Una hora, llena de nada. Un espacio vacío. En lugar de utilizar el tiempo para despegarse de alguno de los tantos delitos, encasillados todos bajo la figura de “asociación ilícita”, cuya investigación estuvo motorizada por la desaparición de su expareja, Abel “Pochi” Ortiz, María Alejandra Espinosa habló sobre lo que quiso. Al joven desaparecido le dedicó pequeños pasajes en los que encima le adjudicó, de alguna manera, el balazo a un vecino adolescente y “ratero”.
Contó así, como al pasar, sobre la última vez que vio a su ex, el 16 de septiembre de 2014, cuando desapareció. Dijo que esa noche lo había dejado a unas dos cuadras de la casa de la familia del chico que, según ella, Ortiz baleó. Después dedicó casi toda su declaración para hablar de la excelente profesional que fue en sus tiempos de peluquera y sobre sus antiguos vecinos, los Figueroa, a los que tachó de delincuentes.
La mujer se tomó su tiempo para hablar. Antes de soltar cada palabra la pensaba, lo que ralentizaba hasta el cansancio su relato. Habló de manera tan pausada que los minutos parecían horas, el tiempo no transcurría en la sala de juicios. Se explayó tanto en datos irrelevantes a la causa, repetitivos, que la jueza Sandra Ehrlich, la única magistrada presente en el recinto y una de las menos impacientes, la apuró. “Señora, por favor, ya tuvo la oportunidad de hablar”, le dijo cuando la acusada terminó su declaración.
En realidad, aclaró que ya había finalizado, pero cuando volvió a su silla, se arrepintió. Y, una vez sentada, le pidió al Tribunal agregar “una última cosita”. “Hágalo rápido, que se hace tarde y los otros jueces tienen otros compromisos”, le respondió visiblemente cansada Ehrlich.

Aunque la acusada también ya se notaba un tanto cansada, desganada en la pronunciación de cada oración, cuando se ubicó por segunda vez frente al Tribunal y pasó al lado del fiscal Néstor Lucero, le tiró un comentario picarón. “Quédese tranquilo, que de usted no voy a hablar”, le dijo por lo bajo, casi sonriendo. “De mí no tiene nada que decir”, le contestó con la voz en alto y enojado el representante del Ministerio Público Fiscal (MPF).
Eso último que Espinosa añadió tampoco tenía relación con el delito que le endilgan. Solo pidió que el veredicto de esta causa no lo convierta en otro caso Madaf. Se refería a la emblemática causa que puso en el centro de la escena la manera corrupta de operar de la Policía y la Justicia de San Luis, a principios de los años 90. La polémica causa se disparó con la supuesta desaparición de Claudia René Díaz, de tan solo 15 años, en la ciudad de San Luis.
El principal sospechoso fue la última persona que la vio, Nelson Madaf, la noche del 16 de octubre de 1989. La presión social, que escaló a nivel nacional, llevó a los investigadores, que no tenían ni una pista sobre la joven, a detener a Madaf, el 31 de enero de 1993. Lo torturaron con quemaduras de cigarrillos, lo enterraron hasta el cuello toda una noche para luego jalarle los cabellos, lo colgaron de un árbol por los brazos, le echaron cloro en los ojos, le extrajeron dientes con vidrios de botellas, lo atormentaron con simulacros de fusilamiento, lo azotaron con hebillas de cintos, le arrancaron una uña de una mano, trataron de asfixiarlo con una bolsa de nylon y hasta lo lanzaron al Río Quinto, entre otras mortificaciones para que dijera algo que no había sucedido: que la chica había muerto porque él la obligó a abortar a su bebé.
Madaf estuvo preso hasta finales de 1995. A nueve años de su desaparición Claudia Díaz volvió a San Luis. Reveló que ella se había ido por voluntad propia porque su padre la maltrataba. Se instaló en San Juan, donde se casó con un hombre 20 años mayor, que también la maltrataba y tuvo cinco hijos. Dijo que jamás se enteró de que la buscaban y mucho menos de lo que le hicieron a Madaf.
Espinosa y su desordenada verdad
En su aburrida declaración, que hizo cabecear a más de uno, destacó la excelente profesional que fue en su rosario de oficios: peluquera, colorista, manicurista, pedicurista, estilista y etcétera, etcétera. Y, aunque no dijo qué fue lo que sucedió con Abel, utilizó gran parte del tiempo para apuntar contra los Figueroa e insinuó que pudieron estar relacionados con la desaparición de su ex.
En fin, con todo lo que dijo y con todo aquello que no dijo, transmitió la idea de que ella no tenía nada que ver con el grupo de delincuentes, que robaba, quemaba casas, andaba a los tiros con la complicidad de los otros imputados, su amiga María Vázquez y el excomisario Marcelo Acevedo, que le facilitaba las armas de fuego y le “liberaba las zonas” para que pudieran delinquir a sus anchas, según la hipótesis de la fiscalía.
