Hay tres tomos sobre la historia de Adolf Hitler que Celina Amado mantiene ocultos en su oficina desde hace un año. Todavía se niega a incorporarlos al sistema informático y, por lo tanto, no existen para el público. La biblioteca municipal Ana María Ponce, que está a su cargo, dispone de abundante material sobre la Segunda Guerra Mundial y el nazismo. Su resistencia apunta sólo a esos ejemplares, que concentran la mirada en la figura de un genocida.
Es una pequeña rebelión dentro de un sistema que ella misma construyó para que cada libro pueda ser localizado. Amado explica su decisión a través del primer relato de Almacén de almas, de Alberto Cortez. En la historia, un hombre recorre un inmenso depósito buscando el alma de Hitler. Cuando pregunta dónde está, recibe una respuesta sencilla: alguien así nunca tuvo alma.
Esta misma mujer ha dedicado gran parte de sus 20 años de trabajo en la Dirección de Cultura de la Municipalidad de San Luis a organizar más de 6.000 ejemplares que se resguardan en el Centro Cultural José La Vía, en la vieja estación de trenes.
Amado no es una bibliotecaria de escritorio tradicional. Al empezar su carrera aplicó sus conocimientos universitarios en informática para transformar montañas de cajas y donaciones en una base de datos ágil.
Hoy, los catálogos de la Biblioteca Ana María Ponce y de la antigua biblioteca del ConcejoDeliberante funcionan bajo un mapa común de coordenadas: letras para las columnas y números para los estantes. “Disculpen que soy muy técnica”, dice mientras explica cómo el sistema le permite saber si un libro está disponible y localizarlo en cuestión de segundos.
Delivery de libros en pandemia
El rigor de ese sistema convive con el dinamismo de su trabajo cotidiano. Su iniciativa más audaz quedó registrada en 2020, durante el aislamiento obligatorio por la pandemia. Mientras el encierro dominaba todo en la ciudad, Amado obtuvo un permiso especial para circular y organizó ella sola un servicio de entrega de libros con su propia moto. Era un delivery extraordinario: de 14 a 17 recorría los barrios hasta con seis ejemplares cargados en un morral.
Entre las calles vaciadas por el Covid surgió una de las anécdotas que mejor definen el impacto de su labor. En la zona de la segunda rotonda, una nena de seis años rompió en llanto al ver que le traían un ejemplar a su madre, pero ninguno a ella.
Al día siguiente, Amado volvió con literatura infantil. A partir de entonces, la madre comenzó a pedirle que le avisara por teléfono una cuadra antes de llegar, porque aquella nena la esperaba ansiosa en la puerta.
Esta y otras historias se contaron en una nueva jornada de “San Luis en diálogo”, el viernes 17 de julio pasado. El ciclo, impulsado por la Municipalidad de San Luis con el acompañamiento de Atípica Cultural y el diario Todo Un País, reúne cada semana distintas voces para pensar la historia, la cultura y la identidad de la ciudad.
La conversación dejó esta vez el auditorio central y se instaló entre los estantes de la biblioteca de la ex estación de trenes. Como datos singulares para esta jornada, el intendente Gastón Hissa había sido quien propuso la participación de Celina Amado y el gestor cultural Fernando de Vargas fue el encargado de coordinar el intercambio con el público.
Leer y contar
La relación de Celina Amado con los nuevos lectores parte de una idea simple: una buena historia puede despertar el deseo de seguir leyendo. Entonces, cuando alguien le pide una recomendación para empezar, apunta a la narrativa: los cuentos de Isabel Allende, los microrrelatos de Ana María Shua.
Bajo su custodia, además, la biblioteca municipal funciona también como un archivo de la memoria y de las excentricidades humanas. Revisando volúmenes antiguos de derecho, descubrió un contrato legal insólito firmado en La Plata, en 1935: dos hombres, Enrique Ojeda y Carlos Domeniconi, acordaron por escrito cuáles de sus libros podían compartir y cuáles quedaban vedados al otro.
Ese espacio también conserva una memoria dolorosa: su nombre, Ana María Ponce, es un homenaje a la poeta puntana secuestrada y desaparecida durante la última dictadura. Amado reivindica especialmentesu obra: los únicos poemas que sobrevivieron fueron escritos durante su cautiverio y lograron salir clandestinamente de la ESMA. Aunque ella conserva un ejemplar regalado por la madre de Ponce, la biblioteca resguarda otro que solo puede ser leído dentro de la sala: otras copias salieron y nunca fueron devueltas.
A la espera de su jubilación, la mujer que entregaba libros en la ciudad durante la pandemia ya diseña su próximo paso, lejos del edificio municipal. Inspirada por un documental sobre un hombre que reparte textos en los cerros colombianos ayudado por un burro, Amado imagina adaptar un carrito a su moto fiel para crear una “biblioteca andante”. Su objetivo final es instalarse en las plazas de los barrios de San Luis y devolver, una vez más, los libros a la calle.
El diálogo nocturno de los estantes
Además de ser la custodia de miles de historias ajenas, Celina Amado cultiva su propia faceta como autora. Su vínculo con la escritura nació de forma curiosa: después de haber aprendido a leer a los cuatro años y medio jugando a la maestra con su hermana mayor, en primer grado su maestra le pedía que escribiera los cuentos que sus padres ya le habían leído. Así despertó una pasión que se mantiene intacta: actualmente asiste todas las semanas a un taller literario, para el que se hace un espacio los miércoles por la tarde.
Esta pasión literaria emergió también durante la charla, cuando le plantearon un interrogante mágico: ¿abona ella la teoría de que, cuando no queda nadie en el edificio y se apagan las luces de la biblioteca, los libros conversan entre sí?
Amado no dudó. Todo dependía de qué libros quedaran juntos. En la oscuridad de la biblioteca -imaginó- Sócrates y Platón podían discutir, sin testigos, hasta el amanecer.





