Luego de oír a todos los testigos previstos en el juicio que afronta Brisa Gianella Brizuela, acusada de asesinar de una puñalada en el corazón a su pareja, Maximiliano Nicolás Chávez, decidió declarar. Y qué testimonio. Parecía de película. Alimentó todavía más la indignación de la familia de la víctima, pero también generó algunas risas por no poder creer lo que oían. Inimaginable. Entre lágrimas y largas pausas para tomar aire, la mujer se refirió al día del crimen, el 21 de diciembre de 2024. No usó nunca las palabras “matar” o “maté”, ni mucho menos “apuñalé”. Simplemente dijo que, después del almuerzo, el joven de 26 años se atacó porque ella no quiso que llevara a su hijo a la cancha y él se embroncó.
Relató que la tomó del cuello, en medio de ese estrangulamiento, ella intentó defenderse. Manoteó lo que estaba a su alcance. Y así, sin ver qué había tomado, agarró un cuchillo. “Comencé a hacer así, para un lado para el otro”, trató de ilustrar mientras movía el brazo derecho para todos lados. No lo mencionó, pero en esos supuestos movimientos le clavó el arma blanca en el pecho al padre de su hijo. “Yo lo amaba y hasta el día de hoy lo amo”, expresó y sollozó como décima vez en su exposición.
Contó eso, pero lo cierto es que en toda su declaración defenestró al “amor de su vida”. Lo trató de vago, de consumidor y vendedor de drogas, golpeador y hasta se animó a afirmar que una vez la forzó a tener sexo con el palo de una escoba. Fue, según explicó, porque ella no quería mantener relaciones con él, dado que estaba a punto de dar a luz su hijo, que hoy tiene tres años.
No solo eso, hizo una revelación que los Chávez saben que es una mentira tan grande como la deuda que la Argentina tiene con acreedores extranjeros. Narró que, mientras la ahorcaba, Maxi le decía: “Todas las mujeres son iguales, unas hijas de pu…”. Según la acusada se lo manifestaba porque, en una relación anterior, tuvo a una criatura, que hoy tendría siete años, y no podía ver puesto que la madre se lo impedía.
A través de una de sus defensoras, Marcela Antequeda, Brisa aclaró que no se enfrentaría a las preguntas de los fiscales, ni del letrado querellante, solo declararía y le contestaría a su abogada. Se tomó varias pausas en su testimonio, en los primeros minutos se tuvo que retirar de la sala para reponerse porque el llanto no la dejaba continuar.
Al volver al recinto de debates orales, se ocupó de ensuciar la imagen de “su amado”. Recordó que lo conoció en una cancha, cuando ella tenía 16 y él, 20 años. Desde entonces comenzaron un noviazgo que primero era “color de rosa” y después estuvo marcado por “las discusiones” y escaló hasta “los golpes”. “Las peleas siempre eran por lo mismo, por su consumo (de drogas)” y el hecho de que él no quería crecer, no trabajaba ni estudiaba, señaló.
“Dejá de drogarte. Tenés que priorizar a tu familia, ver si tu hijo tiene pañales”, remarcó que se cansó de repetirle al hombre para que cambiara su forma de vivir y conformaran una familia.
Afirmó que, gracias a ella, Maximiliano a los tirones finalizó sus estudios. “Le hice las materias, Le armé un C.V. Yo me encargaba de mandar a las selectoras todo para que consiguiera un trabajo”, agregó. Y aunque le consiguió un puesto de trabajo en la empresa de logística Andreani, la víctima, al poco tiempo, abandonó ese empleo porque “lo que ganaba en un mes en Andreani lo hacía en una semana vendiendo drogas”.
También dijo que vivían mudándose de acá para allá, en su mayoría residiendo en casas ajenas, debido a que el joven, donde iba, se drogaba con marihuana y cocaína y usaba esos domicilios como “kioscos” para vender los estupefacientes. “Un día le saqué la droga que tenía en su billetera y me golpeó de una manera brutal. Se me notaron todos los hematomas”, aseveró.
Habló de que su agresión llegó a un punto límite, incluso, cuando estaba a días de dar a luz a su hijo. En ese pasaje de su declaración hizo prolongadas pausas, sollozaba y le costó hablar. “Habíamos llegado a casa. Eran las cuatro o cinco de la mañana… Me da mucha vergüenza… Perdón. Intentó… Que tuviera relaciones con él y con un palo de escoba”, atestiguó y explicó que eso sucedió ya que ella no quería “satisfacerlo”. Añadió que, anteriormente, había perdido un embarazo por tanta mala sangre.
No quedó ahí. Siguió apuntando contra Maximiliano. Remaró que era tan vago que ni bañarse quería. “Le pedí que buscara trabajo para pagar la mano de obra. Lo tenía que obligar a que se levantara a las nueve de la mañana para que trabajara en su propio techo”, relató la acusada. Sostuvo que si no fuera por su padre, aquel que otros testigos contaron que ella una vez le rompió la nariz de una trompada, su hijo no tendría ayuda económica. Ahí aprovechó y volvió a ensuciar a la víctima. “Me sacaba la plata de mis estudios para su consumo”, narró.
“Yo tenía que trabajar porque él lo único que quería era estar solo o con sus amigos y drogarse”, dijo eso y algunos parientes del muchacho asesinado no pudieron contener la risa y comentaron, entre el público: “¿Cuándo trabajó ésta?”. Lo más cercano a un empleo que le conocieron fue una vez que hizo empanadas para vender un domingo.