Nino Romero:“Si perdemos el alma, perdemos la memoria”

El periodista y conductor repasó el origen de sus “Historias de San Luis”, una serie de relatos construidos con recuerdos personales, personajes populares y escenas que permanecen en la memoria de la provincia.
27 de julio de 2026
Nino Romero en el Ciclo ""San Luis en Diálogo"

Nino Romero explica que no es historiador ni escritor. Prefiere una palabra más directa para definir su trabajo: relator. Desde hace años publica las “Historias de San Luis”, una colección abierta de personajes, lugares, costumbres y escenas que forman parte de la memoria afectiva de la provincia. Muchas surgieron de experiencias personales. Otras llegaron a través de amigos, lectores y personas que encontraron en él a alguien dispuesto a escuchar.

Pomucho, el Tigre, los antiguos curanderos, los boliches bailables, los canillitas, los diarieros, los cementerios, la música cuyana y los comedores desaparecidos conviven en esos relatos.

Romero fue el protagonista de un nuevo encuentro del ciclo cultural organizado por la Municipalidad de la ciudad de San Luis, Todo un País y la librería Atípica el viernes pasado.

Hubo momentos de humor, emoción y crudeza. A continuación, reproducimos una versión editada de la charla. Se corrigieron errores propios de la desgrabación y se eliminaron algunas reiteraciones, sin alterar ni el sentido ni el tono de las intervenciones.

Buenas tardes a todos. Veo, en la gran mayoría, gente muy apreciada y conocida de nuestra comunidad. Agradezco la invitación de la Municipalidad, de Todo un País y de la librería de Fernando (De Vargas).

Para mí es un momento fantástico. Es la segunda vez que vengo a este lugar, que es muy lindo, muy digno, y ojalá tenga una reactivación importante como la que le está dando este ciclo.

El motivo de la charla es contar algunas vivencias relacionadas con las “Historias de San Luis”, que publica El Chorrillero los domingos. Pero hay un contexto previo que se remonta a mi niñez.

Ustedes dirán qué tiene que ver mi niñez con estas historias. Cuando nací estuve gravemente enfermo. A los nueve meses fui intervenido quirúrgicamente por un problema intestinal raro y serio para la época. Aquí estoy, gracias a Dios. Pero hasta los siete años, pese a que mi físico durante mucho tiempo pudo demostrar lo contrario, no pude comer alimentos sólidos. Todo era jugo.

Soy hijo único. Mi papá era gasista, plomero y hojalatero. Mi mamá era ama de casa y costurera. Hacían un gran esfuerzo. Además, eran padres grandes: mi mamá tenía 43 años cuando nací y mi papá, 46.

Los médicos habían aconsejado que tomara aire. Entonces mi mamá me llevaba hasta los alrededores del Hospital Psiquiátrico. Allí, cuando tenía cuatro o cinco años, conocí a uno de los personajes que después fue protagonista de mis historias.

Era alguien que andaba con una gorrita y el dedo en la boca. Todos lo conocíamos como Pomucho. Pomucho vivía en el Hospital Psiquiátrico, aunque, adelantándose a medidas que llegaron muchos años después, estaba prácticamente externado. Entraba y salía, iba a su casa. Quienes paseábamos por allí lo conocíamos. Cuando comencé a escribir las “Historias de San Luis”, Pomucho fue el primer personaje que me llevó a recordar a muchos otros.

También tuve un hermano del alma, Marcelino Celestino Rojo, a quien le decían Conejo Blanco. Vivía en El Milagro, cerca de Villa de la Quebrada. Él me llevaba en bicicleta a un bar que había sobre lo que hoy es la avenida Fuerza Aérea.

En ese bar conocí aquellas famosas máquinas en las que uno compraba una ficha, la colocaba y elegía la canción que quería escuchar. ¿Qué música había? Música cuyana. Hilario Cuadros, Los Cantores de la Cañadita. Casi exclusivamente música cuyana. Me crié en ese ambiente desde muy chico.

