“Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera…” son acaso los versos más conocidos de los 7.210 que componen la obra monumental de José Hernández, El guacho Martín Fierro, publicado en 1872, y su segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, que vio la luz en 1879. Ese consejo de mantener la unión está en la segunda parte. Integra una serie de recomendaciones que el gaucho da a sus hijos antes de separarse de nuevo, para buscar cada uno su rumbo en la vida. Son el fruto de reflexiones que Fierro hace después de una existencia azarosa que lo ha llevado de la vida feliz en el campo, junto a su mujer y sus hijos, disfrutando de las faenas rurales, a la guerra contra el indio en la línea de fronteras, a la decisión de desertar y el ser un gaucho matrero para refugiarse, después, en una toldería a vivir entre los indios y, finalmente, volver a la sociedad.
Ese gaucho menos resentido contra el gobierno y los poderosos que vuelve de vivir con la indiada es, en cierto modo, el reflejo de la mudanza en el pensamiento del propio autor del poema, que en la primera parte expresa una mirada crítica sobre los gobernantes y su modo de ejercer el poder y luego, en “La vuelta…”, se muestra en una actitud conciliadora con todo ello.
Como sea, tan diestra fue la pluma de Hernández, al pintar en el Martín Fierro al gaucho de la región pampeana, su vida, sus costumbres y su pensamiento, que el consenso generalizado calificó su obra como el máximo exponente del género de la literatura gauchesca. A tal punto que hoy, como cada 10 de noviembre, en Argentina se celebra el Día de la Tradición, en conmemoración de la fecha de nacimiento del poeta, periodista, militar y político, ocurrido en esa fecha de 1834.
La obra de Hernández es muy importante porque el poeta, con suma maestría, pinta con sus versos la vida de las poblaciones rurales de esa época, en esa región del país, y traza un cuadro de las condiciones que deben afrontar esas familias y cómo ejercían el poder quienes lo detentan.
Se eligió la fecha de su natalicio para celebrar el Día de la Tradición porque su poema es un retrato del gaucho, el cual, en su vida rural con la china, con sus oficios de hombre de campo, simboliza las tradiciones que forjaron la identidad argentina.
Hernández tenía 9 años cuando su madre murió. Empezó a sufrir un problema de salud en el pecho y, por prescripción médica, su padre, mayordomo de las estancias del gobernador Juan Manuel de Rosas, lo llevó a vivir en el campo. Así fue cómo José conoció a los gauchos, vio cómo desempeñaban sus faenas rurales, que él también aprendió a hacer. Vivenció sus costumbres, que describió tan bien, y su forma de hablar, que adoptó como estilo para escribir su épico poema.
El resultado es una obra que, según un juicio amplio, es un retrato de la realidad que vive el hombre rural de la época, quien simboliza las tradiciones del país. Por eso el natalicio del autor fue elegido para celebrar el Día de la Tradición.
Lo de que aquellos sabios consejos (“es de la boca del viejo de ande salen las verdades”) los brinda a sus hijos antes de separarse por segunda vez se debe a que ya años antes habían sufrido una primera separación. Fue cuando se terminó para Fierro la etapa de la vida feliz en el campo:
Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivía
y su ranchito tenía
y sus hijos y mujer…
Era una delicia el ver
cómo pasaba sus días.
Forma de vida en la que el gaucho, un narrador protagonista que ensalza la gracia del trabajo que no resulta un yugo:
Y mientras domaban unos,
otros al campo salían,
y la hacienda recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día.
Hasta que el juez de Paz de la zona decidió arrearlo a la frontera, junto con otros gauchos, para que fuera a pelear contra los indios en los fortines:
Cantando estaba una vez
en una gran diversión;
y aprovechó la ocasión
como quiso el Juez de Paz,
se presentó, y áhi no más
hizo una arriada en montón.
Juyeron los más matreros
y lograron escapar.Yo no quise disparar,
soy manso y no había por qué;
muy tranquilo me quedé
y ansí me dejé agarrar.
A mí el juez me tomó entre ojos
en la última votación:
me le había hecho el remolón
y no me arrimé ese día,
y él dijo que yo servía
a los de la esposición.
Se acaba para Fierro la existencia idílica en el campo. En la frontera sufren el trato abusivo de los soldados, en vez de combatir contra los indios los hacen trabajar en la estancia del coronel, no les pagan:
Al mandarnos nos hicieron
más promesas que a un altar.
El Juez nos jue a proclamar
y nos dijo muchas veces:
“Muchachos, a los seis meses
los van a ir a revelar.”
Porque todo era jugarle
por los lomos con la espada,
y, aunque usté no hiciera nada,
lo mesmito que en Palermo
le daban cada cepiada
que lo dejaban enfermo.
¡Y qué indios, ni qué servicio,
si allí no había ni cuartel!
Nos mandaba el coronel
a trabajar en sus chacras,
y dejábamos las vacas
que las llevara el infiel.
Yo primero sembré trigo
y después hice un corral,
corté adobe pa un tapial,
hice un quincho, corté paja…
¡La pucha, que se trabaja
sin que le larguen ni un rial!
Tras sufrir años esa mala vida, decidió desertar y escapar de la frontera. Al volver a su pago, de su rancho solo halló la tapera: su
esposa se había ido con otro hombre y sus hijos habían se habían ido a buscar conchabo en otro lugar, para no seguir pasando hambre.
Muchos años después, tras el reencuentro, Fierro dará a sus hijos aquellos consejos en los que sobresalen el respeto por los ancianos,
la prudencia y la honestidad, atributos que son propios del gaucho, ese ser que simboliza las tradiciones argentinas.