Ella y el expolicía son los únicos dos de los tres acusados que decidieron declarar en el juicio, que tiene en vilo a la familia Ortiz que hace más de 11 años espera justicia por Abel. Sus familiares ya no lo esperan con vida, lo que los mantiene en pie es la esperanza de hallar, por lo menos, la verdad y que los responsables de su desaparición paguen con algo de justicia. Se conforman con que queden estampados con el cartel no visible, pero sabido de “condenado” por lo que hicieron con el joven de 29 años, también con ellos y la sociedad.
Afrontar la desaparición de un ser querido y no saber dónde está condena a cualquiera a vivir con la constante persecución de la duda de no saber. La incertidumbre que genera que una persona amada desaparezca es como un círculo que jamás se cierra y vivir con ella angustia.
Pero vamos a la declaración de Espinosa y ese tiempo muerto del juicio. Antes de empezar a hablar aclaró que no respondería las preguntas de los fiscales ni de otro abogado, solo las de su defensor, Valentín Rivadera. Es cierto que los acusados no están obligados a decir la verdad, pueden mentir descaradamente frente al Tribunal y no podrán ser apuntados por eso. Luego quedará a criterio de los jueces si tomar como válido o no su testimonio. Diferente es el caso de los testigos, ellos sí están obligados a decir la verdad, de lo contrario pueden ser inputados por falso testimonio.
La peluquera, el excomisario o su amiga podrían tranquilamente sentarse ante los magistrados y fiscales y decir que Ortiz fue abducido, en un contacto del cuarto tipo, por extraterrestres, que lo succionaron desde una nave espacial; también que la tierra lo tragó y cayó en alguno de los nueve círculos del infierno que describió Dante Alighieri en su «Divina comedia» o que está en alguna isla de la Polinesia Francesa tomando una piña colada, gozando de la buena vida. Podrían lanzar cualquiera de esas afirmaciones y la Justicia no podría endilgarles ningún delito.
Por supuesto que la mujer no tiró ninguna de esas explicaciones que, para algunos pueden sonar más que disparatadas, ante todo porque la familia de “Pochi” y todos los que conocen algo de la causa saben que Abel no se fue. Lo hicieron desaparecer de manera deliberada.
No, Espinosa abrió su declaración con “el día del incidente con los Figueroa”. Se refería a la noche que algunos testigos denominaron “pueblada”, que sucedió meses antes de la desaparición de Abel. Esa medianoche, de acuerdo a los testimonios, una docena de personas le quemaron la vivienda a esa familia y le dispararon a Agustín Figueroa, por entonces, de 16 años. Más de un testigo dijo que vio a la peluquera y a su hija, Daiana Villegas, con un arma de fuego.
De una manera muy desordenada, contó que el problema con esa familia no empezó por el robo de un pendrive, que Agustín le sustrajo de su casa, sino porque el hermano de ese adolescente había abusado, según ella, de su hijo de unos nueve años. “Yo estaba sorprendida porque J.P., el chico que yo había tratado como a un hijo, que lo incentivaba a estudiar, había hecho eso. No lo podía creer y Abel tampoco. Él también lo quería como a un hijo”, aseguró.
“Reconozco que fui (a lo de los Figueroa), después de que mi hijo me cuenta lo sucedido. Es algo que hubiera hecho cualquier padre. Yo quería hablar con J.P., pero su madre, Mariela, dijo que estaba jugando al fútbol”, narró. Remarcó que ella solo quería hablar, quería “sacarse la duda” sobre si el chico, en verdad, había abusado de su hijo.
Con muy poca claridad habló de la noche de la “pueblada”. Dijo que los vecinos se juntaron frente a lo de los Figueroa, cansados por todos los delitos que cometían en el barrio y el supuesto abuso sexual hacia su hijo. “Hubo pedradas. Pero no hubo disparos, solo un disparo”, aclaró. Señaló que quieren (refiriéndose a la Justicia) adjudicarle esa herida de arma de fuego a ella y a su hija.
Pero aseveró que ella no le disparó a nadie. Fue ahí cuando, en otro pasaje de su desordenado relato, admitió que su hija, a los 13 años, le disparó tres veces a su padrastro. Argumentó que tenía un arma de fuego en la casa porque su expareja se dedicaba al arreglo de armas de ese tipo.
Luego, en distintos momentos de su declaración, arrojó comentarios que responsabilizaban a Abel del disparo a Agustín Figueroa. “Un testigo, Soria, dijo que vio, no ‘supongo’ ni ‘creo’, dijo que vio a Abel sobre el techo de la casa de los Figueroa quemada”, indicó, por un lado. Afirmó que si buscaban en las pericias telefónicas iban a hallar un mensaje al respecto. “Hay un mensaje en el que yo le reprochaba a Abel por el disparo hacia Agustín”, aseveró, por otro lado. Y hasta agregó que la madre del chico, Mariela, lo denunció a Ortiz por ese supuesto balazo. “¿Qué pasó con esa denuncia?”, planteó, ante una sala colmada de familiares del joven desaparecido que, encima, tenían que oír cómo la principal sospechosa de su desaparición lo pintaba a “Pochi” como un criminal.