Voy a saltar algunas etapas para llegar al momento en que pude comer mi primer alimento sólido. Esa experiencia también me llevó, muchos años después, a escribir sobre los comedores tradicionales de San Luis que desaparecieron.

Mi padre iba todos los días, religiosamente, a las once de la mañana, a tomar el vermú con un amigo albañil de apellido Aguilera. El lugar también funcionaba como pensión para maestras que trabajaban en la Escuela Paula Domínguez de Bazán. Un día, el dueño, me dio mis primeros fideos blancos.

Cayeron bárbaro. Después abusé bastante de los fideos. Lo que quiero contar es cómo las vivencias de cada etapa van marcando a una persona. Recién mencioné tres cosas de mi infancia que, cuando comenzaron las “Historias de San Luis”, me llevaron a rescatar personajes, lugares y relatos.

Esos textos no tienen la rigurosidad de un estudio histórico. Tienen el valor de la vivencia personal. Pomucho hizo que comenzara a ocuparme de otros personajes. Más que biografías, son anécdotas de personajes ricos, como Pomucho, el Tigre.

Un amigo lector me acercó una fotografía histórica del Tigre. Cuando fue publicada casi nadie la tenía. Era una imagen del Tigre comiendo con los chicos en el comedor universitario. También apareció otra fotografía en la que estaba boxeando en la plaza Pringles. Seguramente los textos tienen muchísimos errores de redacción. El 95 por ciento de las veces cometí el error de escribirlos y mandarlos. Primera escritura y envío. Sin revisar ni corregir.

Uno siente que está todo bien porque escribe por el impulso del momento. Es algo que debo corregir. Vistos a la distancia, algunos relatos también son demasiado extensos. Hay partes que podrían condensarse o contarse mejor. Antes de las “Historias de San Luis” escribía las llamadas “Historias de vida”. También las relataba por radio a las siete y cuarto de la mañana, con “Chi Mai”, de Ennio Morricone, como cortina musical. Generalmente eran historias bastante tristes.

El antecedente fue un artículo que me permitieron publicar en un diario, con el pomposo título de “Sallenave tiene la culpa”. Jorge Sallenave, un escritor y médico muy conocido, tenía la culpa de haberme hecho regresar a la lectura después de un tiempo en que había dejado de leer. En mi lectura personal priorizo los libros de autores de la provincia de San Luis.

Priorizar no significa que sean lo único que leo. Ese artículo dio lugar a las “Historias de vida”. Eran relatos sobre personajes anónimos. Personas a las que uno descubre a partir de una sensación. Algunos dicen olfato periodístico. Yo me resisto a llamarlo así. Prefiero hablar de una sensación que uno tiene. Recuerdo la historia de un papá que descubrí circunstancialmente. Había un pelotero muy grande sobre la calle Ciudad del Rosario.

Festejábamos el cumpleaños de una de mis hijas. Yo tengo tres: dos de mi primer matrimonio, que hoy tienen 36 y 30 años y todavía no me hicieron abuelo, y una hija de ocho años. Les gané de mano.

En la puerta del pelotero, un hombre al que conocía me preguntó:

—Nino, ¿puede pasar mi hija al cumpleaños?

—Sí, por supuesto. ¿Cómo no va a poder pasar? ¿Cómo le íbamos a decir que no a una nena? El sábado siguiente tuve que ir a otro lugar cercano. También había una fiesta. Miré por curiosidad hacia el salón y volví a ver a ese papá con su bicicleta y con su hija.

Entonces le pregunté: —¿Estás en otro festejo?

—No —me contestó.

Nunca me voy a olvidar de sus lágrimas. Había quedado viudo hacía muy poco. Era un hombre joven, trabajaba de albañil y esa era la única salida que podía ofrecerle a su hija. La nena le pedía ir a cumpleaños, pero no tenía invitaciones.

