Fausto Rosales dejó la escuela en 1972. Trabajó toda la vida, se jubiló en diciembre pasado y tomó una decisión que había esperado 54 años: volver al aula para terminar la secundaria.
Hoy tiene 66 y cursa en el turno noche de la EPA N° 2 Puertas del Sol. En lugar de sacrificio, habla de alegría. “Es hermoso por el grupo humano, porque los compañeros somos solidarios. El que no tiene una hoja le presta al otro, el que no tiene lapicera le presta”, cuenta con orgullo.
Para Fausto, volver a estudiar es mucho más que buscar un título. También implica saldar una deuda íntima, una de esas deudas que quedan guardadas durante años, en su caso más de medio siglo, quietas pero presentes. Vivir la escuela a esta edad le permite notar la diferencia con los estudiantes más jóvenes. Muchos de sus compañeros llegan directamente desde sus empleos. Fausto recuerda con empatía a uno de ellos que a veces se ausenta explicándole: «No pude ir porque estuve poniendo pisos».
Esa escena resume gran parte del clima de la escuela nocturna: cada noche, de lunes a viernes, un grupo de distintas edades comparte tiempo y espacio para terminar la secundaria. Tal como lo describen las autoridades de la institución, en este camino el paso más difícil suele ser el primero: animarse a cruzar el portón de entrada. Una vez adentro, la incertidumbre se disipa en la conexión humana.
En las aulas confluyen historias atravesadas por problemas repetidos: trabajos intensos, trayectorias escolares interrumpidas, responsabilidades familiares, oportunidades que no llegaron a tiempo. También aparece un deseo común: darle un nuevo sentido a la propia vida.
Fausto, además, comparte edificio con parte de su propia descendencia: uno de sus nietos también asiste a la misma escuela. En otro turno, claro.
José Antonio: pareja y estudio El testimonio de José Antonio abre otra visión. Ex policía y actual panadero, lleva adelante junto a su esposa un mini emprendimiento donde hacen pan, tortas y otras elaboraciones que les encargan. Al terminar cada jornada, la rutina de la pareja se traslada directamente al aula.
Para José Antonio, la motivación inicial nació de una conversación íntima y un empujoncito externo. Una compañera de trabajo de su pareja los invitó a sumarse. “Entonces ella, mi pareja, me preguntó: ‘Gordo, ¿querés que estudiemos?’ ‘Sí’, digo, ‘¿Por qué no? Es algo pendiente que tenemos”. Para él, la escuela nocturna es un segundo hogar donde se aprende a convivir y a educarse. Destaca la calidez de los profesores, a quienes describe como profesionales accesibles y humanitarios que comprenden el cansancio de la gente grande que trabaja. Ese sentido de pertenencia abarca a toda la comunidad institucional: desde la directora y el personal administrativo, hasta el personal de limpieza y los cocineros, quienes cada noche les brindan la merienda, un sándwich y agua caliente para compartir los mates.
Voces jóvenes
La escuela nocturna también abraza a generaciones más jóvenes que, por diversos motivos, debieron pausar sus trayectorias escolares. Erika, de 34 años y beneficiaria de un plan social, regresó a los libros después de 14 años. En su juventud no tuvo la oportunidad de cerrar sus estudios, pero encontró en Puertas del Sol un entorno seguro donde los docentes brindan contención no solo académica, sino también emocional ante los problemas de la vida. Para Erika, el título secundario es una meta personal clave y una herramienta indispensable para acceder a cualquier empleo en la actualidad.
Por su parte, Agustina Pedernera y Sofía, ambas de 19 años, representan a quienes decidieron retomar sus estudios pronto. Agustina tuvo que abandonar la escuela siendo muy chica porque su madre trabajaba y ella debía quedarse al cuidado de su hermano. Hoy transita esta experiencia junto a su mejor amiga. Entre risas, bancan y agradecen el acompañamiento de los profesores y la directora. “Es realmente muy importante terminar el colegio para ser alguien y para abrirte un montón de puertas”, cree Agustina.
Sofía cursa actualmente el tercer año y recuerda su paso previo por una escuela técnica, un espacio que percibía como frío o individualista, donde sentía que “era un número”. Tras abandonar en 2023 y buscar oportunidades que se le complicaban, halló en el turno noche una profunda sensación de comunidad. Desde su mirada, completar el secundario guarda un valor material —la posibilidad de acceder a mejores trabajos y remuneraciones— pero también un significado espiritual: “Te da esa sensación de cerrar una etapa de poder completar y seguir tu vida como un adulto ya más realizado”.
La EPA 2 Puertas del Sol, un proyecto de 25 años
La propuesta pedagógica del turno noche de la escuela EPA N° 2 Puertas del Sol está coordinada por Alejandra González, referente del nivel, y Silvio Villarreales, coordinador general de la institución. Aunque el proyecto general de esta escuela de autogestión comenzó en el 2001 —está cumpliendo 25 años—, el desafío específico de incorporar el secundario para adultos inició hace cuatro años.
Para los educadores, trabajar con este nivel representó un aliento nuevo y el cierre de una etapa que la institución tenía pendiente. Los resultados son tangibles: el año pasado celebraron la primera promoción del turno noche con 120 egresados. Ver la transformación de las expectativas de los alumnos y encontrarse con graduados que hoy gozan de empleos estables gracias a su título es, en palabras de los coordinadores, algo “impagable”.
El crecimiento institucional sumó un nuevo hito en marzo de este año con la inauguración de un Centro de Desarrollo Infantil (CDI) a pocas cuadras del establecimiento, lo que completa una oferta educativa continua que abarca desde los 45 días de vida hasta la edad adulta.