Ramón Martín Estrada nunca fue hábil con el lenguaje verbal, para expresarse de manera oral. En los años que esta periodista le hizo entrevistas en sus diferentes cargos, cuando estuvo al frente de la Comisaría 10° o hasta cuando fue jefe de la seccional ubicada en la ruta, la Comisaría 11°, tenía que sacarle las palabras de una respuesta con una nueva pregunta. Respondía monosilábicamente, casi como si le molestara tener que contestar. Hay gente que es desenvuelta para hablar. Tiene un discurso que fluye. Y hay otra que tiende a ponerse nerviosa, entra en apuro. No hay nada de malo en eso.
Lo que no debería incomodar es la verdad. Dicen que la verdad no ofende, pero, por desgracia, sí puede llegar a incomodar a algunos. Y eso le pasó al comisario retirado cuando le tocó declarar en el debate oral en el que juzgan al excomisario Marcelo Acevedo, la peluquera Alejandra Espinosa y la amiga de ella, María Vázquez, por integrar una asociación ilícita que, entre tantos delitos, se habría ocupado de hacer desaparecer a Abel “Pochi” Ortiz.
El recientemente retirado policía, con grado de comisario, se sentó frente al Tribunal y comenzó a responder las preguntas de los fiscales Leandro Estrada y Néstor Lucero. Como de costumbre, estaba un tanto nervioso, algo inseguro al hablar, como si ni él estuviera convencido de lo que decía. Tan inseguro estaba que muchas de las que parecían ser afirmaciones casi siempre las acompañaba con un “supuestamente”.
Empezó incómodo y terminó todavía más incómodo, porque lo que había afirmado al principio terminó negándolo al final de su declaración. Reconoció que cuando estuvo en la Comisaría 9° y Acevedo era su jefe desaparecieron varias armas de fuego. Sabía que tenía a sus espaldas la mirada atenta de su alguna vez superior. Al final, la verdad lo puso en apuros.

Estrada contó que estuvo en la dependencia policial, ubicada en el barrio Estación de Villa Mercedes, desde 2013 a 2016. Dijo que cuando ingresó a esa comisaría estaba Eduardo Ávila al frente. Pero al poco tiempo el comisario fue pasado a disponibilidad a causa de una denuncia por apremios ilegales. Así, durante un período, estuvo solo él, Estrada, como subjefe. Pero al poco tiempo, Acevedo asumió como jefe de esa seccional.
Los fiscales fueron concretos y le preguntaron si habían desaparecido unas armas de fuego de la 9°. “Había una causa de que se habían perdido unas armas, pero eso fue en la gestión de Ávila”, contestó. Le consultaron también si tenían el hábito de utilizar los vehículos secuestrados en procedimientos. “Había un Fiat, muchas motos, un Ford Focus blanco, de la causa Granero. Yo no lo vi, pero decían que lo usaba Acevedo”, precisó.
También le indicaron si recordaba la primera vez que Espinosa quemó la casa de unos vecinos, ataque en el que resultó baleado un adolescente que residía en esa vivienda. Dijo que, si no lo traicionaba la memoria, eso ocurrió en febrero de 2014. “Demoraron a Espinosa y a su hija, pero salieron en libertad”, contó.
También dijo que “supuestamente hicieron allanamientos”, pero no pudo aportar mayores detalles de esos procedimientos policiales, porque él no participó de ninguno. Lo que sí indicó es que le parecía que, en el momento de aprehensión de las mujeres, “Acevedo estaba de licencia”.
––¿Sabe qué relación existía entre Espinosa y Acevedo? –– le preguntó Lucero.
––Sé que había habido un cruce de mensajes –– afirmó el testigo.
––¿Qué tipo de mensajes? –– ahondó el fiscal.
––Sé que había mensajes. En la comisaría lo cargaban por esa relación. Yo escuchaba que a él (al acusado) en esos mensajes le decían ‘Osito’ –– respondió.
De hecho, el policía retirado llegó a admitir que cuando se juntaban a comer asados en lo de Mariano Mora, otro efectivo que también declaró, Acevedo comentaba que intercambiaba mensajes con la peluquera y que hasta iba a verla a su domicilio.
Y, sin que nadie se lo preguntara, el testigo solo admitió que esas juntadas entre camaradas se terminaron cuando la desaparición de Abel Ortiz empezó a estar en boca de todos.
––¿Por qué dejaron de reunirse? –– preguntó Estrada.
––Decidimos dejar de juntarnos porque era un tema mediático –– contestó el policía retirado.