Él aprovechaba los sábados. La vestía elegantemente y le decía que estaba invitada a un cumpleaños. Algunas veces hablaba con la familia que organizaba la fiesta. Otras veces la dejaban pasar directamente.

La hija se quedaba una o dos horas, jugaba y comía torta. Ese fue el comienzo de una cantidad de relatos sobre personas a las que me acercaba para preguntarles por qué hacían algo que no parecía común.

También recuerdo una adolescente que llegó a Radio Nacional cuando estaban por comenzar las clases. Necesitaba útiles escolares. En los medios uno intenta conseguir ayuda, aunque en realidad no la consigue uno. El periodista es apenas un medio para despertar la generosidad. La gente es la que tiene verdaderamente el corazón grande. Conseguimos los útiles. Ella ya cursaba el secundario.

Pasaron muchos años. Un día tuve que ser atendido por un problema de salud en el viejo Policlínico Regional, donde ahora funciona el Hospital Pediátrico. Me atendió una médica. Ella me reconoció, pero no dijo nada. Después de atenderme me preguntó si recordaba aquella historia.

Era la adolescente que había ido durante dos ciclos escolares consecutivos a pedir útiles. Ahora era la médica que me estaba atendiendo. Por eso insisto: las “Historias de San Luis” y las “Historias de vida” son, en su mayoría, vivencias personales.

Cuando publiqué aquel relato apareció otra historia relacionada con el Policlínico. Un médico muy famoso de San Luis, cuyo nombre jamás voy a revelar, me contó su vida.

Era hijo de una madre soltera. Ella trabajaba en la casa de un hombre muy acaudalado. Estaban enamorados, pero él era casado y tenía hijos. Ella quedó embarazada y decidió tenerlo. Antes de morir le contó a su hijo quién era su padre. Muchos años después, este médico estaba de guardia un domingo por la tarde en el Policlínico Regional. Llegó una ambulancia con un paciente. Cuando lo bajaron, reconoció al hombre: era su padre.

El padre no sabía que el médico que lo atendía era su hijo. Había, además, otras tres personas. Eran sus hermanos por parte de padre. La vida lo llevó a atenderlo, pero nunca les reveló la verdad a sus hermanos. Cuando el padre volvió a una consulta tuvieron una larga charla y trataron de recomponer el tiempo perdido.

Son historias que uno recibe a través de esta fantástica profesión. Historias que pretenden generar esperanza. El objetivo siempre fue despertar la memoria de quienes conocieron esas cosas y permitir que las descubran quienes nunca habían oído hablar de ellas.

Una de las historias más leídas fue la del “familiar”. El “familiar” es una figura presente en distintas leyendas de tierra adentro. Era un animal, o una criatura, que algunas familias mantenían oculto en sus casas. Debía ser alimentado, cuidado y protegido.

La primera historia de un familiar en Luján me la contó mi mamá, que para mí era una fuente indubitable. Me dio nombres y apellidos de quienes tenían uno en el sótano de una casa.

Mi mamá había sido empleada doméstica. Por eso conocía bien el tema. Muchas veces le tocaba bajar por las escaleras del sótano para llevarle comida y agua. Ella decía que lo había visto y me lo describió. Una noche, por circunstancias que desconozco, el familiar escapó.

La casa estaba cerca de la plaza del bajo de Luján, una plaza llena de naranjos, rodeada de construcciones de adobe. Yo pasé allí muchos veranos, desde los nueve o diez años hasta los quince. Mi mamá era de Luján y pertenecía a una familia muy conocida del lugar, los Blanchette.

Aquella familia era muy adinerada. Tenía campos y muchos animales. Salieron a buscar al familiar durante toda la noche y la madrugada, pero no lo encontraron ni vivo ni muerto.

