la esquizofrenia, trastorno mental que se despertó en él cuando tenía entre 18 y 20 años, nada tuvo que ver con el matricidio. Una fuente judicial le detalló en exclusivo a esta periodista que el ahora acusado estaba medicado para tratar su cuadro de salud mental. Es más, no necesitaba que su madre de 69 años, con quien vivía en el barrio Belgrano, le recordara las pastillas y el momento del día que debía tomarlas. El paciente lo hacía por su cuenta y a la perfección. Marta lo controlada medianamente, pero en realidad no precisaba que estuviera detrás de él porque no era alguien que renegaba de la ingesta de sus remedios.
A lo largo de los años, conoció todos los profesionales de la psiquiatría habidos y por haber en la ciudad. Primero fue paciente del hospital público, luego se hizo tratar con un conocido profesional de la salud mental de Villa Mercedes, también con otro psiquiatra y, en los últimos tiempos, se hacía ver con un médico relativamente nuevo.
Para elaborar el informe, con el cual concluyó que Rotte es responsable penal del asesinato de su madre, el psiquiatra del área judicial examinó su historia clínica, revisó todos los informes de salud mental que secuestraron en su casa de Ivanowsky 120, registros que tienen años de antigüedad y tuvo presente, además, los numerosos testimonios de varios familiares cuando hablaron de su enfermedad.
Los parientes, quienes más conocen al imputado, refirieron que cuando Rotte no tenía lo que quería, cuando una idea se fijaba en su cabeza y, en la práctica, su deseo no se volvía realidad reaccionaba con violencia. Era «como un chico que se atacaba cuando no tenía lo que quería», comentó una fuente. Estaba obsesionado con Pepsi, no bebía gaseosa de otra marca. Tomaba tres botellas por día.
«Quiero una Pepsi. ¿No me la comprás?», decía; y más vale que la respuesta de parte de la persona a quien se la pedía fuera afirmativa, de lo contrario lo invadía la ira. Ese fue el otro problema que detectó el psiquiatra que lo estudió entre febrero y marzo, el acusado sufría ataques de ira. De hecho, arribó a la conclusión de que no asesinó a su madre por alguna alucinación o delirio, propio del cuadro esquizofrénico, sino porque se dejó llevar por un ataque de ira sin freno ni miramientos.
«Si alguien le llevaba una Coca y no una Pepsi se la reventaba por la cabeza», le graficó otro informante a Todo Un País. Una vez llegó al punto de destrozar una computadora porque no le compraron la gaseosa de etiqueta azul, sino otra que no era de su gusto.
La noche del crimen Marta no lo privó de su bebida preferida porque sí, sino porque Rotte era diabético. Su diabetes estaba por las nubes, al igual que su nivel de colesterol. La mujer ya había hablado con sus otros hijos y les había anticipado que comenzaría a reducirle paulatinamente la cantidad de gaseosa, con altas dosis de azúcar, para evitar que su diabetes deteriorara aún más su salud.
No está claro si el hombre estaba medicado o si había sido diagnosticado siquiera por sus ataques de ira, pero de lo que sí dejaron constancia sus hermanos, a través de las entrevistas, fue sobre su naturaleza violenta. Un día, en el 2016, por un motivo que no trascendió, se molestó tanto con la víctima que llegó a amenazarla. Por entonces, nadie en la familia quiso denunciarlo. No dimensionaron cuán grave resultaría ser después.
En el reporte que el psiquiatra de la Justicia le remitió hace una semana al fiscal instructor 1, Maximiliano Bazla Cassina, y su adjunta Cecilia Framini, aclaró que al momento del crimen no experimentó un brote psicótico agudo. A saber, no tuvo alucinaciones, delirios, no vio ni sintió nada que no estuviera allí, nada fuera de lo común. Como sí había sufrido en otros períodos de su vida, como cuando aseguró que extraterrestres lo vigilaban y querían matarlo o cuando creía que su computadora le hablaba.
Pero nada de eso ocurrió la noche que golpeó unas 20 veces el frágil cuerpo y cabeza de su madre con una especie de machete, que carecía de punta. Por la falta de filo y punta no consiguió que la hoja del arma blanca penetrara en la integridad física de la jubilada, pero la potencia de ese arremeter constante le hundió el hueso del cráneo hasta la muerte.
No deliberaba, sabía que asesinaba a su madre, concluyó el psiquiatra. «Dicha reacción desplegada no formó parte de su trastorno psicopático. No tenía sintomatología de origen psicótico, sino que presentaba un comportamiento y un despliegue de conducta con la claridad de consciencia suficiente para comprender y dirigir sus acciones», consignó en su informe el especialista, al cual tuvo acceso exclusivo este medio.
Tan ubicado en tiempo y espacio estaba el hombre que cuando habló con el primero de sus hermanos que se topó con el cuerpo inerte de su madre, bañado en sangre, tendido en el suelo, y su verdugo también ensangrentado, le dijo dos verdades. «No hay plata» y «el televisor está roto». El dinero, de más está decir, lo quería para comprar su amada Pepsi.
Cuando el resto de los familiares y policías arribaron, Rotte habló con ellos sin ningún problema, como si en el mismo cuarto no estuviera el cadáver de la persona que más lo amó en la Tierta. «No me quedó otra», le manifestó al primer hermano que corrió a la casa a ver lo que sucedía. A su manera de ver, era la Pepsi o su madre. Y escogió la bebida oscura como el abismo.