––¿Y eso qué tenía que ver? –– repreguntó el funcionario.
––Nos estaban filmando y persiguiendo los de Brigada de Investigaciones –– respondió el testigo y se hundió aún más. Además, usó el verbo perseguir, en lugar de seguir, lo que ya de por sí llamó todavía más la atención de los fiscales. Puesto que, para empezar, ya resultaba muy sospechoso que se sintiera vigilado por sus pares del hoy llamado Departamento de Investigaciones (DDI).
––¿Por qué los perseguían? –– pidió precisiones el fiscal.
––Ya no podíamos juntarnos porque podía, estaba vinculada con Espinosa — dijo sin referirse exactamente a quién, aunque daba a entender que Acevedo estaba relacionado con la peluquera, cuyo nombre, para esa época, ya sonaba como uno de los sospechosos de la desaparición de Abel, su expareja.
“Yo la veía una mujer peligrosa. Nunca me inspiró confianza”, se sinceró sobre la acusada. Luego los fiscales lo llevaron al terreno de las hipótesis que trabajaron en la comisaría sobre lo que pudo suceder con Abel. Más allá de que, para ese entonces, la desaparición del joven era un caso de la Brigada de Investigaciones, todas las dependencias policiales tenían la obligación de aportar cualquier dato que pudiera ayudar a dar con el paradero del hombre.

Al respecto el excomisario contó que un día Mora “trajo un audio” a la 9°. Era una grabación de dos personas que hablaban de que había dos sicarios del norte del país, que fueron traídos de aquel extremo de la Argentina y pagados para matar a Ortiz. “Ese audio tiraba hacia Figueroa”, precisó el testigo. La persona a la que se refería era un adolescente, vecino de la ex de Abel, que apenas tenía 16 años y que para esa altura ya estaba entregado a las drogas. Es más, durante el juicio ese joven, que ahora tiene 29 años, reconoció que la mujer lo adentró al mundo de la delincuencia cuando era apenas un menor de edad, lo enviaba a robar y le pagaba con pastillas que ella misma le hizo probar.
––Usted, como policía, ¿qué cree que pasó con Abel? –– le planteó Lucero.
––No sé, uno tiene que ser armado de una opinión… De acuerdo a lo que había visto, Espinosa tenía gran participación en la desaparición–– respondió notablemente nervioso.
En ese punto de su declaración, los fiscales volvieron a consultar sobre las armas de fuego desaparecidas y del manejo que existía en la comisaría de los rodados secuestrados. Y así, sin querer queriendo, el testigo reconoció que siempre había “sumarios de larga data”, es decir, “cajoneados”, cuyas investigaciones eran frenadas y jamás avanzaban.
Relató que el Ford Focus, incautado por una causa de robo, era empleado por el personal policial. “Hasta yo lo he usado para ir y volver de mi domicilio”, admitió casi sin vergüenza y más seguro que en las respuestas anteriores.
Aclaró que el sumario sobre el caso de ese coche estaba en la oficina de Acevedo y no junto a los otros que eran elevados al Poder Judicial.
Los representantes del Ministerio Público Fiscal (MPF) volvieron a preguntarle por las armas. Al inicio de su testimonio afirmó que cuando ingresó a la Comisaría 9° esas armas de fuego ya habían desaparecido “en la gestión de Ávila”. Pero, hacia el final de su declaración, ante las repreguntas de los funcionarios, dijo que, en realidad, Ávila había ordenado que no se llevaran esas armas y luego fue removido de su cargo. Por eso esa última orden del comisario denunciado por apremios no fue ejecutada. “Esas armas quedaron en un cajón”, señaló.
––¿Es común eso? ––preguntó Lucero.
––No, no es común ––dijo el testigo.
Los fiscales insistían con la desaparición de esas armas de fuego porque otros testigos aseguraron que la peluquera se jactaba de que ella las conseguía. porque se las daban en la Comisaría 9°, donde ella entraba como dueña y señora del lugar y pasaba a hablar directamente con el jefe de la seccional.
Esas armas era las que usaba, según lo relatado por unos vecinos, para mandar a los chicos del barrio a robar y también para las «puebladas» a los tiros que encabezó cuando, por ejemplo, quemaron tres veces la casa de unos vecinos.
––¿Tenía conocimiento de que se liberaban zonas? –– planteó a secas Lucero.
––No ––respondió el policía retirado.
––¿Cuántas hipótesis hubo sobre la desaparición de Abel? –– insistió el funcionario público.
––Siempre hay hipótesis… Pero desconozco –– contestó más inseguro que nunca.