Con el tiempo ocurrió lo que anticipaban las leyendas relacionadas con esos pactos: comenzaron a destruirse los campos, se quemó la casa, murieron los animales y la familia quedó en la ruina. Son historias que gustan mucho. A la gente también le interesan los relatos sobre curanderos. En San Luis hubo y todavía hay muchos. Quienes tenemos cierta edad conocemos a algunos y a sus descendientes.

La idea era contar cómo eran esos personajes y esos oficios. Refrescar la memoria de algunos y despertar el interés de los más jóvenes. Hay una familia de curanderos muy conocida que incluso tenía lo que ellos llamaban una “sala de terapia intensiva”. Los casos más graves de empacho recibían un tratamiento de dos horas. No era solamente tirar el cuerito. El propio curandero decía:

—Páselo a terapia intensiva.

Otra temática que alcanzó una cantidad importante de lecturas fue la de los boliches bailables de las décadas de 1970, 1980 y 1990. Estaban Boicot, Yunka Taki, Miau Miau y muchos otros. Algunas cosas quedan en Miau Miau. Todo lo que pasó en Miau Miau, queda en Miau Miau. Uno de los primeros boliches bailables de San Luis se llamó La Trampa. Estaba en la zona de Juana Koslay, hacia el fondo de donde actualmente hay una estación de servicio. Allí debuté como musicalizador a los doce o trece años. Mi vecina era novia del dueño de La Trampa. El musicalizador se había enfermado y me preguntaron si podía ir a poner los discos. En esa época trabajábamos con vinilos.

El boliche pertenecía al Conejo Velázquez, un personaje muy querido que también tenía una famosa agencia de quiniela y lotería llamada El Conejo de la Suerte. Otra vez ratifico lo mismo: son vivencias. La mayoría son personales. El resto proviene de historias que me contaron amigos de aquella época. También tienen mucha repercusión los relatos sobre cosas misteriosas sucedidas en los cementerios. Eso viene de mi juventud. Mi papá era muy amigo de un señor de apellido Torres, que era lo que entonces se llamaba panteonero. Fue jefe del Cementerio San José. Don Torres era el padre de Jorge Horacio “Cholo” Torres, fundador de Las Voces del Chorrillero. Don Torres iba a mi casa y le contaba a mi papá cada historia que ocurría en el cementerio. El miedo que yo tenía después de escucharlo no lo puedo explicar. Todo esto también nos lleva a guardar tesoros como los que tiene Fernando en Atípica.

En las grandes librerías de cadena difícilmente encontremos libros de autores de San Luis. Antes teníamos otros espacios de encuentro cultural. Hoy Atípica ocupa, de alguna manera, ese lugar. Hay algo que no pude lograr y todavía funciona como una utopía: invitar a los autores de la provincia a que nos envíen, aunque sea, una fotografía de cada nueva publicación y un pequeño texto que explique de qué se trata. No es necesario que manden un ejemplar.

Queremos informar, decirle a la gente que el libro existe. En San Luis hay extraordinarios escritores y escritoras. Yo no me considero uno de ellos. Soy un relator. Sin embargo, la respuesta fue muy escasa. Uno se entera de algunas publicaciones, pero no de todas. Sería bueno conocerlas para salir de los nombres tradicionales y comenzar a descubrir la cantidad de grandes autores que hay en la provincia. En eso he fallado.

Uno de los grandes recuerdos periodísticos que quedó registrado en video tiene relación con el Sapo Ávila. Durante una visita a Villa Mercedes me encontré con él en un café. Nos conocíamos desde hacía muchos años y habíamos compartido escenarios, pero nunca había estado en su casa. Me invitó. Entonces convoqué a una camarógrafa amiga y le pedí que me acompañara para hacerle una entrevista. Fuimos un sábado por la tarde. Tomamos el té. El Sapo ya tenía dificultades para caminar y se desplazaba con un bastón. Hicimos una entrevista fantástica. Recorrimos su carrera artística, pero también sus emociones. Quince o veinte días después, falleció. La nota terminó convertida en una entrevista póstuma, posiblemente la última que había dado.

