Matías Ernesto Romero fue imputado por asesinar a balazos a Lautaro y Guachín, dos perritos callejeros que se habían ganado el corazón de Justo Daract. Su abogado, como parte de su defensa, intentó justificarlo aduciendo que los canes quisieron agredir a la familia de su cliente dentro de su vivienda, cuando en realidad se caracterizaban por ser super dóciles y fueron asesinados en plena calle. Le formularon cargos por maltrato animal y le permitieron volver a su casa. El juez de Villa Mercedes, Alfredo Cuello, no le impuso ni la más mínima restricción y hasta le devolvieron las tres armas de fuego que les secuestraron en su domicilio, con una de las cuales asesinó a los animales.
Soledad, la vecina de Justo Daract que lo denunció y todos los proteccionistas, en vista de esa decisión judicial, están conscientes de que, aunque día sea condenado, el hombre no pasara un día preso. Por eso, desde hace casi 10 días, impulsan una campaña de junta de firmas para presentar en el Honorable Concejo Deliberante y en los tribunales. Buscan, por un lado, que Romero sea declarado persona no grata y, por otro y más importante todavía, sea encarcelado.
“Ya tenemos algo de 60 mil firmas y vamos a seguir reuniendo. La gente por sí sola nos pide las planillas y nos las entregan firmadas. Todos apoyan que se cumpla la ley contra el maltrato animal, que está, pero nadie entiende por qué no se aplica”, remarcó Sol Martínez, la encargada del Refugio de Contención Animal de Villa Mercedes.
La Ley 14.346 tampoco es muy severa respecto a la pena en expectativa para quien ataque o asesine a un animal. Estipula condenas que oscilan entre los 15 días y un año de prisión, como máximo. De todas formas, es muy poco probable que la persona sentenciada sea encarcelada, pues cualquier pena inferior a tres años es plausible de ser excarcelable.
Soledad, la denunciante, proteccionista incansable y una de las tantas personas que cobijó y conocía mejor que nadie a Lautaro y Guachín, tras investigar por su cuenta, halló un fallo que se dio en Catamarca y espera sea tenido en cuenta cuando Romero sea juzgado. “Allá lograron sumar lo que dice la ley de maltrato animal y otro artículo, que pena por dañar cosas, y le dictaron un mes de prisión efectiva a un hombre que le hizo daño a un cachorro. Aparte tuvo que pagar los costos del juicio, le quedó el antecedente y no puede salir de la provincia”, detalló.
La querellante y todas las personas que se enteraron de lo que les hicieron a los callejeritos de Justo Daract esperan que el imputado corra una suerte similar y el caso siente jurisprudencia porque, por lo general, ninguno de los numerosos hechos de maltrato animal llega a la justicia en San Luis.
En la audiencia del miércoles 10 de junio, el defensor Vicente Cuesta no negó lo que hizo su cliente, pero argumentó que les disparó porque “eran agresivos, encaraban y los querían morder” y su asistido solo trató de proteger “sus bienes y a su familia”, que estaban en la casa. “Llegó a decir que esos perros, de mediano tamaño, le destrozaron una camioneta Amarok y les mataban animales”, reveló indignada la denunciante. Tampoco la versión de que Lautaro y Guachín estaban en la vivienda tiene sentido, dado que el domicilio posee un frente casi amurallado, con un enrejado y medianeras altísimas.
Lo cierto, afirmó Soledad y otros testigos, es que la noche en cuestión el imputado salió con una pistola y gatilló varias veces contra los perritos, que hacían sus habituales rondas. Siempre recibían caricias, abrazos de los chicos y bocadillos en las puertas de las carnicerías donde se paraban.
Pero ese día recibieron balas. Murieron juntos, uno a la par del otro, como eran ellos, inseparables, a manos de un ser que encarnaba el polo totalmente opuesto a lo que ellos irradiaban y regalaban: amor.
Después de asesinarlos, Romero y su hijo subieron a los perritos a su camioneta y arrojaron los cuerpos en un campo, como si fueran basura. Esa secuencia quedó registrada en un video que tomó una persona. Soledad y otros vecinos consiguieron que la Policía fuera hasta la zona rural donde estaban los cadáveres y que un veterinario les hiciera una autopsia.
La necropsia determinó que, sin lugar a duda, murieron a tiros. El especialista no pudo retirarle los plomos, pero estableció que uno tenía un impacto de bala en el pecho y en el lomo y el otro, en la cabeza. “Los fusiló”, dijo Soledad.
La Policía, por disposición de la fiscal Cecilia Framini, allanó la vivienda del acusado. Le incautaron un fusil y dos pistolas. Las pericias probaron que con una de esas últimas armas había asesinado a los canes, porque los reactivos químicos demostraron que la habían accionado muy recientemente.
“Pero después, como tiene derecho a la tenencia, la Justicia le restituyó las pistolas y el fusil. Si hubiera matado o herido a una persona, por más permiso de tenencia y portación que tuviera, no se las hubiera devuelto. Pero como eran solo dos perros…”, se lamentó la mujer.
Para la querellante, y también lo entendió así la fiscal Framini, lo de Romero solo halla explicación en la oscuridad de la perversidad, en el placer de hacer sufrir a un ser, encima, puro y angelical.
Lautaro y Guachín, calcula la proteccionista, tenían cinco y ocho años. Parecían hermanitos porque se comportaban como “uña y carne”, aunque por sus características físicas probablemente no lo eran.
“Eran amorosos. Siempre andaban en la zona céntrica. Como todos los callejeritos, eran muy de los niños. Pasaban de escuela a escuela, jugaban con los chicos, los acompañaban, se iban hasta la escuela agraria, que está afuera, y volvían. Muchas veces dormían en lo de Walter, un vecino mecánico que los cuidaba mucho. Eran muy queridos”, contó Soledad. Todo Justo Daract los cuidaba, pero nunca pudieron descubrir su origen, sencillamente aparecieron un día y conquistaron a todos con sus andanzas.
El único que no los quería era Romero y su familia. La denunciante presume que el hombre arrastraba una bronca desmedida contra Lautaro y Guachín porque los culpaba de que su hijo se haya accidentado con su moto. “Su hijo tiene la costumbre de andar en una moto de altas cilindradas, sin casco, a todo lo que da y haciendo Willie y él dice (el acusado) que se cayó y terminó con problemas para caminar porque uno de los perritos se le atravesó en la calle”, relató.
El odio hacia los animalitos era tal que los días anteriores a los crímenes, afirmó la mujer, había amenazado de muerte al mecánico que cobijaba a los perritos y desde hacía una semana había iniciado una tortura sistemática contra ellos. En una de esas agresiones hasta incluyó a su hija de 13 o 14 años. Habían arrinconado a Lautaro y a Guachín y la chica les hundía a los golpes un rebenque.





