“ Ninguna relación tuve con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente”. Otto Adolf Eichmann no titubeó ni se puso colorado al decirlo ante el tribunal que lo juzgaba en Israel, luego de haber sido capturado, en una operación ultrasecreta, por el Mossad, el servicio secreto israelí, en Buenos Aires, donde el jerarca nazi, uno de los principales responsables del Holocausto, que significó el genocidio de seis millones de judíos, se hacía pasar por un inofensivo trabajador industrial llamado Ricardo Klement.
Cuando negó sus crímenes de lesa humanidad, probablemente Eichmann ya sabía que no le serviría de nada: el 15 de diciembre de 1961 -hoy hace 64 años-, el tribunal lo declaró culpable y lo condenó a morir ahorcado. La sentencia se cumplió el 1° de junio de 1962.
Acaso la serenidad con que el jerarca nazi negó las atrocidades que había cometido no tuviera que ver solo con su certeza de que no le alcanzaría con eso para salvar su pescuezo. Tal vez su actitud estaba emparentada con esa apatía con la que el criminal aludía al exterminio sistemático de judíos.
Una postura tal que llevó a la filósofa alemana Hannah Arendt a concebir el concepto de la banalidad del mal: Eichmann no se exhibe como un malvado, no se cuestiona la moralidad o inmoralidad de sus atrocidades, simplemente se muestra como alguien sin juicio crítico a quien le satisface saber que había sido fiel ejecutor de las órdenes de sus superiores, sin importar la gravedad de esas directivas.
“Eichmann tenía la plena certeza de que él no era lo que se llama un canalla en lo más profundo de su corazón; y en cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que hubiera llevado un peso en ella en el caso de que no hubiese cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad”, afirma Arendt en su ensayo Eichmann en Jerusalén – Un estudio sobre la banalidad del mal. Esa célebre obra fue el resultado de la cobertura, en vivo y en directo, que la filósofa hizo del juicio al jerarca nazi, un proceso judicial que fue la última secuela de los Juicios de Nuremberg.
Un hombre del montón en Argentina
Eichmann había tenido suerte. Derrotada Alemania en la Segunda Guerra, “Eichmann fue apresado por los soldados norteamericanos y confinado en un campo de concentración destinado a los miembros de las SS, donde, pese a los numerosos interrogatorios a que fue sometido y a que algunos de sus compañeros de campo lo conocían, no se descubrió su identidad”, cuenta Arendt.
Pero en los Juicios de Nuremberg quedó al descubierto. Entonces decidió escapar. Estuvo oculto cuatro años, trabajando como leñador, bajo el alias de Otto Henninger. A principios de 1950, con ayuda de la ODESSA, una organización clandestina de exmiembros de las SS, pasó a Italia a través de Austria. Un monje franciscano, aunque conocía su verdadera identidad, le dio pasaporte de refugiado, a nombre de Richard Klement, y lo embarcó hacia Buenos Aires.
Vivió diez años en Argentina -por un tiempo probó suerte en Tucumán-, hasta que el servicio secreto israelí corroboró que no era otro que el tal “Ricardo Klement” que vivía en el partido de San Fernando, en la zona norte del Gran Buenos Aires, y trabajaba en la planta de la fábrica Mercedes Benz en González Catán.
La pista para dar con el ejecutor del Holocausto la dio Lothar Hermann, un alemán ciego que vivía en Buenos Aires y en su país había sido torturado por los nazis por ser judío y comunista. Su hija Silvia se había relacionado con Nicolás, uno de los hijos de Eichmann, y a través del joven habían descubierto pistas que llevaban a su verdadera identidad.
El servicio secreto israelí se infiltró en Argentina, identificó, vigiló y finalmente secuestró al jerarca nazi la noche del 11 de mayo de 1960. Fue un acto de violación a la soberanía argentina y el gobierno del presidente Arturo Frondizi protestó ante las Naciones Unidas. Pero Israel aclaró que no pensaba devolver al secuestrado para formalizar un pedido de extradición.
Fue juzgado en aquel país. Recién en la jornada 95 del juicio, Eichmann pronunció algo parecido a una confesión, pero sin mostrar remordimiento: “Debo admitir que ahora considero la aniquilación de los judíos como uno de los peores crímenes de la historia de la humanidad. Pero ese crimen se cometió y todos debemos hacer lo posible para que no vuelva a repetirse otra vez”.
“Nuestra obligación de cristianos es perdonar”
Cuando le dieron la oportunidad de decir sus últimas palabras, antes de ser ejecutado, Otto Adolf Eichmann agradeció a Argentina: “Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva la Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré”, manifestó. Aquí había encontrado cobijo, lejos de la Justicia, que finalmente lo alcanzó.
Un religioso lo había ayudado en Italia para obtener la identidad falsa con la cual escapó de Europa. Y en Argentina contó también con la simpatía del cardenal primado Antonio Caggiano, quien -según archivos desclasificados del Departamento de Estado de los Estados Unidos- colaboró con criminales de guerra fugitivos de los Juicios de Nuremberg.
Capturado Eichmann, Caggiano declaró a la prensa que el genocida nazi había llegado “a nuestra patria en busca de perdón y olvido. Y no importa cómo se llame, Ricardo Klement o Adolf Eichmann: nuestra obligación de cristianos es perdonar lo que hizo”, dijo.