Son agradecimientos que, en lo personal, le hago a la vida. Ahora tengo que comenzar la etapa de corregir tantos horrores acumulados durante años. Quiero perfeccionar las historias, volverlas más ágiles, evitar errores y redundancias. No con inteligencia artificial. Nunca usé inteligencia artificial para escribir una de estas historias.

Quiero trabajar sobre los textos y también seguir con esta obsesión de reunir a los autores de libros de San Luis. No para vender, sino para informar. Quiero contar que un autor de determinado lugar publicó un libro. Ser apenas un relator de las vivencias de la provincia.

“Uno puede seguir adelante”

Después de la exposición, una mujer del público pidió la palabra. Adelita: Buenas tardes a todos. Yo lo conozco desde chico. Es igual a su mamá. Cuando él hablaba de su enfermedad, recordé una imagen. Debías tener ocho o nueve años. Subiste a leer una lectura en la iglesia Santo Domingo. Tu mamá y tu papá estaban sentados en el primer banco. Cuando terminaste de leer, tu mamá fue a darte un abrazo. Yo estaba allí con la señora que me había criado.

Cuando vi a tu mamá abrazarte, me puse a llorar. Pensé: “Qué lindo debe ser tener una familia”. Lo que contaste me hizo recordar que uno puede seguir adelante a pesar de todo. Tengo cinco hijos. La vida me castigó mucho. No tuve madre ni padre. Hasta los 23 años sufrí palizas y torturas por parte de la familia con la que vivía. Cuando lloraba o gritaba, llenaban la bañera de agua y me sumergían la cabeza para que me callara, hasta que ya no podía respirar. Después me dejaban tirada en el baño. Al otro día tenía que levantarme a las cinco de la mañana para trabajar. Era una familia de la alta sociedad de San Luis, gente muy ilustrada. No voy a decir quiénes eran. Yo era la criada de la familia.

Siempre digo que algún día voy a escribir el libro de mi vida. Después tuve cinco hijos y trabajé durante años como jefa de cocina del Sanatorio Rivadavia. Mucha gente que estuvo internada allí comió la comida que yo preparaba. Cuando me jubilé decidí terminar la escuela secundaria. Mis compañeras me decían: —Estás loca. Trabajaste toda tu vida. Pero terminé.

Nino fue una de las primeras personas a las que les conté que me había recibido. Lo encontré en la calle y le dije: —Nino, terminé el secundario. Me felicitó. No me voy a olvidar nunca. Te quiero mucho.

Nino Romero: Muchas gracias, Adelita. Yo aprendí a leer en la iglesia, después del Concilio Vaticano II, cuando la misa comenzó a celebrarse de frente a la gente. Había un sacerdote dominico porteño, el padre Javier Rivera, que me sacó el tono con el que leía y me hacía practicar para hablar correctamente. Eso después me sirvió cuando rendí el examen para entrar a la radio.

“Que no perdamos el alma”

Pregunta del público: Has vivido distintas etapas de la provincia. ¿Cómo imaginás el San Luis del futuro? ¿Cómo te gustaría que fuera?

Nino Romero: Imagino el futuro unido al pasado y al presente. Me gustaría que hubiera muchos más espacios como este y muchas más publicaciones preocupadas por el pasado, el presente y el futuro. Al lado de estas historias pueden aparecer la inteligencia artificial, internet y el mundo que viene. Pero necesitamos lugares donde no perdamos el alma. Si perdemos el alma, perdemos la memoria. Eso no significa pensar que todo tiempo pasado fue mejor. No creo eso. Pero no debemos perder estos espacios. Necesitamos reuniones en las que haya gente joven y gente mayor. Tiene que producirse una simbiosis. Quienes somos mayores no vamos a estar, pero los jóvenes seguirán. También seguirán sus amigos y sus descendientes. Estos espacios nos nutren para continuar viviendo y conservar la identidad del lugar donde habitamos. No solamente de la ciudad, sino de toda la provincia. Desde mi punto de vista, a las gestiones de los distintos gobiernos les falta imprimir ese sello. No importa quién gobierne a nivel nacional, provincial o municipal. Deben conservar el alma y la memoria del lugar en el que están para que no perdamos el rumbo y no nos perdamos en el cosmos.