También dijo que ella jamás tuvo problema con nadie en el barrio, Eva Perón 2. Los que sí tenían inconvenientes, porque robaban a dos manos, eran los Figueroa. “Eran rateros. Le robaban a toda la gente. Hasta asesinos eran porque hay registro de eso”, afirmó.
Aclaró que, a pesar de que era “una familia muy conflictiva”, nunca denunció a esos vecinos antes hasta que, según ella, se convirtió en víctima de ellos; con el presunto abuso sexual a su hijo. “Era una familia peligrosa y no me metí hasta que me tocó a mí. Hasta que no me pasó a mí. O sea, uno no sabe. Hoy estoy declarando y me puede dar un infarto”, expresó, sin mucho correlato con el hilo de la declaración.
Narró que habló con vecinos de otros barrios, que también tuvieron problemas con esa familia. Eso la llevó a ir hasta el Ministerio de Seguridad a pedir más cámaras de seguridad en su zona y más patrullajes de parte de la Policía. “Si yo tuviera algo delictivo, ¿voy a pedir una cámara de seguridad en la esquina de mi casa?”, lanzó esa pregunta sin esperar que fuera respondida.
También se quejó de que las denuncias, no solo contra los Figueroa, sino también contra otros delincuentes, jamás prosperaban porque el pasaje de la comisaría al Poder Judicial tardaba una eternidad. Comentó que hasta Vázquez denunció el abuso de su hijo y con esa causa “no pasó nada”.
Eso la llevó a juntar decenas de firmas de vecinos para solicitar mayor presencia policial y cámaras en el barrio, ante el Ministerio de Seguridad. Dijo eso sin mencionar a Acevedo, a quien habría conocido a partir de ese supuesto contacto e intercambio de teléfonos que realizaron como parte del programa “Conociendo a quien me cuida”.
El 16 de septiembre de 2014
Casi hacia el final de su declaración se acordó de su ex, pero no para referirlo como pistolero, como había hecho, sino para contar qué hicieron la última vez que lo vio. Dijo que el 16 de septiembre de 2014 fue a buscar al joven a la casa de su hermana Marcela, en La Ribera. “Le dije que me acompañe a ver una casa que quería comprar y él me comentó que había muerto el padre de su amigo”, aseguró.
Relató que una vez que llegaron a lo de Olagaray, la persona que quería vender su casa en el barrio Jardín del Sur, estuvieron un largo rato allí. Hablaron de que tanto a ella como al otro hombre les interesaba vender su vivienda y mudarse.

Cuando se fueron de lo de Olagaray, charló largo y tendido con Abel. “Hablamos de cosas, del amigo al que se le había muerto el padre y después lo dejé cerca de donde era el velorio”, rememoró. También subrayó que ella nunca supo el domicilio exacto donde hicieron el velorio, pero sí donde se bajó Ortiz de su auto: a un par de cuadras de donde vivían los Figueroa, luego de que esa familia se mudara del barrio Eva Perón.
Y, después volvió a la noche de la famosa “pueblada”. “Si los vecinos se juntaron frente a su casa ¿por qué ella (Mariela) no pidió ayuda?”, remarcó.
Espinosa manifestó que está presa por ese balazo a Agustín Figueroa, a pesar de que ella no jaló jamás el gatillo de un arma de fuego esa noche. Recordó que el actual fiscal instructor, cuando fue juez de instrucción, Leandro Estrada, la procesó primero por asesinar a Abel, unos años después por el intento de homicidio a Figueroa y, finalmente, por formar parte de una asociación ilícita.
Recalcó que la Policía le allanó la casa infinidad de veces y jamás encontró nada que la conectara con la desaparición de su expareja. “Hasta vino Gendarmería y me rompió el piso de mi garaje”, recordó.
Espinosa definió todos esos procedimientos como una persecución constante hacia ella. “Las fechas de las llamadas y los allanamientos tienen que coincidir en algo. Pero no hallaron nada. La Policía lo hizo muy personal al caso”, manifestó y resaltó: “Me causaron un daño económico, físico, moral, laboral. Yo me quería matar por el encierro”.

Finalizó su testimonio con otro comentario que no tenía conexión con la causa en sí. Dijo que ella estuvo presa junto a Cristina Paredes, la parapsicóloga condenada por matar a lo mafioso a su empleado rural, Pedro Fidel, para no pagarle lo que le debía. “La señora Paredes no va conmigo. Ella contrató un sicario. Ella fue (al penal) por homicidio y yo también. Las dos fuimos a la cárcel por el mismo juez: Leandro Estrada”, recalcó, como si ella no tuviera nada que ver con gente de esa calaña.
Dijo eso y fijó su vista en Estrada, quien ahora en su nuevo rol de fiscal la acusa de ser parte de una banda de criminales. Luego, se levantó y se encaminó hacia su silla, para acomodarse entre los otros acusados, Acevedo y Vázquez.