La causa con la Justicia Penal que Fernando Alexander Carrizo se había cargado, y por un breve lapso también Alexis Gatica, ya tuvo un desenlace. El 22 de febrero pasado, en medio de una fiesta clandestina en la que todos huyeron como animales salvajes cuando les cayó la Policía a mitad de la noche, Carrizo le pegó un tiro en la cabeza a un efectivo. Por suerte, estaba protegido con un casco, de lo contrario la historia hubiera sido otra. Y también por eso la condena que recibió este lunes tiene más sabor a libertad que otra cosa. Lo sentenciaron a tres años de prisión en suspenso, es decir, no irá a la cárcel sino que el cumplimiento efectivo de esa pena en la penitenciaría estará suspendida y su única obligación será regresar a su vida normal y tratar de comportarse, para no incurrir en otro delito.
Eso tampoco quiere decir que no haya conocido el encierro del Servicio Penitenciario de San Luis. Estuvo allí tres meses, por disposición del juez de Garantías 4 de Villa Mercedes, Santiago Ortiz. Aunque los fiscales instructores Maximiliano Bazla Cassina y Cecilia Framani habían solicitado, en realidad, 120 días, que era lo máximo que podían requerir en ese estadio inicial de la causa.
La condena se dio bajo la modalidad de un juicio abreviado, en el que ante el mismo magistrado el acusado reconoció ser el autor de «abuso de arma agravado por ser en contra de un miembro de una fuerza policial». Admitió su responsabilidad en la agresión a cambio de ser fue sentenciado a los tres años de prisión en suspenso.
La pena contra Carrizo se suavizó también porque, con el correr de la investigación los fiscales, conforme a nueva evidencia, concluyeron que el tenor del ataque no había sido tan gravoso como lo calificaron en un principio. Pues, el 23 de febrero cuando le formularon cargos, lo hicieron por “homicidio agravado por ser la víctima un miembro de una fuerza policial en grado de tentativa”.
La fiesta de la que nunca se olvidarán fue la madrugada de ese domingo, en el barrio Güemes. No fue tampoco la única reunión de ese carácter, clandestina, en la que intervino la Policía. Pero, sin dudas, fue una que salió del molde con disparos al aire y lo que bien algunos pueden catalogar como un milagro.
Los patrulleros de la División de Respuesta Inmediata Motorizada (DRIM) llegaron a Ramón Valdés y Suipacha luego de varios llamados al 911, de parte vecinos del barrio Güemes. La gente se quejaba de ruidos molestos y música en su máximo voltaje en esa esquina del sur de la ciudad.
Al arribar, los uniformados vieron, además de chicos borrachos, una pelea en curso y algunos que no dejaban de hacer rugir el escape de sus motos, como si eso los convirtiera en leones, cuan Javier Milei. Pero cuando notaron a los policías los jóvenes dejaron de lado la fiereza, demostraron que no tenían tantas agallas y se desparramaron en la huida.
«El damnificado estaba en la vereda cuando Carrizo desde un inmueble portó un arma de fuego de alto calibre y disparó dos veces”, contó Bazla Cassina. Ambos balazos fueron en dirección al personal policial, señaló. El abogado del ahora condenado, Víctor Villegas, en cambio, aseveró que, de acuerdo con la pericia balística, el disparo tuvo una trayectoria que dibujó una parábola descendente, por lo que la intención de matar, según su punto de vista, quedó descartada y no existió ningún «plan criminal». Aseguró que el proyectil «no iba en trazo recto, sino cayendo por gravedad y que tenía baja energía cinética».
El tiro, que la víctima percibió como un violento, pero breve sacudón, ingresó por la bisagra del casco y salió por otro lado, sin tocar la cabeza del oficial. Un médico lo examinó y confirmó que ni un raspón le produjo el proyectil que pasó a milímetros de su rostro.