El Niño que Llora y las creencias populares

Pregunta del público: Cuando hablaste de los cementerios recordé al Niño que Llora, del Cementerio del Rosario. Hay personas convencidas de que hace milagros. ¿Qué pensás de esas creencias?

Nino Romero: El Niño que Llora murió baleado durante un episodio ocurrido en la zona norte de la ciudad. He visitado su tumba y he tomado fotografías. Una sola vez observé algo que muchas personas me habían relatado: el vidrio estaba empañado del lado de adentro. Lo registré en una fotografía. Respecto de los milagros y de la fe, muchas veces las personas entramos en estados de desesperación y nos aferramos a creencias que deben ser respetadas.

Pensemos en la Difunta Correa. Su veneración no está reconocida oficialmente, pero ¿qué le vamos a discutir a quienes creen en ella? Les hace bien. Algo parecido ocurre con la Virgen de la Cobrera. Su aparición tampoco estaba reconocida oficialmente por la Iglesia Católica.

Sin embargo, el actual obispo observó la devoción de la gente y entendió que esa creencia les hacía bien. Celebró la primera misa y, desde entonces, hay encuentros todos los meses. ¿Quién soy yo para decir que está mal creer en la Virgen de la Cobrera, en el Niño que Llora o en tantas otras figuras a las que se les atribuyen milagros en San Luis? ¿Creo que la intercesión de esas creencias puede producir milagros? Sí.

La radio durante la dictadura

Pregunta del público: ¿Cómo viviste en San Luis el período comprendido entre 1976 y 1983?

Nino Romero: Trabajaba en LV13 Radio Granaderos Puntanos, en Rivadavia 563. Durante la dictadura todo lo que se emitía al aire estaba absolutamente controlado. No la pasé bien. Estuve algunos días detenido en Investigaciones, donde actualmente funciona la Caja Social.

Permanecí aislado y recibí golpes de un comisario que después fue juzgado por crímenes de lesa humanidad y de otras personas. Me detuvieron porque consideraban que algunos mensajes transmitidos por la radio podían contener información oculta.

Por ejemplo, difundíamos: “Este mensaje es para el señor Nacho, que tiene su campo en Villa de la Quebrada. La gente del Senasa irá pasado mañana a vacunar. Tenga todos los animales en el corral”. Según quienes analizaban los mensajes, aquello podía significar que estaban avisándole a alguien que se preparaba un operativo militar en su casa porque estaba involucrado en actividades subversivas. Por eso estuve varios días bajo sospecha.

¿Tuve miedo? Sí, tuve miedo. Laboralmente no se podía hacer absolutamente nada. Recién hacia 1981 comenzó a liberarse un poco la expresión. Entonces fue posible empezar a decir que existían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, aquellas mujeres a las que llamaban “las locas de Plaza de Mayo”. También comenzamos a decir que en San Luis había personas desaparecidas.

En aquella época hubo sacerdotes heroicos. Me tocó presenciar, en dos oportunidades, cómo un sacerdote de la parroquia San Roque protegió a personas buscadas por la Policía y el Ejército. El padre Rezano ayudó a mucha gente perseguida. Viví esos años con mucha angustia.

Ya había conocido lo que significaba vivir en democracia. Cuando iba a la Escuela Normal Juan Pascual Pringles, el gobernador Elías Adre visitaba la escuela. Había otro aire. Yo era muy joven, pero se respiraba de otra manera. Después llegó una época que viví realmente angustiado.

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